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Opinión

La lección que me dejó la tía Totoya

La lección que me dejó la tía Totoya

María Victoria es hermana de mi madre. El día del terremoto, junto con su esposo Gustavo, le tocó vivir uno de los momentos más complejos de su vida. Viven en Altavista del Vergel y, en cuestión de segundos que parecieron horas, vieron cómo parte de lo que habían construido durante años se venía abajo.

Uno de los carros que aparece en las fotografías es el de ellos. La aseguradora ya lo declaró pérdida total. Sin embargo, ese mecanismo de defensa que comienza con la negación, como una de las primeras respuestas ante el duelo, ya quedó atrás. Ahora reconocen lo sucedido: nos pasó esto, nos duele. Y lloran, como debe ser.

Durante nuestro encuentro les dije: Totoya, al final lo que importa es la salud y que estamos vivos.

Casi al unísono, los dos me respondieron: Nadie sabe la procesión que se vive por dentro.

Y tenían razón. 

El terremoto y los incendios en nuestro departamento han dejado una fractura desde la salud mental que debemos entender como un todo. 

Es muy fácil hablar desde la tranquilidad de quien observa la tragedia desde afuera. Decir que lo material se recupera, que hay que agradecer por estar vivos o que lo importante es la salud puede ser cierto, pero no alcanza para dimensionar el dolor de perder, en cuestión de segundos, aquello que durante años representó seguridad, esfuerzo, recuerdos y tranquilidad. Volver a empezar no es fácil.

¿Cuántos colombianos estarán viviendo hoy algo parecido? Personas que aún tienen fuerzas para seguir adelante, cuentan con una red de apoyo familiar y conservan su salud, pero perdieron la seguridad de su propio entorno y ahora deberán revestirse de paciencia para intentar recuperar, al menos en parte, lo perdido.

Entonces surge una pregunta inevitable sobre el duelo, una tarea todavía pendiente en un país donde la salud mental se ha convertido en uno de los grandes desafíos para las familias: ¿cuánto tiempo toma procesar una pérdida que todavía está ocurriendo? ¿Y qué significa acompañar a alguien cuando no existe una fórmula capaz de aliviar lo que acaba de pasar?

En La Silla Vacía encontré un artículo muy interesante sobre este tema. Allí se presenta el trabajo de Carolina Meza, profesora de la Universidad de los Andes y cofundadora de Harmonía, quien, junto con el médico Diego Arbeláez y otros profesionales, desarrollaron la herramienta Cuidar en medio de la crisis, una guía creada para ayudar a afrontar situaciones como las que hoy viven familias en Chocó, Valle del Cauca, Risaralda, Caldas, parte del Quindío y algunos municipios del Tolima.

Uno de los apartes de esta guía plantea una idea poderosa: lo que viven estas personas tiene un nombre, duelo. Porque el duelo no aparece únicamente cuando muere alguien. También puede surgir cuando se pierde una casa, un trabajo, un barrio, la tranquilidad o, sencillamente, esa forma de vida que hasta hace unos segundos parecía segura.

Eso fue, quizás, lo que me enseñó mi tía Totoya.

Que estar vivos importa, por supuesto. Pero estar vivos no significa que no tengamos derecho a llorar lo perdido. A veces, antes de decirle a alguien que “todo se recupera”, lo que realmente necesita es que nos sentemos a su lado, guardemos silencio y entendamos que nadie sabe la procesión que se vive por dentro.

Retomo la entrevista hecha por la Silla Vacía, porque es poderosa y nos ayuda a comprender mucho más sobre este duelo que viven los nuestros.

La pregunta obligada que reitera ese portal es: ¿qué daños invisibles quedan? 

Carolina Meza. El duelo no solo ocurre por la muerte de un ser querido. Abarca todas las cosas que pasan cuando hay un cambio inesperado que irrumpe de forma negativa en nuestra vida. En el caso del terremoto, aparecen muchos que son casi invisibles: por la ciudad que ya no es, por la calle por donde ya no puedo caminar, o por el lugar al que me gustaba ir y que dejó de existir. 

Otro muy importante es la seguridad perdida: en nuestra casa o en la certeza de nuestra vida, que se pierde también con un evento de este tipo. En este caso, al duelo se le suma el trauma que causa el terremoto y que deja esa sensación de seguridad perdida. Eso también necesita recuperarse. 

El terremoto nos muestra que la vida es temporal y que en cualquier momento podemos morir o puede morir alguna persona que amamos.  Pero en este momento en el que queremos hacer infografías de cuántas cosas se han perdido, es difícil nombrar y cuantificar estas otras cosas que se perdieron y que son muy importantes para las personas.  

El galeno Arbelaez toca algo que aún sienten los más afectados y es que los 30 días después de esta tragedia muchos siguen en esa fase de impacto y no en la de inventario, y muchos de los nuestros están ahí, en ese limbo, de allí que el apoyo psicosocial sea tan importante en momentos como este. 

La fase de inventario desarrolla preguntas cómo: con qué quedé, con qué no, con quiénes estoy, qué apoyos tengo, cuál es mi futuro inmediato, cuál es la perspectiva que tengo para vivir en estas condiciones.

Todo eso hace que el dolor sea mucho más complejo. El duelo aquí se siente como una fractura interna, como una montaña rusa dentro de una espiral en movimiento que se amplía, que se alarga, que se acorta, en donde a veces no se entiende qué es lo que está pasando.

Dentro de ese inventario de testimonios se encuentra uno con afirmaciones como esta: “no he podido llorar, y no he podido llorar porque perdí el apartamento, pero no me pasó nada. Estoy viviendo con mi hermano, pero soy la responsable del equilibrio emocional de mi familia”… “Aquí soy yo, aquí no tengo que ser otra”. He notado que las mujeres buscan más el apoyo, los hombres están mucho más contenidos y eso genera definitivamente una presión mucho mayor. 

Generalmente esperamos que el duelo se supere, pero el duelo no se supera. Se integra, y se integra viviéndolo. Es una experiencia humana esperable cuando uno tiene vínculos y pérdidas importantes. Por eso aparece esta mezcla de emociones y de reacciones. De la persona que consuela se suele esperar la palabra correcta y no el corazón disponible, que es lo que más se necesita, entonces unas le dicen a otras “es que no pasó nada, tienes que ser fuerte”, pero sí pasó mucho y hay otras formas de acompañar, expresó Carolina Meza.  

En estos eventos se afectan tres sistemas importantes. El nervioso, que queda totalmente desregulado, la persona está en hiperalerta. El sistema nervioso es como una central de detección de riesgos y queda en modo: “¿Qué amenaza puede venir en este momento?”. Eso hace que la persona no pueda prestarle atención a otras cosas que no sean su propia seguridad, su propio equilibrio nervioso.

Y los sistemas endocrino e inmunológico. El endocrino, por la liberación y las descargas importantes de esteroides, de cortisol, de adrenalina que llevan a que haya muchos dolores y tensiones en el cuerpo

En Pereira muchas personas están teniendo dolores en las piernas sin aparente causa, toda la acumulación de sustancias como el ácido láctico, por ejemplo, hace que eso pase. También se bajan las defensas.

LSA. ¿Cómo se hace el acompañamiento?

DA.  Las personas son distintas y hay algo que tenemos como mantra: cada persona debe ser vista, escuchada, contenida y acogida por ser quien es y no por quien esperamos que sea para que pueda encajar —“deberías estar, deberías ser, deberías moverte, ya pasar la página”—. Se debe permitir que pueda ser ella misma en este momento. ¿Quién está siendo ella misma en este momento? Es el dolor que la habita, es la incertidumbre, es el no poder reconocer lo que pasa. 

No debemos proponer una receta estándar, sino, sobre todo, acoger a la persona y, a lo sumo, hacer las preguntas que le permitan saber que está en un lugar seguro, porque la persona ha perdido confianza en sí misma.

También es importante entender que el duelo no es una enfermedad que hay que curar; es una experiencia de vida que es necesario acompañar. La mayoría de personas salen solas si tienen una red de apoyo familiar y social que les permita contenerse y sentirse acogidas. Cuando no existe eso,  o cuando la red le exige a la persona estar fuerte,  no expresar lo que le está pasando, sino mostrar la mejor versión, es donde llegan los problemas. 

Estamos en una época en la que hasta el sufrimiento tiene que ser productivo: “Es que si estás triste es porque tienes que aprender algo”. No, no es hora de hacer tareas, es hora de sentarnos a acompañarnos de otras maneras. El acompañamiento aquí implica un ser humano sensible, disponible, que pueda generar confianza y que ayude a corregir y regular con su presencia empática y compasiva a la otra persona, más que una lista de chequeo con recetas para que la otra persona haga cosas.

LSA. Con el paso de los días, ¿cómo cambia?

CM. Hay tipos de acompañamiento según el momento. Uno inicial es la atención en crisis, donde las personas necesitan saberse en un espacio seguro y rodeadas de una red de personas, ahí hay que ayudarlas a que identifiquen esa red. 

Diego hablaba de la importancia de ser compañía para los otros. David Kessler, un autor que trabaja estos temas, habla de que el dolor sea testiguado. En esos momentos necesitamos que haya un testigo de nuestro dolor. Y ser testigo del dolor de otro es escucharlo en eso que le está doliendo. Esa persona puede no tener ni las palabras para expresar ese dolor, pero necesita hacerlo, y ahí es importante estar y ayudarla para que pueda ir elaborando eso que le está sucediendo. 

En estas tragedias que causan tanto trauma las emociones aparecen desbordadas y al mismo tiempo: hay miedo, hay tristeza, hay shock, sensación de anormalidad, como de adormecimiento. Hay mucha confusión, hay culpa. Esas emociones se sienten muy confusas en el organismo y a la persona le cuesta navegar todo ese mundo emocional. El acompañamiento implica estar con la persona y que pueda navegar sin invalidar la emoción, sin decirle cosas como “ya deja de llorar, ya pasó una semana, ya es hora”, o “a ti no te pasó nada, mira que estás bien”. 

También es importante ofrecer espacios donde puedan narrar. Hay personas que no quieren hablar de eso y está bien, no hay que forzar el relato, pero hay personas que sí necesitan hablar, incluso hay quienes necesitan hablar demasiado sobre la situación. Hablar nos sirve para ponerle nombre, para organizar el caos. Cuando hablamos, de alguna manera le damos un poquito de orden a una experiencia tan caótica como la que se puede estar viviendo.

LSA. ¿Qué pasa con las personas que están lejos de los lugares donde fue mayor la tragedia?

CM. El acompañamiento es distinto, aunque los principios pueden ser similares. En este momento todos necesitamos ser testigos de lo que nos está pasando, nombrar esas emociones, explorarlas, permitirnos reconocer que nos duele, que hay tristeza, sensación de impotencia.

Reconocer la impotencia es importante. Al ver el caos uno se pregunta qué más puede hacer, además de donar plata, o ir a centros de acopio a organizar ayudas…Este tipo de desastres causan una sensación de impotencia absoluta y de que nada está bajo nuestro control. Precisamente ayudar nos permite sentir que hay algo, así sea pequeño, bajo nuestro control. No podré reconstruir todo Chocó, Cali, Pereira, ni todo el Eje Cafetero, pero sí hacer algo. Empezar a tener de nuevo esa sensación de control frente a un evento que nos hace sentir muy impotentes es importante. 

LSA. Después de años de acompañar estos procesos, ¿cómo han cambiado sus ideas sobre la vida, la vulnerabilidad, la muerte?

DA. Yo no soy el mismo. Pude darme cuenta de que para acompañar a otros era necesario acompañarme a mí. Aquí no es la técnica, sino quién está detrás, quién es ese ser humano.

Tuve la fortuna de acompañar la muerte de mi padre y de mi madre, pude estar al lado de ellos, y lo pude hacer precisamente porque estaba conectado profundamente con mi vida. Ante eso fui consciente de ser más, estar en actos de más conciencia, conectar con lo que realmente importa, sentir la plenitud de estar vivo y actuar con sentido ético. 

También pude entender que el duelo no se reduce a unas fases que uno va chuleando. Es una experiencia humana que hay que atravesar, como una tormenta cuando uno va en un barco. No pasa simplemente que uno amanece “curado”: uno no se cura de esto porque no tiene que curarse; es la experiencia humana.

Y lo otro que aprendí y me ha servido mucho para acompañar a otros es entender que no hay emociones buenas y malas, las emociones son las mensajeras de nuestro interior. Y quiero hacer énfasis acá porque no es afortunado decirle a las personas que está mal que sientan algo. Eso hace que intenten negarse, en lugar de vivirlas, darles espacio y comprender lo que están viviendo. Esos han sido mis aprendizajes fundamentales y desde ahí me estoy moviendo ahora, en la sensibilidad que me permite entender que los otros seres humanos necesitan a alguien que los acompañe, no que les diga qué hacer.

CM. Conceptualmente sabemos que la vida es finita, pero normalmente pensamos que somos infinitos, que el otro siempre va a estar ahí, que nosotros siempre vamos a poder hacerlo todo, que vamos a estar bien, con salud. Vivimos la vida con seguridad permanente. Con el duelo uno cae en cuenta de que la vida no es así, que puede cambiar. 

Eso, claro, puede causar angustia, pero también es maravilloso entenderlo porque permite disfrutar más el presente, valorar los vínculos, el momento que se está viviendo y lo poderoso que es estar vivo. 

Yo tengo un diagnóstico de esclerosis, que sé que es muy distinto a lo que es un terremoto, pero creo que, si de algo le sirve a alguien, mi camino ha implicado mucho trabajar desde conectar con la gratitud, cómo valorar lo que tenemos, independientemente de lo que se haya perdido o se haya ido: “Bueno, agradezco que hay cosas, miles de cosas que puedo hacer. Aunque ya no puedo caminar tan bien, puedo hablar, puedo ver, puedo escuchar, puedo hacer muchas otras cosas”. 

También ha sido importante ser más paciente conmigo misma, más receptiva y darme el permiso de sentir lo que siento y darme el tiempo para entenderlo. Eso ha sido también, en parte, gracias a duelos importantes que he tenido y que he transitado. Estoy de acuerdo con Diego cuando él dice que transitar los propios duelos también le permite a uno acompañar a otros en sus duelos, entrar con más compasión y apertura hacia el otro, sin tratar de curarlo o sin pensar que esto es algo rápido que se tiene que hacer, sino entendiendo que el duelo es algo que se hace para toda la vida también.

Kessler dice: “¿Cuánto tiempo va a durar tu duelo? Pues, ¿cuánto va a durar esa persona muerta? Toda tu vida”. Y, en ese sentido, ese duelo va a durar toda la vida aunque se va transformando: cada vez va a haber más significado allí, vas a poder conectar más con el amor que te une con esas personas o con eso que se ha ido, independientemente de que lo físico ya no esté. Pero eso va a tomar un tiempo.

El duelo va a implicar muchas emociones y muchos momentos difíciles, pero también otros momentos felices, el duelo no impide eso, es importante entenderlo. Hay personas que en este momento dicen: “Me casaba, tenía mi matrimonio planeado, ya no me puedo casar porque está pasando esto”. Sí te puedes casar. También hay espacio para reírse, también hay espacio para divertirse, también hay espacio para celebrar. Que haya este espacio no quiere decir que lo otro no esté doliendo.

LSA. ¿Qué diferencia hay entre duelos por la muerte de un familiar por vejez o enfermedad y los que ocurren por un terremoto?

DM. En estos casos hay una emergencia global, en el sentido de que copa todas nuestras formas posibles de estar y de ser en la vida. Se vive de manera dramática porque hay muy poco control, no solo sobre lo que está pasando, sino sobre cómo resolver lo mínimo.

En el duelo por una persona que ha estado enferma, la respuesta adaptativa es distinta. Claro, duele, golpea, pero hay una preparación previa: la familia y la red social empiezan a construir distintas formas de afrontar esa pérdida antes de que ocurra. Esto no significa que sea un duelo menos importante; significa que no es tan masivo, que no es el tsunami, que no es la emergencia.

En Cali, por ejemplo, y en el Chocó, las personas pasaban noches sin dormir esperando saber algo de su ser querido. Era imposible reaccionar de otra manera que no fuera sin comer, sin dormir, casi sin hablar, solo levantando escombros para ver si su hija o su hermano podían estar ahí. Y cuando por fin lo encontraban, aparecía esa culpa de pensar que algo hubieran podido hacer para que viviera. En estas historias, los rescatistas les decían: “No pudiste haberla rescatado, porque a ella le cayó una pared encima”. Es un espacio de realidad que se vuelve muy complejo y que, además, se repite múltiples veces en muchos lugares. 

Por eso los primeros auxilios psicológicos buscan ante todo estabilizar la seguridad de esa persona:  ¿se está hidratando?, ¿tiene con quién contar?, ¿hay alguien que la apoye?, ¿se está alimentando?Toda esta atención de emergencia es la base para pasar después a una fase en la que la seguridad también implica que esas redes sociales puedan encontrarse para darse apoyo mutuo. Para quienes están lejos hoy se dice que la mejor medicina es hacer lo que puedan, ir a clasificar alimentos, hacer algún aporte, para salir de ese bucle de impotencia y conectarse con la esperanza. Con todas las contradicciones y dificultades que esto implica, porque no es lo mismo vivir esto en el Chocó que en Cali.

El agravamiento social ocurre más en las zonas de mayor vulnerabilidad, no porque en otras zonas no pasen cosas similares, sino porque en otras zonas las redes sociales físicas y comunitarias tienen más capacidad de respuesta, mientras que en los sitios de mayor vulnerabilidad esas mismas redes también se ven afectadas, dejando a cada quien viviendo esto de manera aislada y complicando todo aún más. 

CM.  En estas tragedias aparecen complejidades que se mezclan entre sí. 

Están los duelos retrasados, cuando no puedes elaborar el duelo en el momento porque antes tienes que preocuparte por tu seguridad. Se murió alguien a quien amabas, pero antes tienes que saber dónde dormir, qué comer, porque lo perdiste todo. La mente protege a esa persona de ese dolor porque debe ocuparse de conseguir los mínimos para vivir. Ese duelo aparecerá más adelante, por eso el acompañamiento y las ayudas deben sostenerse en el tiempo.

Otros duelos se invisibilizan. En Harmonía hemos hecho dos encuentros virtuales, y una persona decía: “Yo había comprado un apartamento y se cayó, lo perdí, pero a mí no me pasó nada”. Era su inversión, ahí estaban sus ahorros, sus expectativas de futuro, pero siente que eso no es nada comparado con la persona que perdió a todos sus familiares. 

Hay duelos inconclusos, que son muy difíciles, no saber qué pasó con el familiar, con el perrito, con el gatito. La persona los sigue buscando, no sabe hasta cuándo ni cuándo puede darlos por muertos. Estos duelos inconclusos —y Colombia tiene mucha experiencia en ellos por el conflicto armado— son muy difíciles de procesar.

Hay duelos secundarios. Estos días veía una noticia sobre un restaurante famoso de Pereira que se desplomó, y uno podría pensar: “Bueno, hubo un terremoto, eso no es nada”. Pero no es una bobada, porque ahí fue donde alguien se comprometió, ahí era donde iba cada aniversario. Es un duelo secundario, cosas pequeñas de la cotidianidad que también se perdieron y que hacen que todo sea aún más doloroso.

Y, en general, aquí estamos hablando de un duelo colectivo. Toda Colombia, de alguna manera, está viviendo ese duelo en segunda persona. Y en este caso no solo se trata de tramitar el duelo, sino de garantizar la seguridad y las necesidades básicas de estas personas. Es distinto tramitar el duelo con los niveles básicos de seguridad alterados, que en un espacio seguro con las necesidades básicas satisfechas y con la posibilidad de darle espacio a esas emociones.  

También es diferente cuando es un duelo múltiple, cuando muchas personas viven este duelo al mismo tiempo. Porque entonces no es solo que uno pueda dedicarse a su propio duelo acompañada de una comunidad, sino que el rescatista está de duelo, la persona que hace el conteo de víveres, las personas en el coliseo. Eso lo hace todo más complejo.

LSA. En Cali la gente está dejando fotos de los familiares que quedaron bajo los escombros frente a los edificios. ¿Cómo sirven estos gestos?

DA. Nuestra cultura es muy metafórica, simbólica, ritualista. Así no haya terremotos, acostumbramos a hacerlo, a recordar de muchas maneras.

Pero hay algo que se explica neuro biológicamente y es la red neuronal del vínculo, que está entre estructuras cerebrales como la amígdala, la ínsula y el córtex prefrontal, y se activa en la presencia de un ser querido o en la evocación de ese ser querido. Y cuando se ponen imágenes, esa red está allí, activa, para que podamos fijar la importancia de aquello que queríamos o que estábamos cuidando y que ya no está.

Cuando alguien ya no está, ya no hay ese nosotros, necesitamos reconfigurarnos, y una forma de empezar a entenderlo es así:  “Aquí estás todavía, estás presente, existes en esta imagen, te veo y quiero que los demás conozcan que eras tú, que me importa”.

Por eso cumple una función psicológica muy importante, porque ayuda a que esa relación se pueda sentir viva. Aunque yo sepa que ese familiar murió, vive a través de esa imagen para mí mismo, pero también para los demás porque lo estoy honrando. Por eso no solo es un gesto, casi que es un tejido de amor y de vínculo que se hace con ese ser querido.

CM. Estas catástrofes son también complejas porque no se pueden hacer los rituales que ayudan a darle sentido y a transitar los momentos de pérdida y dolor. Nosotros vivimos en un país mayoritariamente católico donde se acostumbra a hacer una velación, a dar unas palabras, hay un lugar físico donde queda el cuerpo o las cenizas y entonces podemos ir allí a recordar a la persona.

Pero en estos contextos a veces ni siquiera hay un cuerpo para velar, ni un espacio, ni un ritual. Así que veo que es una forma en la que las personas encuentran una vía para hacer ese ritual de despedida, de ponerle nombre y darle un poco de sentido a esa experiencia, que confronta y desorganiza tanto, para poder decir: “Aquí quedó la persona, aquí quedaron los restos de esta persona y la puedo recordar allí, la puedo nombrar”. También es una forma de activar la dimensión espiritual y trascendente, que es tan importante en el ser humano. Conectarse con esa persona que ya no está físicamente, pero que se recuerda, se lleva en el corazón, se honra y se le agradece.

Además, en estos duelos múltiples las personas que mueren terminan como cifras y el dolor se vuelve anónimo. Esta es una forma de decir algo como: “Era mi mamá, fue la que me dio la vida, es la persona con la que hablé ayer y se quedó ahí”.

Los rituales ayudan también a cerrar un momento, a entender que eso sucedió, a dar un paso para una siguiente etapa. Ojalá haya más expresiones de esas y se promuevan, van a ser importantes, no en este momento, pero más adelante, para poder reconstruir con las personas los espacios que se han perdido. 

LSA. En estos días también ha habido peleas políticas, polémicas por los rescatistas extranjeros y mucha especulación en redes sobre si hay o no vida aún, si viene un apocalipsis, otros terremotos. ¿Cómo afecta esto a un duelo de este tipo?

DA. Con el terremoto el país no iba a cambiar. Ya teníamos un nivel alto de desinformación,  aquí y en el mundo, que continúa en medio del terremoto. Por eso diseñamos una herramienta llamada Cuidarse en Medio de la Crisis. Se trata de poner la atención en donde tenemos la necesidad de ponerla, apartarnos un poco y buscar información en fuentes fidedignas, entendiendo que fidedignas no son las que coinciden con lo que yo creo, sino incluso las que pueden cuestionarme.

Con los equipos de terapeutas en Cali, concretamente, parte de lo que estamos haciendo es ayudar a la gente a identificar qué consume. En términos generales, qué le da bienestar en su estado emocional, físico y mental, y a distinguir qué le hace daño. En especial hay una pregunta sobre cómo cuidamos a los niños y las niñas. 

Hay que mirar en perspectiva las discusiones políticas y religiosas, sabiendo que somos seres humanos muy diversos que creemos en cosas distintas. Pero sí es necesario diferenciar la información que tiene sustento de la que es simplemente conspirativa y que no nos lleva a ningún lado; al contrario, complica aún más el estado emocional en el que estamos.

CM. Totalmente de acuerdo. En un mundo ideal nos uniríamos todos para acompañarnos en este momento de tragedia, pero eso no va a pasar. Las redes sociales son las redes sociales, y cada uno publicará lo que siente y lo que cree.

Algo importante para cuidar nuestra salud mental —sobre todo para quienes están en terreno ayudando y para las víctimas directas— es poner límites con las redes sociales. En este momento de angustia y necesidad de saberlo todo es muy importante poner un límite porque puede causar aún más angustia de la que ya hay.

Los medios de comunicación ahí tienen un papel importante. Pueden ofrecer contenido que nutra a las personas, a quienes están tomando decisiones, están en estos espacios ayudando o están sufriendo la tragedia en primer nivel. Obviamente, también cumplen un rol de denuncia frente a lo que no está funcionando, que es igual de importante. O, por ejemplo, lo que hacen ustedes en La Silla Vacía con Detector de Mentiras, identificando qué cosas son falsas.

LSA. En este punto se habla de que hay que volver a las rutinas y retomar la normalidad, ¿es posible?

DM. Volver a la rutina depende mucho del contexto en el que uno esté. No es lo mismo estar en zonas de desastre, donde hay muchas cosas ocurriendo a la vez: se alteraron los hábitos de sueño, muchas personas tienen insomnio, se despiertan a las 3, a las 2 o a las 4 de la mañana, en hiperalerta, irritables. Es la experiencia normal de lo que pasa en estos casos.

En la historia natural de estas emergencias, todos estos síntomas empiezan a disminuir con el tiempo, dependiendo también de la historia previa de cada persona, de cómo ha afrontado adversidades anteriores. Si hay temas de salud mental desde antes, esto puede reactivar traumas, por ejemplo. Entonces, dependiendo de todas estas variables, la persona podrá volver más o menos fácilmente a su rutina.

Cuando ocurrió el terremoto de Armenia cometimos el error de no devolver a los niños rápidamente a sus espacios escolares. Una de las indicaciones que hoy existen en el manejo de emergencias es volver rápidamente a que los niños tengan espacios donde puedan estar con sus compañeros; no para aprender matemáticas o español por ahora, sino para poder estar ahí, compartir lo que les pasó y validar sus sentimientos.

Volver a la rutina ocurre en la medida en que uno logra construir un relato nuevo y, poco a poco, apropiarse de eso que seguramente será distinto, pero que le permita volver a ser funcional. Se es más funcional en la medida en que se puede expresar, hablar, ser acompañado.

Yo diría que todo esto engloba las posibilidades de volver, entre comillas, a lo que llamamos normalidad, que ya nunca será la de antes; será otra. Necesitamos reconfigurarnos en ese nuevo yo que vivió esta experiencia de desastre.

CM. Hay que poner en perspectiva qué significa volver a la rutina y qué significa volver a la normalidad. Como dice Diego, esa normalidad ya no va a ser la misma de antes.

Lo primero que diría es que es importante que las personas puedan ir recuperando la sensación de agencia, es decir, la sensación de control frente a lo que hacen. A veces son cosas básicas: levantarse, bañarse, ver a los amigos, cocinar. Pero también puede pasar que no puedas volver al trabajo porque el edificio donde trabajabas ya no existe o porque no tienes luz ni internet. 

Ojalá se vayan generando las condiciones para que las personas recuperen esa rutina, pero también hay que ser muy pacientes, para que, paso a paso, sean capaces de recuperarla. Va a ser difícil que alguien que estuvo en el epicentro del terremoto vuelva a trabajar con normalidad rápidamente. Eso es pedirle demasiado a su sistema emocional y físico, pero es valioso que, paso a paso, las personas puedan reencontrarse en esos espacios, que los colegas puedan conversar sobre cómo están, reconocerlo, y pensar juntos.

También es importante entender qué es normal y qué no. Que una persona que vivió el terremoto tenga insomnio por un tiempo prolongado es normal o, si vio cómo se desplomaba su casa, es normal que sienta pánico. Pero si estaba en Bogotá, sintió el temblor, y hoy todavía no puede dormir, es mejor buscar ayuda. O si está en Miami, es colombiano, y siente demasiada angustia o tiene ataques de pánico, eso tampoco es tan normal y es mejor pedir ayuda. Todo depende de la persona, del tipo de situación que vivió y de cómo la vivió. Y es importante entender que buscar ayuda puede ser útil en cualquier caso.

 
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