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Opinión

La descontaminación visual del terremoto

La descontaminación visual del terremoto

Por Oscar Viña Pardo

Pareciera que el morbo de repetir una y otra vez las imágenes del terremoto que sacudió a Colombia este lunes se hubiera convertido en una de las mayores excitaciones de muchos de los nuestros. Videos de edificios moviéndose, personas corriendo, paredes cayendo, gritos, llanto, desesperación. Una imagen detrás de otra. Debo confesar que esta mañana me dije: no más. No más videos que tienen mi cerebro como una licuadora y que no me permiten encontrar un poco de paz interior para reflexionar sobre lo que vivimos como colombianos, especialmente en las zonas de mayor afectación como Chocó, Risaralda, Caldas, Valle del Cauca y mi Tolima.

No significa que quiera olvidar la tragedia. Sería imposible y tampoco quiero hacerlo. Por el contrario, quiero recordarla desde otro lugar. Quiero concentrarme ahora en los gritos que anuncian que alguien fue encontrado con vida, en los silencios de los rescatistas cuando buscan entre los escombros, en esas manos que remueven piedras durante horas porque detrás de una pared puede existir todavía una esperanza. Quiero pensar en quienes trabajan sin descanso para llevar un poco de tranquilidad a los corazones de aquellos que lo perdieron casi todo.

Descontaminarme visualmente significa también comenzar a mirar esta tragedia desde la esperanza. Encontrarme nuevamente con ese país resiliente que tantas veces aparece cuando la adversidad nos golpea. Un pueblo capaz de olvidarse por un momento de sus diferencias para tenderle la mano al otro. Allí poco importa si somos del Chocó, del Tolima, de Risaralda, de Caldas o del Valle. Cuando alguien necesita ayuda desaparecen muchas de esas fronteras imaginarias y entendemos algo elemental: somos el mismo pueblo.

Necesito dejar de ver esos videos porque mi cuerpo todavía parece moverse. Hay un movimiento que continúa en mi cerebro aunque la tierra está quieta debajo de mis pies. Cada uno vivió una angustia diferente: algunos pensando en sus hijos, otros llamando a sus padres, buscando a sus hermanos, preguntando por un amigo o tratando desesperadamente de comunicarse con alguien. Todos tuvimos un nombre atravesandonos la cabeza durante esos segundos interminables. Por eso necesito silencio. Necesito que mi cuerpo encuentre nuevamente su lugar para tomar impulso en la carrera que ahora debe ocuparnos como país: la solidaridad.

Ahora quiero que me muestren otros videos. Quiero ver los bancos de alimentos repletos, los centros de acopio llenándose de ayudas, los camiones saliendo hacia las poblaciones afectadas. Quiero conocer historias de personas rescatadas, de vecinos que salvaron vecinos, de desconocidos que compartieron lo poco que tenían. También quiero ver a las familias pudiendo despedirse dignamente de ese ser querido que quedó bajo los escombros. Habrá lágrimas, claro que sí, pero serán imágenes que nos permitan comprender que después del dolor también comienza la reconstrucción.

Esta mañana, cuando me levanté, quise andar descalzo por un pedazo de jardín. Necesitaba sentir la tierra. Poner los pies sobre ella y mandarle todo mi amor. Para quienes creemos que la Pachamama también nos permite descargar las energías que llevamos dentro, ese pequeño acto tiene un significado especial. Sentí que después de haberle tenido miedo durante estos días necesitaba volver a encontrarme con ella, tocarla sin temor y pensar que también podemos relacionarnos con nuestro territorio desde el respeto, la gratitud y el amor.

Puede sonar romántico, pero esa es mi cosmovisión. Creo profundamente en esas pequeñas cosas que transforman nuestra energía: caminar descalzos, abrazar a quien tenemos cerca, guardar unos minutos de silencio, agradecer que estamos vivos, ayudar al que perdió su casa, donar lo que podamos o simplemente llamar a alguien para preguntarle cómo está. Tal vez ninguna de esas acciones cambie por sí sola la dimensión de lo sucedido, pero juntas pueden ayudarnos a reconstruir algo que ningún cemento puede reparar: nuestra tranquilidad interior.

Por eso hoy he decidido hacer mi propia descontaminación visual del terremoto. No quiero desconocer el dolor ni cerrar los ojos ante la realidad. Quiero escoger qué imágenes dejo entrar ahora a mi mente y a mi corazón. Prefiero aquellas llenas de esperanza, solidaridad y vida. Los invito a hacer lo mismo, a mirar al prójimo con amor y a proyectar hacia nuestra tierra la mejor energía posible. Colombia necesita reconstruir viviendas, colegios, calles y pueblos, pero nosotros también necesitamos reconstruirnos por dentro. Y quizás allí, desde el silencio, la solidaridad y el amor, podamos comenzar a encontrar ese equilibrio espiritual que tanto necesitamos.

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