Opinión
Cuando la tierra nos obliga a detenernos
Por Lina Monroy
*Comunicadora social y periodista/ Terapeuta Holistica @MUNDOFEMY
“La tierra se movió durante unos segundos, pero fue suficiente para detener nuestras vidas y recordarnos lo frágiles que somos.”
La fragilidad del ser humano es quizá una de las pocas certezas que compartimos, aunque durante buena parte de nuestra vida hagamos todo lo posible por olvidarla. Desde que nacemos necesitamos del cuidado de otros y, en muchas familias, ese vínculo de protección y dependencia puede extenderse incluso hasta la adultez.
Crecemos en medio de rutinas familiares, aprendizajes, creencias, compromisos sociales y responsabilidades que se acumulan con el paso de los años. La vida adulta parece estar diseñada alrededor del hacer: trabajar, producir, cumplir, resolver, responder.
El tiempo se mide por lo que hacemos y, muchas veces, el ser queda en segundo plano; como una vasija antigua que permanece durante años acumulando polvo y que, aunque alguna vez tuvo un propósito, termina convertida en un objeto decorativo, así podemos llegar a sentirnos cuando olvidamos detenernos para preguntarnos ¿cómo estamos?, ¿qué necesitamos? o, simplemente, si estamos disfrutando la vida que estamos construyendo.
Y entonces ocurre algo que escapa completamente a nuestro control. El terremoto del pasado 10 de agosto de 2026 nos recordó, en cuestión de segundos, lo poco que necesitamos para que nuestras certezas se tambaleen. Un año que seguramente quedará en la memoria de muchos colombianos y que, al comenzar una nueva semana, nos obligó a detener de manera abrupta las actividades que estábamos realizando. Durante unos segundos dejamos de trabajar, de correr, de contestar mensajes, de pensar en las obligaciones pendientes.
Nos detuvimos, nos observamos, respiramos y agradecimos. Las redes sociales se llenaron de videos en los que miles de personas buscaban refugio, abrazaban a sus familias o rezaban a gritos pidiendo misericordia frente a aquello que estaba sucediendo. En esos instantes, muchas de las diferencias que habitualmente parecen tan grandes perdieron importancia. Una situación como esta también permite observarnos como país.
Está el dolor de quienes perdieron a familiares, sus viviendas, sus pertenencias y, en algunos casos, el fruto del trabajo de toda una vida, desvanecido en cuestión de segundos. Pero también aparece algo que los colombianos conocemos bien: la solidaridad.
Los matices políticos o religiosos que tantas veces terminan dividiéndonos parecen quedar en segundo plano cuando lo que está en juego es la vida. Hay un sentimiento común: queremos estar bien y queremos que los demás también lo estén. Miles de manos se han unido para donar, participar como voluntarios, ayudar a remover escombros, alimentar a quienes lo necesitan, ofrecer refugio y brindar apoyo emocional. En medio de la tragedia también aparece la capacidad de un país para organizarse y acompañarse. Y en este escenario las redes sociales han demostrado, una vez más, su enorme poder.
Esta vez, utilizado de manera positiva. Figuras públicas, influenciadores, medios independientes y ciudadanos comunes han convertido sus plataformas en herramientas de servicio: difundiendo centros de acopio, fotografías de personas desaparecidas, información sobre mascotas perdidas, lugares seguros y necesidades específicas de las comunidades afectadas.
La información ya no depende exclusivamente de los medios tradicionales. En una emergencia, la ciudadanía también informa, verifica, comparte y ayuda a construir una red de comunicación que puede moverse casi al mismo ritmo que los acontecimientos.
Pero quizá la lección más profunda no está únicamente en la capacidad de respuesta ante una emergencia. Está en lo que sucede con nosotros cuando la vida nos recuerda que no tenemos el control. Tal vez por estos días la única opción sea entender que la vida es un instante. Que posponer un abrazo, una conversación, un encuentro o aquello que realmente queremos hacer bajo la excusa de que “después habrá tiempo” puede ser una apuesta que no siempre podremos ganar.
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El terremoto nos recordó algo que solemos olvidar mientras estamos ocupados viviendo: somos frágiles. Y quizá reconocer esa fragilidad no debería llenarnos de miedo, sino de conciencia.
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