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Opinión

El celular no es el enemigo, pero tampoco puede ser el dueño del aula

El celular no es el enemigo, pero tampoco puede ser el dueño del aula

Por Giovanni Ramírez Villamil

*Psicólogo · Autor en salud mental escolar · Experto en política pública territorial


La discusión no debería reducirse a “celular sí” o “celular no”. La pregunta verdaderamente educative es: ¿qué uso protege el aprendizaje, el sueño, los vínculos y el bienestar de nuestros niños, niñas y adolescentes, y qué uso comienza a quitarles aquello que necesitan para crecer?

Una pantalla puede caber en el bolsillo, pero sus consecuencias caben en toda la escuela. Hay discusiones que llegan a la escuela disfrazadas de disciplina cuando, en realidad, son discusiones de salud, desarrollo y convivencia. La del celular es una de ellas. Basta caminar por un patio de recreo para comprobarlo: niños que conversan con una pantalla entre las manos, adolescentes que revisan una notificación antes de terminar una frase, grupos que se reúnen físicamente mientras cada uno habita un mundo digital distinto.

Sería ingenuo afirmar que el teléfono es el culpable de todo lo que les pasa a nuestros estudiantes. También sería irresponsable negar que determinadas formas de uso pueden afectar el sueño, la atención, la actividad física, los vínculos presenciales, la intimidad y la salud emocional. La ciencia no nos autoriza a convertir el celular en un villano universal, pero sí nos obliga a mirar cuándo deja de ser una herramienta y empieza a desplazar la vida.

En mis libros sobre salud mental escolar he insistido en una idea que considero esencial: la escuela es un sismógrafo del territorio. Registra lo que ocurre en la vida de sus estudiantes antes de que muchas veces aparezca en una consulta. El mundo digital también forma parte de ese territorio. Allí ocurren conversaciones, amistades, burlas, exclusiones, comparaciones, aprendizajes y, en algunos casos, violencias que después atraviesan la puerta del colegio.

¿A qué edad debería tener un celular?

No existe una edad única que la ciencia pueda señalar como la “edad correcta” para entregar un smartphone. Esta precisión es importante porque hemos convertido números como 10, 12 o 14 años en fronteras aparentemente científicas que, en realidad, no funcionan así. Las recomendaciones actuales se centran mucho más en el desarrollo, el contenido, el contexto, el acompañamiento, el sueño y aquello que la pantalla desplaza.

La Organización Mundial de la Salud recomienda que los niños de 1 año no tengan tiempo sedentario de pantalla y que a los 2 años no superen una hora; entre los 3 y 4 años también recomienda no más de una hora, cuanto menos mejor. Para niños y adolescentes de 5 a 17 años, la OMS recomienda limitar especialmente el tiempo recreativo sedentario frente a pantallas. Estas recomendaciones no equivalen a una edad de entrega de smartphone, pero sí muestran algo fundamental: en la infancia temprana, la pantalla no debería desplazar juego, movimiento, sueño ni interacción humana. [1][2]

En la práctica, para Colombia, mi recomendación prudente sería diferenciar dos decisiones que muchas familias mezclan: tener un medio para comunicarse y tener un smartphone con internet, redes sociales y acceso permanente. Un niño puede necesitar comunicación sin necesitar todavía una puerta abierta a todo el ecosistema digital. Para un smartphone personal con acceso amplio a redes sociales, considero razonable pensar en la adolescencia temprana —alrededor de los 14 años como referencia práctica, no como frontera científica— y siempre acompañado de un acuerdo familiar, límites claros y revisión progresiva de la autonomía.

El problema no es solamente cuánto tiempo: es qué está dejando de ocurrir

Uno de los errores más frecuentes es preguntar únicamente cuántas horas pasa un estudiante frente al celular. La pregunta importa, pero no alcanza. Dos adolescentes pueden pasar el mismo tiempo conectados y tener experiencias completamente diferentes. Uno puede estar creando, aprendiendo o conversando con su familia; otro puede estar durmiendo menos, intentando desconectarse sin conseguirlo, recibiendo amenazas o abandonando actividades que antes disfrutaba.

Por eso, más que contar minutos como quien cuenta calorías, deberíamos observar interferencias. ¿El celular está entrando en la cama? ¿Despierta al estudiante por notificaciones? ¿Se ha intentado reducir su uso y aparece una irritabilidad intensa? ¿Está desplazando deporte, juego, conversación, estudio o sueño? ¿Hay exposición a violencia, ciberacoso, sextorsión o difusión de contenido íntimo? ¿La comparación permanente está deteriorando la imagen corporal o la autoestima?

Esta es precisamente la mirada que he planteado en mi trabajo sobre salud mental escolar: no diagnosticar por una pantalla, sino observar funcionamiento, contexto y consecuencias. El uso digital problemático debe analizarse por pérdida de control, interferencia con la vida cotidiana, alteraciones del sueño, violencia digital, autoimagen y desplazamiento de vínculos y actividades. [3]

Colombia está conectada; eso también cambia nuestra responsabilidad

Los datos más recientes del DANE muestran que en 2025 el 82,3 % de las personas de 5 años o más usaba internet en Colombia. Además, el 73,9 % de los hogares tenía conexión a internet. Es decir, ya no estamos discutiendo si nuestros estudiantes vivirán en un mundo digital. Ese mundo ya está aquí. [4]

Pero hay que ser rigurosos con las cifras. A 2026 no existe una estimación nacional representativa que permita afirmar, con seriedad, “X por ciento de los niños colombianos es adicto al celular”. Lo que sí existen son estudios colombianos sobre fenómenos específicos. Uno publicado en 2025 evaluó a 182 adolescentes de una institución educativa y encontró que 90,11 % presentaba algún nivel de nomofobia, es decir, miedo o malestar asociado a no poder estar en contacto con el teléfono. Es un dato importante, pero no puede extrapolarse a todos los adolescentes del país. [5]

Otro estudio instrumental, publicado también en 2025, trabajó con 441 estudiantes de 9 a 21 años de una institución oficial de Pasto y señaló la ausencia de instrumentos de medición de nomofobia previamente disponibles para población colombiana, además de encontrar relación entre la nomofobia y medidas de adicción a redes sociales. [6]

Y hay una cifra que debería hacernos pensar mucho más allá de la palabra “adicción”: UNICEF informó en mayo de 2026 que el 21 % de los adolescentes usuarios de internet de 12 a 17 años en Colombia había sufrido alguna forma de abuso o explotación sexual facilitados por la tecnología durante un solo año. El estudio fue nacional y representativo, con 999 adolescentes y sus familias. No estamos hablando de tiempo de pantalla; estamos hablando de protección. [7]

La cifra que no debemos inventar

No existe hoy una cifra nacional seria de “adicción al celular” en NNA colombianos. Presentar como nacional un resultado obtenido en una sola institución sería científicamente incorrecto. La ausencia de esa cifra no significa ausencia del problema: significa que necesitamos medirlo mejor.

Entonces, ¿prohibir o permitir?

Ni una escuela sin límites ni una escuela gobernada por la confiscación. Prohibir el teléfono durante determinados momentos pedagógicos puede ser una decisión organizativa perfectamente razonable. UNESCO reportó en marzo de 2026 que 114 sistemas educativos, equivalentes al 58 % de los países monitoreados, contaban con prohibiciones nacionales del uso de teléfonos móviles en las escuelas. [8]

Pero una prohibición no es una política de salud mental. Puede resolver una distracción y dejar intacto el problema que la produce. Si el estudiante sale del colegio y vuelve a la pantalla durante seis horas, no hemos enseñado autorregulación; simplemente trasladamos el conflicto de lugar.

En La Cátedra Emocional he planteado que la educación digital debe formar competencias y no limitarse al castigo. El mismo principio aparece en P.A.P. en la escuela: ante una crisis digital, el adulto debe proteger, escuchar, preservar la dignidad y conectar con la ruta correspondiente; no convertir el teléfono en el centro de la intervención ni divulgar evidencia sensible en grupos de docentes o familias. [9][10]

Padres y madres: el primer celular también es un contrato familiar

Hay algo incómodo que debemos decir: muchas veces exigimos a nuestros hijos una autorregulación digital que nosotros mismos no practicamos. Pedimos que guarden el teléfono mientras cenamos mientras respondemos un mensaje debajo de la mesa. Les decimos que duerman sin pantalla mientras nuestro celular permanece en la almohada.

La corresponsabilidad no significa espiar permanentemente al adolescente. Significa acompañar. Significa establecer acuerdos sobre horarios, espacios sin dispositivos, sueño, privacidad, aplicaciones, contactos y qué hacer cuando algo produce miedo, vergüenza o amenaza.

UNICEF Colombia ha recomendado precisamente comunicación abierta, hábitos saludables, acompañamiento familiar, controles parentales y, sobre todo, educación con el ejemplo. [11] El control tecnológico puede ayudar, pero ningún filtro sustituye una relación en la que un niño pueda decir: “me pasó algo en internet y necesito contártelo” sin sentir que será castigado por haberlo contado.

El celular debería llegar acompañado de conversación. No debería ser simplemente un regalo con cargador.

¿Y qué hacemos los docentes?

Primero, dejar de pensar que el maestro tiene que convertirse en policía digital. El docente tiene otra tarea, mucho más valiosa: enseñar a vivir con la tecnología sin perderse dentro de ella.

• Definir momentos claramente libres de celular y explicar el propósito pedagógico de esa decisión.

• No utilizar el teléfono como premio o castigo emocional; establecer reglas previsibles.

• Observar cambios de funcionamiento: sueño, concentración, aislamiento, conflictos, ausentismo y rendimiento.

• Preguntar por el contexto antes de etiquetar: “¿qué está pasando?” es mejor que “¿por qué está pegado al celular?”.

• Enseñar ciudadanía digital: privacidad, consentimiento, pensamiento crítico, ciberacoso, sextorsión, difusión de contenido y petición de ayuda.

• No circular capturas, fotografías o conversaciones privadas de estudiantes en grupos institucionales.

• Cuando exista una situación que desborde las competencias del aula, activar orientación, convivencia, familia y las rutas correspondientes.

• Recordar que el docente también necesita desconexión digital y cuidado. Un maestro conectado a toda hora no puede enseñar límites saludables con coherencia.

La escuela no puede pedir que el estudiante se quite el celular si nunca le enseñamos a quitárselo de la cabeza

Esta frase resume buena parte del desafío. La educación digital no puede reducirse a guardar los teléfonos en una caja al entrar al salón. Tenemos que enseñar a reconocer emociones, tolerar la espera, manejar la frustración, conversar sin pantalla, pedir ayuda, resolver conflictos y comprender que una notificación no siempre merece una respuesta inmediata.

Ahí aparece la conexión con la educación emocional. Un adolescente que sabe reconocer su ansiedad, ponerle nombre a lo que siente, pedir ayuda y regularse tiene más herramientas para decidir qué hacer con su pantalla. Por eso el celular no debería ser un asunto aislado del currículo de bienestar. Es una puerta de entrada a competencias socioafectivas, ciudadanía digital y salud mental.

Antes de preguntar “¿Cuántas horas?”

1. ¿Está durmiendo bien?

2. ¿Sigue participando en actividades y vínculos fuera de la pantalla?

3. ¿Puede dejar el teléfono cuando se le pide?

4. ¿Está ocurriendo algo dañino en línea?

5. ¿El celular está afectando el estudio, la convivencia o el estado emocional?

Si las respuestas empiezan a preocuparnos, el problema ya no es solamente tecnológico: es una situación que merece acompañamiento.

Quitarse la bata también significa educar en lo digital

En mis libros he defendido la necesidad de “quitarse la bata”: no para abandonar la ciencia, sino para sacar el conocimiento del consultorio y llevarlo al lugar donde ocurre la vida. Hoy ese lugar incluye el salón de clase, el recreo, la casa y también la pantalla.

Necesitamos adultos capaces de mirar sin invadir, escuchar sin juzgar y poner límites sin humillar. Necesitamos docentes que puedan reconocer una señal de alerta sin diagnosticar. Necesitamos familias que acompañen sin convertir la crianza digital en una persecución. Y necesitamos instituciones educativas que comprendan que la salud mental también se juega en aquello que sucede después de que suena el timbre.

En esa tarea también resulta valioso encontrar personas que, desde su sensibilidad social, ayudan a abrir espacios de conversación y difusión alrededor de la salud mental escolar. Xiomara Castel es una de esas personas que ha mostrado interés por que estas discusiones y herramientas lleguen a más comunidades educativas. Lo menciono apenas como un gesto de reconocimiento a quienes entienden que cuidar también es ayudar a que el conocimiento circule.

El celular no va a desaparecer. Tampoco debería desaparecer de la escuela cuando puede convertirse en una herramienta pedagógica poderosa. Lo que sí debemos evitar es que se convierta en el adulto que calma al niño, en el amigo que valida al adolescente, en el despertador que interrumpe su sueño y en el árbitro que decide cuánto vale su vida según la cantidad de “me gusta”.

Una escuela saludable no es aquella en la que nadie lleva celular. Es aquella en la que los estudiantes aprenden que pueden tener tecnología sin entregarles el gobierno de su atención, de su tiempo y de sus emociones.

No se trata de quitarles el mundo digital a nuestros niños. Se trata de enseñarles a no perderse dentro de él.

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