Opinión
¿Y si los secretarios de Educación se designaran por concurso de méritos?
Por Henry Rengifo Hernández
“Quien crea que la caída en las pruebas PISA se explica por la pandemia o Fecode no ha estudiado con rigor el tema”. Julián de Zubiría.
El debate tras los últimos resultados de las pruebas PISA, en las que a Colombia no le fue bien, ha caído una vez más en la ligereza de buscar culpables donde no los hay. Las maestras, los maestros y, por supuesto, Fecode volvieron a ser el blanco de la obcecada animadversión que les profesan ciertos sectores políticos, incapaces de reconocer la titánica tarea que cumple el cuerpo docente colombiano en medio de condiciones sociales sumamente adversas.
Sin ser un experto en la materia, tengo el privilegio de que en mi casa la discusión gira permanentemente en torno a la educación, gracias a que es el tema que nos concierne por vocación y por ejercicio diario. Desde esa mirada cercana, resulta evidente que la acostumbrada crítica hacia los docentes y el sindicato se basa en un diagnóstico miope, cómodo y profundamente equivocado.
En innumerables ocasiones, los verdaderos especialistas han demostrado que el colapso de nuestro sistema educativo no se gesta al interior de las aulas; empieza en los despachos gubernamentales, donde históricamente la educación ha sido tratada como la cenicienta del presupuesto y relegada al ostracismo por el clientelismo y la politiquería.
Mientras a los maestros se les exige pasar por rigurosos concursos de méritos para ingresar a la carrera docente, los cargos directivos donde se diseña el rumbo de la enseñanza se siguen repartiendo bajo la lógica del padrinazgo y el amiguismo.
Entonces, ¿cómo pretender transformar la calidad educativa si las cabezas directivas, es decir, el ministro, los secretarios de despacho y los directores de calidad, suelen ser ajenas al sector y lo desconocen por completo? Con frecuencia, el Ministerio de Educación ha sido tratado como una cartera de relleno, donde se nombra a cualquiera menos a alguien con arraigo y conocimiento pedagógico.
Esa misma lógica se repite en las gobernaciones y en las alcaldías de las grandes capitales a la hora de designar a los secretarios de Educación. El único mérito exigido es haber aportado a una campaña política o en su defecto llevar la recomendación del jefe político. Para colmo, un cargo tan técnico como la Dirección de Calidad Educativa también entra en esa misma dinámica perversa, reemplazando la idoneidad por una simple cuota burocrática.
A propósito, ahora que se avecinan las nuevas campañas políticas, qué interesante sería que los candidatos a la Gobernación del Tolima y a la Alcaldía de Ibagué asumieran un compromiso real y propusieran que los secretarios de Educación, Departamental y municipal, así como los directores de Calidad Educativa, sean designados mediante un concurso de méritos transparente. Sería un experimento de por sí revolucionario para empezar a dar un salto cualitativo real en la región.
Si queremos que la educación sea el motor de transformación social del que tanto se habla en los discursos, se debe empezar por dignificar y profesionalizar sus liderazgos. Mientras se siga nombrando ministros de Educación y secretarios a dedo, el liderazgo pertinente brillará por su ausencia. La contribución para mejorar será por completo nula. El aporte será el de seguir obteniendo los mismos resultados mediocres.
En conclusión, el mérito no debe seguir siendo una exigencia exclusiva para los maestros; por el contrario, tiene que convertirse en la regla de oro para quienes ocupan los altos cargos de poder en el sector educativo. Resulta paradójico ver a tantos rectores y profesores liderando procesos académicos en pro de la calidad, sin encontrar nunca un estímulo ni el apoyo de un secretario de Educación que, con frecuencia, sabe de todo menos de educación.
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