Periodismo de análisis y opinión de Ibagué y el Tolima

Opinión

El miedo en tiempos del capitalismo tóxico

El miedo en tiempos del capitalismo tóxico

Por Guillermo Pérez Flórez


Hay un negocio que jamás quiebra: el del miedo. Se reinventa cada vez con un demonio distinto: el comunismo, el sida, el efecto Y2K, el terrorismo, la pandemia, las drogas ilícitas y ahora con la inteligencia artificial (IA), que cumple la misma función: paralizarnos, volvernos dóciles, hacernos aceptar como salvación lo que en realidad es sometimiento.

Uno de los grandes ‘logros’ del capitalismo en su fase tóxica, es haber comprendido que todo, absolutamente todo, es susceptible de transformarse en una mercancía que puede producirse y comercializarse masivamente. Fabricar y vender miedo y luego sus antídotos es altamente rentable, además de los beneficios económicos sirve como instrumento de control social, y generador de poder político. El guion es previsible. Primero se nos vende la enfermedad: un peligro inminente, si es apocalíptico, tanto mejor. Después, la misma boca que creó el problema, nos ofrece los remedios.

Recordemos el efecto Y2K: las industrias que anunciaron el colapso de los sistemas mundiales para el 1 de enero del año 2000 vendieron, a precio de oro, los parches para evitarlo. Nada colapsó, pero las arcas se llenaron. El miedo al contagio del sida sirvió para moralizar los cuerpos, y prohibirnos hasta el deseo, para que algunas iglesias y gobiernos recuperaran el control sobre la intimidad ajena, o la pandemia, cuando el encierro planetario coincidió con una extraordinaria concentración de riqueza y poder en manos de grandes corporaciones tecnológicas.

¿La IA puede salirse de control?

El demonio de turno es la IA. El miércoles pasado (17 de septiembre) leí en este diario que Sam Altman, el CEO de OpenAI, había dicho: “El mundo hace bien en tener miedo, pero debe confiar en nosotros”. ¡Pero claro! Cómo no vamos a confiar, si son los únicos que saben cómo funciona el sistema.

Sospecho que detrás de toda esta histeria en torno a la IA, lo que existe en realidad es codicia. Un tipo de capitalismo que solo ve en la gente la dimensión de consumidora y en la naturaleza su condición de yacimiento. Ya no basta con extraer minerales o talar bosques: ahora se extraen también nuestra atención, nuestros datos, nuestro tiempo, nuestra capacidad incluso de imaginar futuros distintos. El capitalismo contemporáneo no solamente vende cosas que necesitamos; también puede crear mercados alrededor de aquello que tememos.

Los nuevos señores de este feudo digital están jugando a ser dioses. Financian laboratorios que persiguen la inmortalidad y proyectos de colonización de Marte, como si el futuro de la humanidad pudiera resolverse solo escapando de la Tierra. Sueñan con trascender la condición humana mientras nos venden, a los mortales de a pie, el pánico como estilo de vida. Así, la ansiedad y el estrés se están viralizando. Esa es parte de la explicación por la cual los problemas de salud mental aumentan en todo el mundo.

El papa León XIV en su encíclica ‘Magnifica humanitas’, publicada en mayo de este año, afirmó que la tecnología no es mala en sí misma, y que tampoco es neutral cuando se concreta en determinados sistemas de poder, intereses y usos. En ella dice expresamente que esta puede curar, educar y cuidar, pero también dividir, excluir y aumentar las desigualdades. 

El papa critica la tentación de ver al ser humano solo como un proyecto que debe optimizarse en función de la productividad e instó a los desarrolladores y líderes globales a anteponer el bien común, la justicia y el respeto a la privacidad por encima del lucro económico. Pero quién puede ponerle el cascabel al gato; quizás por esto, ya en 1994 Fredric Jameson, filósofo estadounidense, dijo que “Es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo”.

Es tanto el miedo, la ansiedad y la angustia existencial bajo este capitalismo tóxico que cada día surge una iglesia, una secta. Tengo la percepción de que en Colombia, y en general en América Latina, se están creando más congregaciones religiosas que empresas. Vivo en una ciudad en donde parece haber más iglesias de garaje que escuelas y colegios. En ellas se vende resignación y consuelo, y la promesa de una vida eterna, la misma con que sueñan los amos de la tecnología. 

Creo que lo que está fuera de control no es la IA, es el capitalismo. Un capitalismo tóxico y depredador, que ha roto los contrapesos que alguna vez lo hicieron compatible con la vida en común: la regulación estatal, la negociación sindical, la fiscalidad progresiva, y el principio de que la ganancia privada debe estar subordinada al interés general. Un capitalismo guiado por la maximización del retorno, indiferente de si este se construye sobre el colapso climático, la precarización laboral o la salud mental de generaciones enteras.

La economía social de mercado —la que inspiró, con matices, a buena parte de la socialdemocracia europea de posguerra— parte de una premisa distinta: que el mercado es un instrumento útil, no un fin en sí mismo, y que se legitima cuando existen instituciones fuertes, derechos sociales garantizados y una función redistributiva del Estado.

El ocaso de la democracia

En la base de la crisis democrática que estamos presenciando está el miedo. Las sociedades atemorizadas no deliberan: obedecen. Se mueven fundamentalmente por la emoción. El miedo fatiga las mentes, agota los corazones, y en ese agotamiento germina un espíritu tribal que genera odio contra quienes piensan diferentes. Es el regreso a la manada, que domesticada necesita un caudillo, a quien se entrega a cambio de promesas de seguridad y soluciones mágicas.

No es casual que el auge del autoritarismo coincida con la expansión de las plataformas tecnológicas que monetizan el odio y el pánico. La mayoría de los algoritmos de las redes sociales no buscan informarnos: buscan mantenernos en estado de hiper alerta, y un pueblo que renuncia a pensar por sí mismo, obedece mansamente en espera de milagros.

No se trata de negar los riesgos reales —que los hay, y muy serios—, sino de rehusarnos a que las presuntas soluciones sean administradas por quienes se lucran con ellos. La historia, esa maestra que tan poco escuchamos, nos enseña que ninguna de las plagas anunciadas como definitivas lo fue. La inteligencia artificial tampoco va a ser.  Será lo que decidamos hacer con ella los ciudadanos informados y empoderados, capaces de arrebatarles el control a quienes hoy la utilizan como instrumento de pastoreo colectivo.

Se requiere resucitar la esperanza. No aquella que vende la salvación en la otra vida. No. La esperanza terca, política, comunitaria, que se construye organizando, deliberando, exigiendo la regulación de estas tecnologías —y de este capitalismo que ya no tiene freno moral, ni quiere permitir que nadie se lo ponga.

Cierro con una frase de Franklin D. Roosevelt exhibida en un cartel en el muy exitoso Festival de las Ideas, organizado por el Grupo Prisa Media en Villa de Leyva: “Lo único a lo que tenemos que temer es al miedo mismo”.

Siguenos en WhatsApp

Artículos Relacionados