Opinión
Una reafirmación y precisión sobre la pintura del edificio de la curia de Ibagué
Por Humberto Leyton
No se necesita ser Gaudí o Niemeyer para hablar y opinar sobre la pintura de un inmueble, donde no se abordan temas de estilo, cortes ni de diseños arquitectónicos y solo se hace referencia a los colores de una fachada que, además de desentonar, en nuestro criterio, atentan contra el patrimonio histórico de la edificación.
En efecto, el pasado 15 de septiembre, publicamos una crónica bajo del título “El brochazo que borró décadas de historia del edificio de la Curia de Ibagué”, que no cayó bien en algunas personas, al parecer vinculadas al gremio de la construcción, porque obviamente criticaba la chambonada en el color escogido para pintar la fachada de esta edificación.
Al respecto queremos manifestar: nos reafirmamos en todo lo dicho y en cada palabra de la crónica porque la escribimos con todo el rigor periodístico que nos ha caracterizado durante largos años de ejercicio de nuestro oficio.
En ningún párrafo de nuestro escrito hacemos referencia al estilo arquitectónico, como el republicano, de la construcción. Lo único que cuestionamos son las mentiras y falsedades que señalaron los responsables de la obra de haber acudido a “estudios estratigráficos para determinar el primer color que tuvo el edificio”, y concluir que ese rosado palo u oscuro o como se le quiera llamar, fue su primer color original. Les faltó manifestar que también habían acudido a la prueba de carbono 14 (C-14).
Aquí únicamente cuestionamos la falacia con la que justificó la cuestionada pintura del histórico inmueble. No hacemos referencia a nada más.
Y aunque se diga que priman más los estudios que la memoria, tendremos que manifestar que ambos son valiosos y complementarios, siempre y cuando la verdad sea la esencia del resultado y la que resulte la ganadora. No se trata de “comer entero”, como diría el Cofrade Palacio Rudas, ni de presentarnos una narrativa sobre supuestos estudios estratigráficos para sostener algo indefensable.
Los testimonios
Existen testimonios, aún vivos, de conocidas personas que vivieron o viven en el entorno de la edificación como la del exsenador y exministro Alberto Santofimio Botero, quien vivía cuadra y media más arriba por la carrera segunda del edificio de apartamentos de la curia, que asegura que jugaba con niños de aquella época en la plaza de Bolívar (1950-1954); Carlos Enrique Vila, los García Morón, Carlos Eduardo Jaramillo, María Victoria Vila, Constanza de León, Guillermo y Delfín Eduardo Rengifo, entre otros nombres. Es decir, en los años que el inmueble en cuestión estaba estrenando pintura ya que este fue construido en 1947, según los historiadores.
Pedro Zambrano, exsecretario de Planeación de la Gobernación del Tolima y Alcaldía de Ibagué, nos relata así el cambio de pintura del edificio de la curia: “Quienes apreciamos la historia, la cultura y el desarrollo urbano de Ibagué tenemos razones para expresar, con respeto, pero también con claridad, nuestra preocupación por el color recientemente aplicado a la fachada del edificio Arzobispal, una de las construcciones más emblemáticas que enmarcan ese hito central de la urbe ibaguereña que es su Plaza de Bolívar. No se trata simplemente de discutir si un color es bonito o desagradable, porque en materia de gustos siempre existirán diferencias y diversos puntos de vista, todos respetables. El asunto es de mayor profundidad: ¿cómo se deben intervenir los edificios que forman parte de la memoria arquitectónica de una ciudad, y que, precisamente por ello, dejaron de pertenecer únicamente a la mirada de sus propietarios para convertirse también en referentes culturales de toda la comunidad? El quid del asunto es tener claro, que la Plaza de Bolívar no es un lugar cualquiera de Ibagué; es el corazón histórico, institucional y simbólico de la ciudad, donde confluyen sitios emblemáticos, como su Catedral, el Palacio Arzobispal, la Alcaldía y otras edificaciones que, conjuntamente con los árboles centenarios, algunos jardines, monumentos y espacios públicos, conforman una imagen urbana que varias generaciones de ibaguereños reconocen como propia”.
Otro valioso testimonio para tener en cuenta es el de Miguel Gordillo, dirigente social de Ibagué, que dejó el siguiente comentario. “Tengo 84 años y me crie en la carrera 2ª entre calles 11 y 12 (donde hoy funciona Uniremington). En mi infancia disfrute la plaza de Bolívar y mi vida laboral transcurrió en el centro de la ciudad. Actualmente vivo a 50 metros de dicha plaza y siempre el color de esta construcción fue blanco y alguna vez un amarillo claro. Este color es hoy extraño a mi vista”.
Así, como estos, podemos acopiar más testimonios para refrescar la memoria, sin entrar en ningún campo técnico ni arquitectónico de la edificación como lo hemos recalcado repetidamente.
Simplemente nos referimos al color de la pintura que nos parece horroroso y, que en nuestro criterio, atenta contra el patrimonio histórico de la construcción.
Los zócalos destruidos
Capítulo aparte merecen los zócalos de la fachada del edificio de la curia. Originalmente fueron de granito negro y blanco, y con los llamados retoques y las pinturas, fueron patriciamente destruidas, pues en ningún momento se guardó su originalidad y, por el contrario, con los brochazos que se emplearon, incluso con el estuco o macilla que le aplicaron en algunas partes, los zócalos fueron acabados como unidad intrínseca de la facha.
Y no se necesita ser un arquitecto o ingeniero restaurador para detectar este grave error, que acabó con décadas de historia. De esto ninguno de los expertos y especialistas dice nada.
Responde el arquitecto restaurador
En uno de los comentarios que generó nuestra crónica en la red de Facebook, el arquitecto restaurador Carlos Pinilla A. publicó el siguiente comentario: “(…) como arquitecto restaurador responsable del estudio y de la propuesta de intervención del inmueble, y respetando plenamente su libertad de expresión y el derecho que tiene a manifestar públicamente sus opiniones, considero importante hacer algunas precisiones, pues no comparto algunas de las afirmaciones planteadas en el artículo.
Que el color actual no sea del agrado de algunas personas es completamente válido. La ciudadanía tiene derecho a opinar, cuestionar y participar en las conversaciones sobre su patrimonio. Sin embargo, afirmar que un inmueble fue “pintado sin criterio” es una afirmación de carácter técnico que requiere mucho más que una apreciación sobre su apariencia o el testimonio de algunos residentes.
El inmueble ha tenido diferentes colores y tonalidades a lo largo de su historia, algo que está documentado. Por eso, el hecho de que durante un determinado periodo algunos vecinos lo hayan conocido con una tonalidad específica no permite, por sí solo, establecer cuál debe ser el criterio de intervención actual. Precisamente para eso existen los estudios, los criterios de conservación y restauración, la normativa patrimonial y la evaluación de la entidad competente.
En este caso, además, resulta curioso que la discusión se reduzca únicamente al color cuando el proyecto contempla una intervención mucho más amplia, orientada precisamente a recuperar y mejorar la lectura del inmueble y su relación con el entorno.
La fachada presentaba un estado de deterioro importante; el andén también requería intervención; existía una acumulación desordenada de avisos y letreros, algunos de gran tamaño, con diferentes estéticas que interferían con la lectura arquitectónica del edificio. También se contempló el retiro y ordenamiento de elementos como cables que permanecían expuestos sobre la fachada, entre otras actuaciones.
El objetivo ha sido precisamente recuperar una lectura más limpia y coherente del inmueble, mediante la regularización y homogenización de aquellos elementos que, con el tiempo, habían terminado desdibujando su imagen.
Por eso creo que es importante valorar la intervención en su conjunto y no reducir un proceso de conservación patrimonial a una discusión sobre si un color nos gusta o no.
Está bien que se genere discusión alrededor del patrimonio. De hecho, es deseable que ocurra. Pero si realmente queremos que estas conversaciones contribuyan a ponerlo en valor, deberían hacerse con altura, contexto y rigor periodístico y técnico.
Si se afirma que una intervención se realizó “sin criterio”, lo mínimo sería consultar cuáles fueron esos criterios, qué estudios la sustentaron, qué normativa se aplicó, quién realizó la propuesta y cuál fue el procedimiento mediante el cual la autoridad competente la evaluó y aprobó.
Para quienes quieran conocer directamente el proceso y algunas de las decisiones que sustentaron la intervención, comparto también la publicación realizada desde Métrica Taller, donde explicamos el proyecto y los criterios que orientaron la propuesta:
https://www.instagram.com/reel/DYINE-lxeTz/?stkn=MXcyNTk1c3l3d2U5Zg==
Podemos tener opiniones diferentes sobre el resultado, y eso hace parte de una discusión necesaria sobre nuestro patrimonio. Lo importante es que, cuando se hacen afirmaciones de carácter técnico, estas estén acompañadas de las fuentes, los argumentos y el conocimiento del proceso que permitan sustentarlas”.
Respuesta necesaria
Insistimos, como periodistas no estamos haciendo “afirmaciones técnicas” de ninguna especie, nos estamos refiriendo es a una pintura que estéticamente no cuadra en el inmueble considerado patrimonio cultural de nuestra historia urbana, y que borra o deteriora décadas de originalidad. Este puede ser un juicio casi sugestivo, pero encierra emociones y valores artísticos del desarrollo urbano de nuestra querida Ibagué que quieren ser apabullados.
Está bien que se diga que “entre gustos no hay disgustos”, pero respetamos mucho a los que comen mocos, nosotros preferimos degustar otros manjares más exquisitos.
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