Opinión
PISA 2025: ¿qué nos están diciendo los estudiantes más allá de las notas?
Por Giovanni Ramírez Villamil
*Psicólogo · Autor en salud mental escolar · Experto en política pública territorial
Hay una manera muy sencilla de leer las pruebas PISA: mirar los números, compararlos con otros países y concluir si nos fue bien o nos fue mal. Pero hay otra manera, mucho más incómoda y, a mi juicio, mucho más útil: preguntarnos qué nos están contando esos números sobre los niños, niñas y adolescentes que están sentados todos los días en nuestras aulas.
Los resultados de PISA 2025 fueron publicados el pasado 8 de septiembre y Colombia volvió a quedar por debajo del promedio de la OCDE en matemáticas, lectura y ciencias. El país obtuvo 381 puntos en matemáticas, 399 en lectura y 414 en ciencias, frente a promedios de la OCDE de 463, 461 y 482, respectivamente.
En matemáticas, apenas el 29 % de los estudiantes alcanzó el nivel 2 o superior; en lectura lo hizo el 46 % y en ciencias el 50 %. La OCDE considera que los cambios frente a 2022 no fueron estadísticamente significativos, aunque matemáticas y lectura sí están significativamente por debajo de 2018.
PISA no es una prueba de salud mental. Mide competencias y recoge información sobre las condiciones, actitudes y experiencias que rodean el aprendizaje. Precisamente por eso sus resultados también nos permiten abrir una conversación sobre bienestar escolar, pertenencia, apoyo familiar, convivencia y condiciones territoriales, sin confundir asociación con causalidad.
Detrás de un resultado también hay una persona
En mis libros sobre salud mental escolar he insistido en que la escuela es un sismógrafo del territorio. Allí entran el hambre, las violencias, las dificultades familiares, la incertidumbre económica, los conflictos del barrio, la soledad, el acoso, las preocupaciones por el futuro y también las expectativas que los adultos depositamos sobre nuestros estudiantes.
Por eso, cuando PISA nos habla de aprendizaje, también deberíamos aprender a escuchar aquello que está detrás del aprendizaje. No para diagnosticar a partir de una prueba internacional, sino para comprender que el bienestar emocional, la sensación de pertenencia, la seguridad, el apoyo familiar y la relación con los docentes forman parte del ecosistema en el que un estudiante aprende.
En 2025, el 87,1 % de los estudiantes colombianos dijo sentirse parte de su escuela, frente al 76,2 % del promedio de la OCDE. El 82,9 % dijo que hace amigos fácilmente y el 85,9 % consideró que sus compañeros lo valoran. Son datos que muestran una fortaleza que no deberíamos perder de vista en medio de las cifras preocupantes de desempeño.
Colombia no puede hablar de aprendizaje sin hablar de desigualdad
En 2025, el 33 % de los estudiantes colombianos evaluados estaba en el cuartil internacional más desfavorecido del índice socioeconómico. La diferencia de desempeño en ciencias entre el 25 % más favorecido y el 25 % más desfavorecido fue de 93 puntos. El nivel socioeconómico explicó el 17 % de la variación del rendimiento en ciencias en Colombia, frente al 12 % en promedio en la OCDE.
Esto debería obligarnos a dejar de hablar de resultados educativos como si todos los estudiantes hubieran llegado a la línea de partida con las mismas condiciones. No las tienen. Hay niños que llegan al aula después de desayunar y otros que llegan pensando en si habrá comida en casa. Hay adolescentes que cuentan con un adulto que puede acompañarlos a estudiar y otros que regresan a una vivienda donde nadie tiene tiempo, recursos o tranquilidad para preguntarles cómo les fue.
La política pública territorial tiene precisamente ese desafío: dejar de mirar únicamente el promedio y empezar a mirar dónde están las brechas, qué las produce y qué capacidad tiene cada territorio para responder.
La familia aparece en PISA y debería aparecer también en nuestra conversación
En Colombia, el 68 % de los estudiantes dijo que sus padres o acudientes les preguntaban al menos una vez por semana qué habían hecho en el colegio. En 2022 eran 79 %. Y solo el 53 % reportó conversar semanalmente con sus padres sobre problemas que pudieran tener en la escuela, frente al 67 % registrado en 2022. No podemos leer esto como una prueba de que las familias se estén desentendiendo de sus hijos; sí como una señal que merece atención.
En salud mental escolar suelo insistir en que la familia no puede llegar al final de la ruta. Debe estar desde el principio. Preguntar cómo fue el día, escuchar un problema, reconocer una emoción y acompañar una dificultad también son acciones de protección.
Y hay otra cifra que no podemos normalizar
El 21 % de los estudiantes colombianos reportó haber sido víctima de al menos una forma de bullying algunas veces al mes o más en 2025. Además, el 4 % señaló que información perjudicial sobre ellos fue publicada en internet sin su consentimiento al menos algunas veces al mes durante el año previo a la prueba; esos estudiantes obtuvieron, en promedio, 39 puntos menos en ciencias que sus pares.
Aquí la salud mental escolar deja de ser una expresión bonita y se convierte en una responsabilidad concreta. Un estudiante que teme ir al colegio, que es humillado, excluido o expuesto digitalmente no está simplemente atravesando un problema de convivencia. Está viviendo una experiencia que puede afectar su seguridad, su bienestar, su relación con la escuela y también sus posibilidades de aprender.
Los docentes también aparecen en los resultados
Hay una noticia que merece ser resaltada. El 86 % de los estudiantes afirmó que, en la mayoría de las clases de ciencias, el docente muestra interés por el aprendizaje de cada estudiante; el 81 % dijo que el profesor continúa enseñando hasta que los estudiantes comprenden y el 86 % señaló que recibe ayuda adicional cuando la necesita. En los tres indicadores, Colombia está por encima de los promedios de la OCDE.
Esto nos recuerda que el maestro sigue siendo una figura protectora. No es psicólogo, no debe convertirse en terapeuta y tampoco puede cargar solo con la salud mental de sus estudiantes. Pero sí puede ser el adulto que observa un cambio, que pregunta, que escucha, que valida y que sabe cuándo debe activar una ruta.
Por eso en mis libros hablo de quitarnos la bata. No para abandonar la rigurosidad de la psicología, sino para llevarla al territorio y traducir el conocimiento especializado en herramientas que puedan utilizarse en el aula, en la familia y en la vida cotidiana.
No podemos convertir PISA en otra fuente de presión
El 57 % de los estudiantes colombianos reporta un enfoque de crecimiento, es decir, la creencia de que la inteligencia puede desarrollarse mediante el trabajo, el esfuerzo y la retroalimentación. Al mismo tiempo, el 82 % manifestó tener curiosidad por muchas cosas y el 76 % dijo que realiza un esfuerzo adicional cuando el trabajo se vuelve difícil. En Colombia, una unidad adicional en el índice de curiosidad se asocia con 17 puntos más en ciencias y una unidad adicional en perseverancia con 14 puntos, después de considerar el perfil socioeconómico. Son asociaciones, no pruebas de causalidad.
Entonces, quizás la pregunta no sea solamente cómo hacemos para que nuestros estudiantes saquen más puntos. También debemos preguntarnos cómo hacemos para que puedan aprender sin sentir que cada error es una derrota personal, que cada examen define su valor y que pedir ayuda es una señal de incapacidad.
Necesitamos una escuela que mida, pero también que escuche
La respuesta no es escoger entre rendimiento académico y salud mental. Esa es una falsa discusión. Necesitamos ambas cosas.
Una escuela que cuida no baja sus expectativas académicas. Las hace posibles. Una escuela que trabaja la salud mental no renuncia a enseñar matemáticas, lectura o ciencias. Ayuda a crear las condiciones para que el estudiante pueda aprenderlas.
Por eso la salud mental escolar debe ser entendida como una pedagogía social y como una responsabilidad institucional. Debe estar en el aula, en la convivencia, en la relación con las familias, en el cuidado de los docentes, en los manuales, en las rutas y en la forma como una institución responde cuando un estudiante deja de estar bien.
El desafío es pasar de acciones aisladas a sistemas de cuidado. Mirar, escuchar, proteger, conectar y seguir. Que una señal no se pierda. Que un caso tenga trazabilidad. Que una familia sepa con quién hablar. Que un docente sepa qué puede hacer y, también, qué no debe hacer.
PISA nos está dejando una pregunta
Colombia no necesita escoger entre mejorar sus resultados educativos y cuidar la salud mental de sus estudiantes. Necesita entender que ambas conversaciones hacen parte del mismo proyecto de país.
Los resultados de PISA 2025 no son una condena. Tampoco son motivo para maquillarlos. Son una fotografía. Y toda fotografía sirve si nos ayuda a mirar aquello que antes no queríamos ver.
Veo en esos 381 puntos de matemáticas, en esos 399 de lectura y en esos 414 de ciencias un llamado urgente a fortalecer aprendizajes. Pero también veo en el 87,1 % que dice sentirse parte de su escuela una posibilidad; en el 86 % que reconoce el interés de sus docentes, otra; y en el 82 % que conserva curiosidad, otra más.
La escuela colombiana no está vacía de fortalezas. Lo que necesita es que esas fortalezas dejen de depender del esfuerzo individual y se conviertan en capacidad institucional y territorial.
Tal vez esa sea la lectura de PISA que más nos hace falta: detrás de cada puntaje hay un estudiante. Y detrás de cada estudiante hay una historia que no cabe en una hoja de respuestas.
Si queremos mejores resultados, tendremos que enseñar mejor. Pero si queremos estudiantes capaces de aprender, persistir, equivocarse, pedir ayuda y volver a intentarlo, también tendremos que cuidar mejor.
Porque la salud mental escolar no es el descanso de la educación. Es una de sus condiciones para poder suceder.
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