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Opinión

“Tradewife” Esposas tradicionales o algoritmo ideológico

“Tradewife” Esposas tradicionales o algoritmo ideológico

Por Lina Monroy

*Comunicadora social y periodista/ Terapeuta Holistica @MUNDOFEMY


Las redes sociales dejaron hace mucho de ser espacios creados únicamente para compartir momentos, hacer amistades o mantener contacto con otras personas. Hoy también funcionan como amplificadores de estilos de vida, narrativas e ideologías que atraviesan dimensiones culturales, sociales, económicas e incluso políticas.

En medio de esa diversidad de discursos, hay uno que ha ganado una enorme visibilidad en los últimos años: el fenómeno “Tradwife”, abreviatura de Traditional Wife o "esposa tradicional".

El término comenzó a popularizarse alrededor de 2013 en comunidades digitales de Estados Unidos. En sus inicios, varias creadoras de contenido compartían una imagen idealizada de la vida doméstica: hogares impecables, desayunos cuidadosamente preparados, vestidos perfectos y una dedicación casi exclusiva al cuidado del hogar y la familia. Con la llegada de plataformas como YouTube, Instagram y, especialmente, TikTok, este tipo de contenido encontró un terreno fértil para crecer gracias a los algoritmos, que favorecen aquello que resulta aspiracional y visualmente atractivo.

Hasta ese punto, el fenómeno podría entenderse simplemente como un estilo de vida. De hecho, para muchas mujeres que permanecen en casa cuidando de sus hijos, este contenido representa compañía, inspiración o incluso nuevas ideas para organizar su rutina. No hay nada cuestionable en decidir dedicar tiempo al hogar si esa decisión nace de la libertad y del deseo personal.

Sin embargo, la realidad cotidiana dista mucho de la estética que muestran las redes sociales. Mantener una casa en funcionamiento cuando hay niños, mascotas, responsabilidades familiares y una carga emocional constante, está lejos de parecerse a una fotografía de Pinterest.

En América Latina, y particularmente en Colombia, miles de mujeres son madres cabeza de hogar, trabajan fuera de casa y, al regresar, continúan asumiendo la mayor parte de las tareas domésticas y del cuidado. Esa doble jornada suele ser física y emocionalmente agotadora, aunque pocas veces aparece representada en los contenidos digitales que consumimos a diario.

El debate comienza cuando el fenómeno deja de ser una elección personal para convertirse en una propuesta ideológica. Ya no se trata únicamente de preparar galletas o mostrar una cocina perfectamente organizada, sino de promover una visión específica sobre cuál debería ser el papel de las mujeres dentro de la familia y de la sociedad.

Esa discusión cobró fuerza recientemente cuando la activista y creadora de contenido Erika Kirk, afirmó que el voto del hombre debería representar a toda la familia, bajo la idea de que él es el jefe del hogar. Más allá de las creencias personales de cada quién, una propuesta de ese tipo cuestiona uno de los principios fundamentales de las democracias modernas: el sufragio universal e igualitario, según el cual cada persona adulta ejerce su derecho al voto de manera individual, sin importar su sexo o condición.

Lo más llamativo no fue únicamente la declaración, sino la cantidad de personas que la respaldaron públicamente en redes sociales. Allí surge una pregunta inevitable: ¿en qué momento un contenido aspiracional deja de mostrar una forma de vivir para comenzar a influir en la manera en que entendemos los derechos, la familia y la participación política?

La historia ha avanzado. Hemos vivido transformaciones tecnológicas, cambios culturales, una pandemia que modificó nuestra manera de relacionarnos y la ampliación de derechos para distintos sectores de la población. En Colombia, además, una gran parte de los hogares está encabezada por mujeres que crían solas a sus hijos y sostienen económicamente a sus familias.

Esa realidad convive con otra: la de quienes pueden elegir dedicarse exclusivamente al hogar porque cuentan con condiciones económicas que lo permiten. Precisamente ahí aparece un elemento del que pocas veces se habla: el privilegio. Ser una esposa tradicional también implica, en muchos casos, tener una estabilidad económica que hace posible esa elección. No todas las mujeres cuentan con esa opción. Para millones de ellas, trabajar no es una decisión ideológica, sino una necesidad para sobrevivir.

 Tampoco puede ignorarse que, detrás de algunas historias aparentemente perfectas, existen realidades mucho más complejas. La dependencia económica puede dificultar que una mujer abandone una relación marcada por el maltrato, el miedo o la violencia. En ocasiones, el peso del "qué dirán", la presión social por mantener una imagen de familia ideal o la creencia de que una separación representa un fracaso, terminan prolongando situaciones profundamente dolorosas.

Por supuesto, esto no significa que toda mujer que decida ser ama de casa viva una relación desigual ni que todas las tradwives compartan discursos políticos conservadores. Generalizar sería tan injusto como afirmar que todas las mujeres deben desarrollar una carrera profesional para sentirse realizadas. El problema aparece cuando un estilo de vida deja de presentarse como una posibilidad y comienza a proponerse como el único camino legítimo para las mujeres.

Quizá el verdadero debate no sea decidir quién tiene la razón, sino preguntarnos qué papel están desempeñando las redes sociales en la construcción de nuestras ideas sobre la familia, el poder y los derechos. Porque los algoritmos no solo recomiendan recetas o consejos de organización; también pueden amplificar discursos que, poco a poco, terminan moldeando la forma en que una sociedad entiende la libertad y la igualdad.

Al final, la pregunta sigue abierta: ¿dónde termina una elección personal y dónde comienza un proyecto ideológico? Tal vez la respuesta no esté en elegir entre ser una mujer tradicional o una mujer profesional, sino en defender que ninguna decisión personal pueda convertirse en un argumento para limitar los derechos y la autonomía de las demás.

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