Opinión
¿Desde qué emoción vives tu país?
Por Lina Monroy
*Comunicadora social y periodista/ Terapeuta Holistica @MUNDOFEMY
Han pasado los años y Colombia, cada cuatro años, va cambiando su historia entre aciertos y desaciertos. Nuestros líderes se muestran como un reflejo de nosotros mismos y de nuestros vacíos emocionales, culturales, económicos y sociales. ¿Por qué es tan difícil llegar a un consenso satisfactorio cuando cada ser humano se encuentra insatisfecho consigo mismo?
Es imposible pensar en esa conciencia colectiva que tanto añoramos sin entender el lugar del planeta desde el que habitamos. No es lo mismo mirar la realidad desde Israel, desde España, vivir como inmigrante en Estados Unidos o vivir en Colombia.
El motivo por el que abrimos los ojos cada mañana solo lo conoce cada persona en su intimidad: la mujer que sale a las cuatro de la mañana a la plaza a vender su mercado; la madre que se levanta temprano para preparar el almuerzo de toda su familia; quienes despiertan sin trabajo buscando una oportunidad; o aquellos que se levantan para asistir al gimnasio y capturar fotografías para sus redes sociales.
¿Desde qué emoción vives tu país? ¿Desde qué vacío intentas llenar tus expectativas, mientras otros sobreviven sin siquiera tener una?
Vivimos en un país que contiene miles de universos y miles de historias que parecen repetirse desde la época de la conquista, cuando llegaron a saquear nuestro territorio y, aún hoy, las grandes potencias continúan buscando diferentes formas de hacerlo. Un país que tiene todo para ser próspero, pero donde para animarnos nos decimos: "pudo haber sido peor" o "pa' mañana es tarde", siempre acompañado de un "si Dios quiere".
Este país del Sagrado Corazón nos acoge entre montañas, mientras los ríos fluyen a diario, las especies se extinguen poco a poco y los guatines se convierten cada vez más en vecinos cercanos a las puertas de nuestras casas.
Todos estos hechos los damos por sentados mientras nos atosigamos de noticias negativas y de discusiones absurdas en redes sociales. Entretanto, la mente continúa luchando con las emociones para comprender que somos suficientes para alcanzar aquello que todo el mundo parece estar buscando, aunque muchos ni siquiera sepan qué es o dónde encontrarlo.
La política lo es todo. Es, incluso, el acto de estar vivos. Su significado nos habla de la capacidad de responder a los conflictos de intereses en búsqueda de un bien común. Y ese aprendizaje comienza en el hogar y en el colegio antes de llegar a la sociedad.
¿Qué tanto sabe un niño de política? ¿Qué nos enseña la iglesia sobre ella? ¿Cómo podemos entenderla sin extremos ideológicos y verla simplemente como un camino hacia el bienestar colectivo?
Pero, más importante aún, ¿pensamos realmente en lo colectivo? ¿O fuimos criados para ser individualistas desde siempre? Para llegar en primer lugar, destacar por encima de los demás y ser reconocidos dentro de nuestro círculo de amigos en la infancia y la adolescencia. Y luego, en la adultez, acumular títulos, bienes y logros que alimentan el ego, pero no necesariamente el espíritu.
Podría escribir mucho más sobre este tema, pero hay algo que resulta fundamental comprender: tanto en la vida como en la política, nadie vendrá a salvarnos. Todos tenemos la responsabilidad de aportar a la sociedad desde nuestro actuar cotidiano. Solo así los verdaderos cambios dejarán de ser una promesa y comenzarán a reflejarse en la realidad que construimos cada día.
Y quizás allí también se encuentra una de las grandes conversaciones pendientes sobre la salud mental. Vivimos agotados emocionalmente, consumiendo noticias que nos llenan de miedo, frustración e incertidumbre, mientras la polarización nos hace creer que debemos elegir entre bandos en lugar de construir puentes. La ansiedad colectiva, el desencanto y la desesperanza también son una forma de vivir la política.
La salud mental de un país no solo se mide por el acceso a la atención psicológica, sino también por la capacidad de sus ciudadanos para sentirse escuchados, seguros y parte de un proyecto común. Cuando una sociedad pierde la esperanza, se fragmenta; cuando deja de dialogar, se enferma.
Tal vez el verdadero cambio político comienza cuando entendemos que cuidar de nosotros mismos, de nuestras emociones y de nuestras relaciones también es un acto profundamente político. Porque una sociedad emocionalmente más consciente, empática y responsable tiene mayores posibilidades de construir un futuro más humano para todos.
Al final, la política no solo se ejerce en las urnas o en los escenarios de poder. También se manifiesta en la manera en que nos relacionamos, escuchamos al otro y construimos comunidad. Quizás sanar como sociedad implique, primero, reconocer nuestras propias heridas y entender que el bienestar colectivo también depende de nuestra salud emocional individual.
(CO) 313 381 6244
(CO) 311 228 8185
(CO) 313 829 8771