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Opinión

PISA 2025: entre brechas educativas persistentes y desafíos de transformación

PISA 2025: entre brechas educativas persistentes y desafíos de transformación

Por: Daniel Lozano Flórez

*Sociólogo y Doctor en Estudios Políticos,

Profesor universitario


El pasado 8 de septiembre la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) publicó los resultados de la prueba PISA 2025 aplicada en 91 países. Esta prueba, realizada cada tres años, evaluó la formación de competencias transversales entre estudiantes cuya edad no supera los quince años. Los campos de conocimiento priorizados tuvieron a las ciencias como dominio principal y, además, hizo evaluaciones en lectura, matemáticas y en el desarrollo de pensamiento computacional. 

La perspectiva de la educación formulada por la OCDE considera que la formación en estos campos es fundamental para la elaboración de las competencias del futuro, debido a que permite la compresión de los textos que se leen, el acceso al conocimiento, la resolución de problemas, el análisis de información y la aplicación del conocimiento aprendido. 

A pesar de que los resultados de la prueba PISA revelan una caída generalizada en los logros obtenidos por los estudiantes a nivel global, estos también evidencian que un buen número de países mantienen niveles de desempeño relativamente altos. 

A pesar de la disminución de los resultados en lectura, matemáticas y ciencias en los 91 países, la situación de América Latina resulta especialmente crítica, porque los países de la región ocupan los últimos lugares de la clasificación, están rezagados, situación que evidencia la existencia de una brecha educativa con respecto a los países que tienen mayores niveles de desarrollo. Esta brecha se concreta en la diferencia de cerca de cien puntos por debajo del promedio de la OCDE y representa, aproximadamente, cinco años de escolaridad. 

En el caso de Colombia, los resultados obtenidos por los estudiantes en PISA 2025 confirman las tendencias globales y las de América Latina. Sin embargo, con respecto a los resultados de 2022 se observa una recuperación leve en ciencias, un bajo descenso en matemáticas y una caída considerable en lectura crítica. 

Además de esto, llama la atención, por un lado, el resultado de más de cien puntos por debajo en el área de matemáticas con respecto al promedio de los países de la OCDE y, por otro, las limitaciones estructurales de nuestros sistemas educativos para construir proyectos educativos y ofertas de formación que generen trayectorias sostenidas de mejoramiento y oportunidades de aprendizaje de calidad, comparables con las de los países con mayor desarrollo. 

Una vez conocido el informe difundido por la OCDE, han sido muchas las voces escuchadas y las notas escritas a propósito de la caída que se observa en los resultados obtenidos por los estudiantes colombianos. Entre las razones y argumentos de los analistas para explicar las cifras del informe encontramos la falta de presupuesto y de recursos en las instituciones educativas, el deterioro de la infraestructura escolar, los problemas de conectividad que hay en el territorio nacional, los diferentes tipos de desigualdad educativa que persisten, la ausencia de políticas educativas que promuevan el cambio educativo. 

La línea de argumentación expuesta por los analistas incluye a quienes de forma mal intencionada o mejor “ingenua” o “ingeniosa” culpan de estos resultados a los docentes y a FECODE, sin tener en cuenta que el bajo rendimiento de los estudiantes en la prueba PISA es un problema global y que el sindicato de maestros sólo opera en Colombia. 

Por otra parte, cabe señalar que algunos expertos en educación y pedagogía, con mayor acierto y sobradas razones, invitan a no circunscribir el análisis sólo a la revisión de las cifras y sitúan, en el centro de la discusión, la necesidad de un cambio educativo estructural que otorgue prioridad a la educación inicial y garantice a niños y niñas el acceso a tres años de preescolar, que haga una gran reforma curricular, con el fin de centrar las acciones formativas en la formación de las denominadas competencias transversales, que son el objeto de la evaluación que hace la prueba PISA. 

Asimismo, sugieren la introducción de cambios sustanciales en los procesos de formación de docentes en los niveles inicial, continuo y avanzado, que hasta ahora siguen alineados con la formación disciplinar y la enseñanza de conocimientos y saberes fragmentados. También proponen la revisión de las concepciones de institución educativa y de función docente, y la adopción y aplicación de los liderazgos pedagógico y educativo en la gestión de las instituciones educativas. 

Indudablemente, la concreción de este cambio educativo requiere de la voluntad e interés político por parte de los gobiernos nacional y territoriales, lo cual exige que los gobernantes reconozcan la importancia de la educación en la transformación de la vida de las personas, la reducción de la pobreza y de las desigualdades sociales, así como en la formación de habilidades socioemocionales y de las competencias para el futuro. 

Esto empieza con los nombramientos como ministro y secretarios de educación de personas con conocimiento y experiencia de trabajo en el sector educativo. Debemos tener en cuenta que la educación de niños y jóvenes es un asunto de expertos y que no cualquier político o recomendado puede desempeñar las funciones asignadas a estos cargos y definir la política educativa nacional y territorial. 

Hasta ahora, esta voluntad e interés no emerge de forma clara: el Ministerio de Educación Nacional tiene como prioridad el desarrollo de una batalla cultural con el fin de que dios entre a las aulas y se erradique la llamada ideología de género. Con estas prioridades para la construcción de política educativa, no tendremos una educación de mejor calidad, las desigualdades e inequidades educativas persistirán y no habrá sostenibilidad progresiva de aprendizajes eficaces. 

Mientras tanto, seguiremos aplazando las transformaciones que requiere la educación colombiana, nuestros estudiantes no desarrollarán pensamiento crítico ni competencias científicas, tampoco fortalecerán las competencias que requieren para enfrentar los desafíos del siglo XXI y tendremos asegurado, nuevamente, unos malos resultados en la prueba PISA que se realizará en el 2029.      

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