Opinión
Plata primero, ambiente después: el error de creer que el Cañón del Combeima aguanta todo
Por Jonathan Ortiz
*Geólogo
Cada vez que aparece una propuesta para ordenar el Cañón del Combeima, la conversación termina en el mismo punto: “van a acabar con la economía”.
Y vale la pena preguntarnos algo: ¿qué economía estamos defendiendo?
¿Una economía que depende de llenar carreteras cada fin de semana, construir donde no se debe, descargar residuos donde no corresponde y esperar que la naturaleza simplemente aguante? ¿O una economía que pueda existir dentro de 10, 20 o 50 años?
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Porque hay una verdad que parece incómoda, pero es imposible ignorar: sin río, sin paisaje y sin seguridad no hay turismo; y sin turismo tampoco hay economía.
El debate sobre un posible pico y placa ambiental en el Cañón del Combeima no debería verse como una guerra entre comerciantes y ambientalistas. Esa es una discusión demasiado pequeña para un problema tan grande.
El verdadero debate es si vamos a seguir reaccionando cuando ocurran las tragedias o si por fin vamos a planificar el territorio. Porque el problema del Cañón no empezó con los carros.
Los vehículos solamente hicieron visible una situación que viene creciendo desde hace años: un territorio con una capacidad limitada, pero donde hemos permitido una ocupación cada vez mayor sin resolver primero las condiciones básicas de sostenibilidad.
Hemos construido más, pero no siempre mejor.
Hemos llevado más visitantes, pero no siempre con la infraestructura necesaria.
Hemos permitido actividades económicas, pero no siempre garantizando que existan sistemas adecuados para manejar aguas residuales, residuos y riesgos naturales.
Y aquí aparece una pregunta incómoda:
¿De qué sirve discutir cuántos carros pueden subir al Cañón si seguimos permitiendo que el territorio se ocupe sin respetar sus límites naturales?
Sería como ponerle una curita a una fractura.
El Cañón del Combeima no es cualquier carretera turística. Es un ecosistema estratégico, una zona con montañas, ríos, pendientes fuertes y una dinámica natural que no podemos desconocer.
La naturaleza no negocia con las malas decisiones.
Una ladera inestable no entiende de restaurantes, negocios o intereses políticos. Un río contaminado no distingue entre quien arroja un residuo por desconocimiento y quien lo hace por irresponsabilidad.
Por eso la discusión debe ser mucho más profunda.
Si realmente queremos proteger el Cañón, no basta con controlar el número de vehículos en los días de mayor congestión. Se necesita una estrategia integral:
Primero, frenar nuevas construcciones en zonas donde exista amenaza o riesgo, revisar qué se está autorizando y hacer cumplir las normas de ordenamiento territorial.
Segundo, resolver definitivamente el problema del saneamiento básico. No podemos vender un destino natural mientras permitimos que el río Combeima reciba cargas contaminantes que deterioran uno de los recursos más importantes de Ibagué.
Un río no puede convertirse en el receptor silencioso de nuestras malas decisiones.
Tercero, debemos cambiar la forma de hacer turismo.
El turismo del futuro no puede ser simplemente “más carros, más mesas, más construcciones y más visitantes”.
Debe ser un turismo organizado, con transporte adecuado, educación ambiental, capacidad de carga definida, manejo de residuos y responsabilidad de empresarios y visitantes.
Porque también debemos decirlo: cuidar el Cañón no significa acabar con quienes viven de él. Al contrario. Los primeros beneficiados de un territorio ordenado serán precisamente los comerciantes, campesinos, restaurantes y familias que dependen de su belleza natural.
Pero necesitamos entender algo: el desarrollo sin planificación termina siendo una amenaza para el mismo desarrollo.
Hoy algunos dicen: “primero la economía, después el ambiente”.
Pero esa frase parte de un error. En el Cañón del Combeima la economía no está separada del ambiente. La economía está montada sobre el ambiente.
El paisaje vende.
El río atrae.
La montaña recibe visitantes.
La naturaleza sostiene el negocio.
Entonces, destruir la naturaleza para proteger la economía es como destruir una empresa para salvarla. No necesitamos escoger entre ambiente y empleo.
Necesitamos hacer lo que durante años no hicimos: ordenar, educar, controlar y planificar. Porque la verdadera riqueza del Cañón no está en cuánto podemos sacar de él hoy, sino en cuánto podemos conservar para las generaciones que vienen.
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