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Opinión

La política pasa, la amistad debería quedarse

La política pasa, la amistad debería quedarse

Hay momentos en la política que obligan a detenerse y mirar más allá de la coyuntura. Lo ocurrido con la alianza temporal entre el Pacto Histórico y el Centro Democrático para una decisión legislativa demuestra que, incluso entre quienes representan proyectos de país aparentemente irreconciliables, siempre existen puntos de encuentro cuando las circunstancias así lo exigen.

La escena resulta reveladora, no tanto por sus implicaciones políticas, sino por el espejo que le pone a la sociedad colombiana. Durante años hemos visto familias divididas, amistades rotas y relaciones laborales deterioradas porque unos defienden con fervor a Álvaro Uribe y otros hacen lo propio con Gustavo Petro. Se dejaron de hablar hermanos, amigos y vecinos, convencidos de que el adversario político era también un enemigo personal.

Sin embargo, la realidad vuelve a recordarnos que la política es, por naturaleza, el arte de negociar. Quienes desde las tribunas parecen irreconciliables terminan sentándose en la misma mesa cuando los intereses estratégicos así lo demandan.  No significa que hayan renunciado a sus principios, sino que entienden que gobernar y hacer oposición también implica construir acuerdos.

El propio Pacto Histórico dejó claro que su respaldo fue una decisión táctica y no un cambio de identidad política. En su comunicado reiteró que continúa en "las antípodas" del pensamiento del expresidente Álvaro Uribe y del Centro Democrático, al tiempo que justificó su voto como una manera de enfrentar lo que considera un riesgo para la democracia representado por Abelardo de la Espriella.

Desde la otra orilla, el Centro Democrático también ha insistido en que hará parte de la coalición de gobierno y respaldará aquellas iniciativas que considere convenientes para el país, especialmente durante el primer año de mandato, cuando suele definirse buena parte de la agenda legislativa. La política, al fin y al cabo, también es una permanente construcción de mayorías.

Los analistas coinciden en esa lectura. Yann Basset, profesor de Ciencia Política de la Universidad del Rosario, considera que el interés del Pacto Histórico era comenzar a marcar derrotas tempranas al nuevo gobierno. Juan Pablo Milanese, investigador de la Universidad Icesi, interpreta la decisión como una consecuencia natural de la distribución del poder dentro del Congreso y de la necesidad de construir coaliciones para garantizar gobernabilidad.

Pero quizá la lección más importante no esté en los cálculos parlamentarios sino en el comportamiento de los ciudadanos. Si quienes lideran las principales fuerzas políticas del país son capaces de encontrar coincidencias cuando las circunstancias lo exigen, ¿por qué tantos colombianos convierten la diferencia ideológica en motivo suficiente para romper relaciones personales?

Admirar a un líder político es legítimo. Defender unas ideas también lo es. Lo que resulta preocupante es elevar a cualquier dirigente a la categoría de mesías, hasta el punto de sacrificar la amistad, la familia o el respeto por quien piensa distinto.  Ningún proyecto político vale más que los afectos construidos durante años.

Uribe y Petro han demostrado ser dos de los estrategas políticos más influyentes de la historia reciente de Colombia. Cada uno desde su orilla entiende el poder, las alianzas y los tiempos de la política. Sus seguidores, en cambio, muchas veces terminan librando batallas personales que ni siquiera sus propios líderes están dispuestos a sostener cuando el escenario exige pragmatismo.

Quizá esa sea la mayor enseñanza de este episodio: las diferencias son inevitables, pero la convivencia es una elección. La democracia necesita debate, contradicción y oposición, pero también requiere ciudadanos capaces de comprender que pensar diferente no convierte al otro en un enemigo. Porque cuando pase esta coyuntura, como tantas otras, la política seguirá su curso. La verdadera pregunta es si nosotros habremos aprendido a cuidar los vínculos que realmente importan o si volveremos, una vez más, a alimentar los buitres de la polarización.

 

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