Periodismo de análisis y opinión de Ibagué y el Tolima

Destacadas

El poder del verbo

El poder del verbo

Por Oscar Viña Pardo 


Antes del partido de la Selección Colombia frente a Suiza, escuché una frase que seguramente muchos también oyeron: "Si ganamos, nos toca contra Argentina". Parecía un comentario inofensivo, una forma de anticipar el siguiente rival. Sin embargo, detrás de esas pocas palabras se escondía algo más profundo: una manera de entender quiénes somos y hasta dónde creemos que podemos llegar.

Hace tres meses, el esposo de una prima mía que es argentino me dijo una frase caló en mí. Mientras hablábamos del Mundial, comentó con absoluta naturalidad: "Ahora falta saber contra quién jugaremos la final". No lo dijo desde la arrogancia ni desde el desprecio hacia los demás equipos. Lo dijo porque, para ellos, pensar en la final hace parte de su manera de habitar el fútbol. Es una convicción que se transmite de generación en generación, que alimenta conversaciones familiares, programas deportivos, escuelas de fútbol y hasta los recreos de los colegios. Es cultura.

Y allí aparece una diferencia que pocas veces analizamos. En Colombia solemos admirar el talento de nuestros deportistas, pero con frecuencia desconfiamos de nuestras posibilidades. Nos cuesta imaginarnos campeones antes de competir. Preferimos hablar de "hacer un buen papel", de "pasar dignamente" o de "que no nos goleen". Como si el fracaso fuera más aceptable que la ilusión. El verbo con el que hablamos termina revelando el país que llevamos por dentro.

No se trata de caer en el triunfalismo ni de desconocer las diferencias deportivas que existen entre unas selecciones y otras. Argentina, Brasil o Alemania no construyeron su tradición únicamente ganando campeonatos. Antes de levantar copas construyeron una cultura. Una forma de pensar, de narrarse y de creer en sí mismos. Los títulos fueron la consecuencia de décadas de identidad compartida.

El sociólogo Pierre Bourdieu sostenía que las prácticas deportivas son expresiones culturales capaces de moldear hábitos, identidades y formas de participación social. El deporte, decía, nunca ocurre aislado del contexto que lo rodea. Años después, Norbert Elías y Eric Dunning explicarían que el deporte moderno constituye uno de los escenarios más importantes para aprender autocontrol, cooperación y convivencia. En otras palabras, cuando una sociedad juega, también se está educando a sí misma.

Radamel Falcao cuando Colombia fue eliminada, en el programa deportivo donde participa expresó ese sinsabor y lo que nos falta para llegar mucho más lejos, y enfatizó en temas como el autocontrol, ese que aún nos duele tener, en especial en instancias finales. 

Por eso la cultura deportiva trasciende los noventa minutos de un partido. Es un lenguaje compartido que enseña disciplina, respeto, solidaridad y sentido de pertenencia. La UNESCO, en su Carta Internacional de la Educación Física, la Actividad Física y el Deporte publicada en el 2015, reconoce al deporte como una herramienta para fortalecer la paz, la inclusión y el desarrollo humano. Y Robert Putnam agrega que estas prácticas fortalecen el capital social porque generan confianza y construyen comunidad.

Quizá por eso Lionel Messi representa mucho más que un extraordinario futbolista para los argentinos. Es el símbolo de una historia colectiva. Lo mismo ocurrió con Diego Maradona en su tiempo. Y, guardando las proporciones, Colombia también lo vivió con James Rodríguez durante Brasil 2014. La diferencia es que nosotros solemos pasar con demasiada facilidad de la idolatría a la descalificación. Un mal partido parece borrar años de esfuerzo. Nos cuesta comprender que los grandes referentes no solo representan resultados; representan procesos, identidad y memoria.

Con este mundial en donde los nuestros terminaron entre otras reventados por tantas millas que tuvieron que recorrer entre un estadio y otro,  el país empezó a creer, muy a pesar de la manipulación existente entre los que hacen política que quisieron instrumentalizar a toda costa a los jugadores, olvidando que la selección es lo que nos une. 

Los estadios se llenaron de amarillo, azul y rojo. El mundo habló de la alegría de nuestra gente, de nuestros cantos, de nuestra manera de vivir el fútbol y de la fuerza de una afición que convirtió cada partido en una celebración cultural. Colombia volvió a demostrar que posee una enorme riqueza simbólica: somos musicales, diversos, resilientes y profundamente apasionados.

Entonces la pregunta deja de ser futbolística para convertirse en una reflexión sobre el país. ¿Por qué todavía nos cuesta creer en nosotros mismos? ¿Por qué seguimos pronunciando primero el miedo antes que la posibilidad? Tal vez porque aún no terminamos de comprender que las palabras también educan. Cada vez que repetimos que "seguramente perderemos", que "nos falta para competir" o que "esto no es para nosotros", reforzamos un imaginario que limita nuestras propias capacidades.

La cultura no cambia únicamente con políticas públicas, infraestructura o inversión, aunque todas sean necesarias. También cambia con los relatos que repetimos cada día. Cambia cuando una familia deja de enseñarle a un niño que lo importante es no equivocarse y comienza a enseñarle que puede aspirar a ser el mejor. Cambia cuando los medios narran el deporte como una escuela de ciudadanía y no solamente como una sucesión de victorias y derrotas. Cambia cuando dejamos de medir el éxito únicamente por el resultado y empezamos a valorar los procesos que hacen posible llegar hasta allí. Es curioso, pero del Deportes Tolima, por ejemplo, es referente de procesos en el país, aunque nos falte llegar a las estrellas, que deben llegar en un mediano plazo.

Quizá el mayor reto de Colombia no sea aprender a jugar mejor al fútbol. Tal vez el desafío sea aprender a creer más en lo que somos. Porque las sociedades también se construyen desde el lenguaje. Primero aparece la palabra, luego la convicción y finalmente la acción.

Es hora de transformar el verbo con el que hablamos de nosotros mismos. No porque eso garantice un campeonato, sino porque las culturas que aprenden a confiar en su talento terminan encontrando caminos que antes parecían imposibles. 

Y reitero, los resultados pueden tardar, las derrotas seguirán existiendo y la frustración continuará siendo parte del deporte. Pero una nación que cambia la forma de narrarse empieza, lentamente, a cambiar también la forma de competir.

Quizá ese sea el verdadero poder del verbo: no predecir el futuro, sino ayudar a construirlo. Por eso vale la pena preguntarnos qué palabras pronunciamos cada mañana cuando comienza el día. ¿Nos levantamos convencidos de que somos capaces o seguimos alimentando el miedo al fracaso? ¿Qué narrativa construimos con nuestros hijos, con nuestros compañeros de trabajo, con quienes nos rodean? Ser campeón no empieza cuando se levanta un trofeo; empieza cuando decidimos creer en nuestras posibilidades incluso antes de competir. La noche siempre parece larga, pero ninguna ha logrado impedir la llegada del alba. Si queremos transformar nuestra cultura, el primer escenario no es un estadio ni una cancha: es el ser humano. El mayor templo donde nace toda transformación es uno mismo. Allí comienza el verdadero partido que estamos llamados a ganar.

Siguenos en WhatsApp

Artículos Relacionados