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Opinión

“Emperdedor”, una característica de los emprendedores

“Emperdedor”, una característica de los emprendedores

Por Oscar Viña Pardo


Al final de cuentas un emprendedor siempre tiene algo que perder. Pierde dinero, tiempo, estabilidad, tranquilidad, fines de semana, horas de sueño e, incluso, la comprensión de quienes lo rodean. Muchas veces sacrifica un salario fijo por una idea que únicamente él alcanza a visualizar. Mientras los demás observan incertidumbre, él ve posibilidades.

Quizá por eso considero que el verdadero emprendedor es, antes que cualquier otra cosa, un "emperdedor": alguien que acepta la posibilidad de perder para intentar construir algo que todavía no existe y si existe, algo que puede mejorar.

Durante los últimos veinte años la palabra emprendedor ha adquirido un enorme protagonismo. El auge de las empresas tecnológicas, las historias de Silicon Valley y, más recientemente, la pandemia, hicieron que miles de personas replantearan sus proyectos de vida. Muchos descubrieron que podían crear una empresa; otros entendieron que debían hacerlo por necesidad. En ambos casos apareció un ingrediente común: asumir riesgos.

Y ahí comienza la diferencia con el empresario. Aunque en muchas ocasiones una misma persona puede desempeñar ambos roles, sus motivaciones suelen ser distintas. El emprendedor nace de una idea. El empresario hace crecer una realidad.

El emprendedor comienza con una hoja en blanco. Construye desde un sueño, una necesidad o una pasión. No siempre dispone de estudios de mercado, grandes inversiones o proyecciones financieras. En muchas ocasiones avanza guiado por la intuición, la observación y la convicción de que su proyecto puede aportar valor.

El empresario, por el contrario, toma decisiones sustentadas en información. Analiza indicadores, controla riesgos, proyecta flujos de caja y busca que la organización sea rentable y sostenible. Su propósito no consiste únicamente en crear, sino en consolidar, escalar y hacer crecer aquello que ya ha demostrado funcionar.

Ninguno es más importante que el otro.

Por el contrario, ambos cumplen funciones diferentes dentro del desarrollo económico. Sin emprendedores no existirían nuevas ideas; sin empresarios muchas de esas ideas jamás lograrían convertirse en organizaciones capaces de generar empleo y riqueza.

Sin embargo, hay algo que distingue al emprendedor y que pocas veces se reconoce: su relación con el fracaso.

Vivimos en una sociedad que celebra los casos de éxito, pero pocas veces escucha las historias de quienes cerraron un negocio, perdieron sus ahorros o tuvieron que empezar nuevamente desde cero. Pareciera que fracasar fuera una vergüenza, cuando en realidad constituye una de las experiencias más valiosas del proceso de emprender.

En Colombia, una parte importante de los nuevos negocios desaparece antes de cumplir cinco años. Detrás de esas cifras existen personas que aprendieron sobre flujo de caja, clientes, proveedores, liderazgo y toma de decisiones de la manera más difícil: equivocándose.

Pero también aprendieron algo más importante. Descubrieron que una mala decisión no define una vida entera. El fracaso deja de ser un punto final cuando se convierte en aprendizaje. Cada error obliga a revisar el modelo de negocio, a escuchar mejor al mercado y, sobre todo, a conocerse a sí mismo. Esa capacidad de levantarse después de perder es la verdadera materia prima del emprendimiento.

Tal vez por eso la resiliencia dejó de ser una palabra de moda para convertirse en una necesidad. No porque el emprendedor disfrute perder, sino porque entiende que cada caída le proporciona información que difícilmente habría obtenido desde la comodidad.

Por eso vuelvo a esa palabra que escuché casi por casualidad: emperdedor. No como un calificativo negativo, sino como un reconocimiento hacia quienes se atreven a abandonar la seguridad para perseguir una idea que aún no tiene garantías de éxito.

Porque el emprendedor no se define por las veces que gana, sino por las ocasiones en que decide volver a empezar. Y quizás esa sea la diferencia más profunda entre quien administra una empresa y quien un día decidió crearla desde la nada.

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