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Opinión

La educación no debe contener dogmas

La educación no debe contener dogmas

Por: Humberto Leyton


La historia demuestra que las grandes conquistas de la libertad no se alcanzaron únicamente en los campos de batalla ni en los parlamentos. También se conquistaron en las aulas, donde el conocimiento dejó de ser un instrumento de obediencia para convertirse en el camino hacia la autonomía del pensamiento.

No es casual que, cada vez que surgen proyectos políticos de vocación hegemónica, la escuela aparezca como uno de sus principales objetivos. Quien influye sobre la formación de las nuevas generaciones termina influyendo sobre el futuro de una nación. La verdadera batalla por la libertad no comienza en las plazas públicas, sino en el salón de clases.

Por ello merece una reflexión serena el debate suscitado por las recientes declaraciones del presidente electo, quien afirmó: “Vamos a sacar a Fecode y a Marx de las aulas y llevar a Dios a ellas”, así como por las palabras del designado viceministro de Educación Superior, Camilo Noguera Pardo, al sostener: “Una segunda idea, más sensible pero fundamental, es que la dimensión espiritual, religiosa y de trascendencia no debe quedar excluida de la formación integral”.

El asunto no consiste en discutir la importancia de la religión. Las grandes tradiciones religiosas han contribuido de manera decisiva a la formación ética, espiritual y cultural de la humanidad. El verdadero debate es otro: si corresponde al Estado incorporar una determinada concepción religiosa a la educación pública de un Estado Social de Derecho fundado en la libertad de conciencia, el pluralismo y la igualdad de todos los ciudadanos ante la ley.

Precisamente por ello, equiparar el marxismo con una religión constituye un error conceptual. Se trata de categorías esencialmente distintas. El marxismo es una teoría filosófica, política y económica que, como el liberalismo, el conservadurismo, el socialismo o cualquier otra corriente del pensamiento, puede y debe ser objeto de estudio, análisis y crítica en las aulas.

La religión, en cambio, pertenece al ámbito de la fe, de las convicciones espirituales y de la libertad de conciencia. Confundir una teoría de interpretación de la sociedad con una creencia religiosa desdibuja la naturaleza de ambas y empobrece el debate educativo. La escuela no debe proscribir ninguna corriente del pensamiento ni convertir ninguna creencia religiosa en doctrina oficial. Su misión consiste en estudiar las ideas, las religiones, las filosofías y las teorías políticas con rigor académico, espíritu crítico y absoluto respeto por la libertad de conciencia.

La oportunidad política de abrir este debate resulta, además, profundamente inconveniente. Colombia enfrenta desafíos educativos mucho más urgentes: mejorar la calidad de la enseñanza, fortalecer la comprensión lectora, reducir la deserción escolar, cerrar las brechas entre el campo y la ciudad y preparar a las nuevas generaciones para una sociedad impulsada por el conocimiento, la ciencia y la innovación. Convertir la escuela en el primer escenario de una confrontación cultural no contribuirá a resolver esos problemas; por el contrario, corre el riesgo de desplazar la atención de las verdaderas prioridades nacionales.

La escuela pertenece a toda la sociedad, no al gobierno de turno. No puede convertirse en un escenario para imponer convicciones religiosas, filosóficas o políticas. Su compromiso consiste en formar ciudadanos libres, capaces de construir sus propias convicciones mediante el estudio, la razón y el diálogo.

Educar no consiste en decirle al estudiante qué debe pensar, sino en enseñarle a pensar. Las aulas deben ser espacios donde puedan conocerse críticamente las grandes religiones, las diversas corrientes filosóficas y las distintas teorías políticas, nunca lugares destinados al adoctrinamiento.

La democracia no necesita ciudadanos educados para repetir una verdad oficial. Necesita hombres y mujeres capaces de pensar con independencia, deliberar con respeto y convivir con quienes sostienen convicciones diferentes. Esa es la esencia de la libertad de conciencia y uno de los mayores legados de la civilización moderna.

Porque la escuela no existe para fabricar creyentes de una doctrina, sino ciudadanos libres. No nació para imponer certezas inmutables, sino para despertar la inteligencia, cultivar la duda y formar el juicio crítico. Allí donde el dogma reemplaza a la razón, la educación deja de ser un acto de libertad para convertirse en un instrumento de sometimiento. Y ninguna democracia puede sobrevivir cuando las aulas dejan de enseñar a pensar y tener sentido crítico o/y reflexivo para empezar únicamente a enseñar en qué creer.

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