Opinión
Matiz-Barreto: un espejo político inalterable en el Tolima
Por: Humberto Leyton
La gobernadora del Tolima, Adriana Magali Matiz y el exsenador Óscar Barreto, son como los rieles de la carrilera del tren: van paralelos pero se necesitan indisolublemente para llevar la locomotora a la estación final.
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Por eso, las reiteradas versiones que a diario surgen en diferentes medios sobre presuntos encarnizados enfrentamientos entre la mandataria seccional y su jefe político, no pasan más allá de rumores de turno sin fundamento o deseos calculados de personajes o grupos interesados en armar divisiones y peleas con fines de ganancias políticas.
Aquí se incluyen todas las tendencias de derecha, centro e izquierda, todos los interesados en un objeto común: ‘acabar’ con la llamada hegemonía barretista.
No obstante ello, la realidad es otra. Este enfrentamiento creado de dos almas gemelas no obedece a temas ideológicos ni por visiones encontradas de desarrollo del departamento, la región o la nación. Ni siquiera por falta de afecto.
Ambos, al menos en público, se profesan mutuo respeto, admiración y exaltan la labor que cada uno cumple en su rol, ella en la parte administrativa y técnica y él en la jefatura política del partido conservador, mayoritario en su representación tanto el Congreso como en la Asamblea del Tolima y los concejos municipales. Ni a la gobernadora Matiz ni al exsenador Barreto, se les han escuchado manifestaciones agresivas, opresivas ni groseras de uno contra otro, todo lo contario, son afectivas, de reconocimiento y de mucho cariño.
De tal suerte que no existe prueba ni motivo alguno para creer que la Gobernadora vaya a pasar a hacer parte del partido Defensores de la Patria que piensa fundar el presidente De la Espriella, ni a deslindarse de la corriente barretista que ha sido su soporte político en los cargos de representación popular que ha ocupado. Ella, por el momento, no cuenta con la fuerza ni la estructura política para emprender esa tarea, porque los hilos verdaderos del andamiaje administrativo y político los maneja el exsenador Barreto pese a que la gobernadora Matiz tiene una buena parte del carretel.
Nuestros dos protagonistas son, a simple vista, la misma persona multiplicada por dos. Piensan exactamente lo mismo, actúan casi de la misma manera y reaccionan con la misma vehemencia ante los desafíos y marañas del poder. Tienen reflejos idénticos y coinciden en el cien por ciento de sus causas. Son dos personas distintas que paradas frente a un espejo son iguales la una a la otra compartiendo la misma trinchera.
Sin embargo, sería absurdo pensar que dividen aspiraciones y que cada uno tiene su método para alcanzarlas cuando la ambición de figurar los arrastra al mismo escenario. Como piensan igual y actúan igual, la única forma de diferenciarse es cuando les inventan un pleito.
Entran entonces en la dinámica del espejo roto: se aprecian en el fondo, pero prefieren la pirotecnia de la rivalidad a ver cuál de los dos sale victorioso en un combate artificial. No hay causa de fondo ni debate de ideas; hay un pulso pactado por el puro deleite de medirse el aceite.
Lo cómico del teatro es que la pelea requiere una gimnasia mental agotadora. Como no hay diferencias reales que explotar, los medios y analistas de café, tienen que impostar el distanciamiento, lanzarse pullas de pasillo e inventando hechos y escenificando obras de un desacuerdo que ni ellos mismos se creen.
Mientras tanto, el bando contrario celebra el espectáculo y la ciudadanía contempla atónita a dos amigos entrañables desgastándose en una contienda cuyo único premio es el aplauso del público.
Y pensar que mientras más estén cerca las elecciones regionales de 2027, los escribanos de pacotilla y los micrófonos del show político local y regional, incrementarán sus inventos y sus historias fantasiosas escritas con un facilismo vulgar y ramplón que buscan ganar adeptos y seguidores en una audiencia que poco lee ni mucho menos analiza los sucesos reales del acontecer político.
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Al final, cuando el polvo de la batalla se asiente, quedará claro el nivel del disparate, los dos protagonistas de este affaire quedarán como han estado siempre: unidos y luchando por la misma causa, el poder, sin diferencias antagónicas, mientras los badulaques que se han comido el cuento de la división, quedarán esperando que la gobernadora o el exsenador levanten la mano de la victoria. La levantarán los dos, porque el uno está hecho para el otro y se necesitan.
Ninguno recogerá las ruinas de su propio acuerdo.
Los únicos afectados serán los idiotas, y de esos hay muchos en política.
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