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Opinión

Me la juego por la vida

Me la juego por la vida

Por: Humberto Leyton


A pocas horas de las elecciones que definirán la ruta que deberá tomar el país en los próximos cuatro años, se mezclan pensamientos de incertidumbre y de esperanza.

Por un lado, confieso que tengo miedo por lo que pueda pasar en el caso de un hipotético triunfo del oscuro candidato Abelardo De La Espriella, pero también llegan emociones por una eventual, y casi segura, victoria de Iván Cepeda, el candidato de la continuación del cambio, de la vida y la paz.

Ante esta disyuntiva, no se deben guardar supuestos neutralismos o indiferencias frente al dilema de la vida o la muerte. Cepeda representa la pulcritud, la decencia y la ética en la política; además de tener el programa de gobierno más robusto que ofrece continuar los necesarios cambios sociales que requiere el país, como la lucha estructural contra la corrupción, la defensa de la soberanía nacional, políticas claras de respeto a los derechos humanos, la protección de los recursos naturales, los caminos para transitar una nación en paz ofreciendo garantías para todos los partidos y movimientos políticos.

No ofrece la construcción de megacárceles para llevar a quienes piensen distinto de su gobierno, tampoco destripar a la ultraderecha ni mucho menos aniquilar ideologías diferentes a la corriente neofascista que encarna el candidato Abelardo De La Espriella.

Cepeda ofrece y representa todo un legado histórico de luchas a favor de las víctimas del prologado conflicto armado que hemos vivido. Como congresista ha abrazado las causas justas que benefician a las inmensas capas sociales y sectores vulnerables de nuestro país en temas de salud, educación, reforma agraria integral, derechos humanos, y fortalecimiento de estructuras de organizaciones sociales y políticas que trabajan por la ampliación y fortalecimiento del sistema democrático de nuestro país.

Cepeda es una persona ecuánime, conciliadora, que busca consensos antes que enfrentamientos, que pese a ser víctima de la violencia con el asesinato de su padre Manuel Cepeda a manos de agentes del Estado y de grupos paramilitares, en lugar de buscar venganzas o retaliaciones ha propendido por soluciones políticas ajustadas a la institucionalidad.

De Cepeda podemos esperar la continuación tranquila de los cambios y reformas sociales de la actual administración con el acato y ceñimiento a las normas constitucionales vigentes. Es una prenda de garantía del desarrollo social, político, cultural y estructural del país sin mayores contratiempos.

No obste de ser una víctima permanente de la desinformación, la manipulación y los bulos mediáticos, Cepeda se ha mantenido en la verdad como arma certera en defensa de los principios que siempre ha defendido. La verdad ha sido el instrumento que le ha permitido salir airoso de tanta infamia y calumnia que se ha tejido sobre su vida y procederes.

Mientras el otro candidato, que se presenta como el salvador y el hacedor de la ‘patria milagro’, que utiliza los símbolos patrios en forma oportunista, nos recuerda tiempos tenebrosos que vivió el país en la presidencia de Laureano Gómez, como bien lo relata Guillermo Pérez, en su columna: “Abelardo, la resurrección de Laureano Gómez”.

De la Espriella, además de representar esa terrible etapa que vivimos en la violencia Liberal-Conservadora, también nos promete otro ingrediente más perverso: ser el Prefecto pretoriano del imperio del norte. Será el guardián de la colonia colombiana, en el caso de una inesperada victoria suya en la justa electoral de este domingo.

Sin ser elegido ya ha comenzado a demostrarlo: el encarcelamiento del activista político Beto Coral en los Estado Unidos, el perfilamiento del periodista Daniel Coronell y la lista de congresista y ciudadanos opositores a su candidatura que envió a las autoridades norteamericanas para que fueran investigados, como si en Colombia no existiera la Fiscalía.

Esta la actitud no solo de un fascista, sino de un apátrida y de un vende patria.

Abelardo De la Espriella, solo persigue la presidencia de Colombia como un negocio más, para mitigar su codicia no para hacer una patria más grande y prospera.

Por tanto, no queda otra alternativa que votar por Iván Cepeda. En las actuales circunstancias ser neutro es ser cómplice, no tomar partido es servir de idiota útil para regresar la historia colombiana a más de 60 años atrás.

Votaré por la vida, votaré por el futuro, votaré por Cepeda Presidente.

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