Opinión
Freno de mano
Por Ricardo Oviedo Arévalo
*Sociólogo, docente, investigador
La democracia es un ejercicio político relativamente nuevo. Surge de los cambios generados por procesos sociales como las revoluciones francesa e industrial del siglo XIX. Desde sus inicios, se vio en la necesidad de crear símbolos que generaran una sinergia de identidad, pertenencia y legitimidad frente a la sociedad, la cual se veía representada por los partidos políticos —verdaderas correas de comunicación y participación entre los electores y la máquina del Estado—, dirigidos por todo tipo de demagogos que encarnaban sus programas de gobierno, tal como nos explica el abate Sieyès en su texto ¿Qué es el Tercer Estado?
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Una de las funciones —paradójicas y contradictorias— de estos partidos es unir y dividir a los electores a partir de la libre exposición de sus ideales. Sin embargo, desde muy temprano se vio la necesidad de crear un lenguaje simbólico que construyera una comunicación más directa y menos tortuosa que los argumentos partidistas. Surge así la necesidad de elaborar un lenguaje semiótico que trascendiera en el tiempo y en la memoria de la sociedad. De esta manera nacen una serie de símbolos que identifican no solo al partido, sino a toda la nación: el escudo, la bandera, el himno y un relato fundacional (como el florero de Llorente). Todos ellos forman parte de este imaginario que sirve como herramienta pedagógica para construir, permanentemente, el concepto de nación por encima, casi siempre, de las desavenencias de sus dirigentes. Se convierten, por lo tanto, en parte de la liturgia del ejercicio del poder; su importancia es tal que hoy en día éstos constituyen normas constitucionales y, por ende, de obligatorio cumplimiento.
Es común que cada presidente entrante trate de implementar nuevos símbolos que resuman su cuatrienio: López Michelsen era «el Pollo»; Belisario, la paz; Uribe, el «corazón grande»; Santos, la paloma; Petro, el jaguar, y Abelardo, el tigre. Cada uno de estos resumía, en últimas, su programa de gobierno y también su personalidad. Sin embargo, a excepción del actual presidente electo, todos habían respetado el rito de posesión del mandato constitucional, en el cual el Congreso —representante de todo el pueblo—, en manos del presidente del Senado, hace entrega de la banda presidencial y reconoce el poder civil sobre las instituciones militares.
Por eso su sede son los salones del Congreso, ágora de los partidos y sus dirigentes. No es casualidad, por lo tanto, que sea un siete de agosto el inicio de su periodo, simbolizando el tránsito de las armas a la República y el apego a su Constitución, reafirmando de esta manera el carácter civilista y normativo de nuestra democracia, que resumen bien las palabras del general Santander: «Las armas os dieron la independencia, las leyes os darán la libertad».
Resulta aún más extraño que un presidente proveniente del mundo de la industria del lujo intente enviar un mensaje, a todas luces equivocado, al realizar su acto de posesión en medio de los cantones militares, en un departamento que mayoritariamente votó en su contra y ante unas fuerzas armadas civilistas que, por ahora, no están interesadas en reemplazar el Congreso por los cuarteles.
No es casual que muchos analistas políticos consideren que este gesto, además de costoso, es rimbombante, inconstitucional e innecesario. Cambiar la liturgia del poder generando confusión en la separación de poderes equivale a poner a su antiguo cliente, el pastor Gámez, a cuidar un internado de señoritas.
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Además de ser una iniciativa inconstitucional, es derrochadora y antidemocrática; pero también advierte cómo será la relación con el poder legislativo, que ya le puso freno de mano en la elección del presidente del Senado y que podría repetirle la dosis en su deseo de posar con el generalato en la ciudad de Popayán.
ZONA DE DISTENSIÓN
Cuentan las leyendas del mundo andino que cuando un volcán entra en erupción es un presagio de convulsiones sociales y de malos augurios. Ojalá el volcán Puracé no corrobore estos relatos.
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