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Opinión

La fútbol-terapia

La fútbol-terapia

Por Ricardo Oviedo Arévalo
*Sociólogo, investigador, docente


Para el conocido escritor uruguayo Eduardo Galeano, el fútbol es la “única religión que no tiene ateos” y Maradona es el más “humano de los dioses”. Este deporte tiene sus orígenes en grandes civilizaciones orientales como el Cuju en China.

También cuenta con antecedentes en el juego de pelota realizado por los mayas en Mesoamérica hace cerca de dos mil quinientos años; allí, el equipo perdedor era decapitado por las autoridades al ser considerado un deporte de los dioses, pues los derrotados eran abandonados por estos, lo que sellaba su fatídica suerte.

Pero donde realmente surgió el fútbol moderno fue en las prestigiosas universidades inglesas a comienzos del siglo XIX, en pleno auge del colonialismo. Precisamente en la Universidad de Cambridge fue donde se redactaron las primeras normas que unificaron el juego y permitieron crear la primera asociación de clubes en Inglaterra.

Los estudiantes generaron un reglamento de juego simple en el que se destacaba más la habilidad que el juego fuerte. Además, establecieron que era un deporte donde solo se podía jugar con los pies y —al contrario del mundo político— sin utilizar las zancadillas. Lo demás es historia: por las vías del Imperio británico se extendió en Europa y luego en el resto del mundo.

A América arribó de la mano de los empobrecidos inmigrantes que llegaban a los puertos de Sudamérica con las maletas vacías, pero con piernas fuertes. Por lo tanto, el fútbol fue ante todo el deporte de los pobres, del potrero y de las barriadas. Su infraestructura es mínima y sus reglas sencillas permiten la participación masiva de los pobladores, quienes vieron en este deporte una forma de disipar sus penurias, pero también de lograr un ascenso y reconocimiento social. En julio de 1930 se inauguró el primer Campeonato Mundial de Fútbol en la austral Uruguay y, para sorpresa de todos, su primer campeón fue el país anfitrión y el subcampeón, Argentina.

A Colombia aterrizó a finales del siglo XIX de la mano de marineros e ingenieros británicos y norteamericanos que estaban instalando el tren. El juego descendió aguas abajo del río Magdalena y llegó a Ibagué en los primeros años del siglo XX. El 18 de diciembre de 1954 se fundó el Deportes Tolima y un año después el presidente Gustavo Rojas Pinilla inauguró el estadio que tomó su nombre. Después, al caer la dictadura militar, cambió su denominación por el patrono de la ciudad, San Bonifacio, el mismo nombre de su cementerio; esto hizo que se cambiara posteriormente por Manuel Murillo Toro, expresidente liberal y uno de los fundadores del departamento del Tolima.

Por lo tanto, como dato curioso, el fútbol llegó antes que el folclor (1959), pero tuvo los mismos objetivos altruistas: servir de terapia simbólica contra los hechos de violencia que se sembraban en nuestra tierra. La pasión que despertaba el fútbol logró lo que los políticos no pudieron: unir a sus habitantes en torno a un sentimiento y un objetivo común para respaldar a un equipo y a sus jugadores. Hoy no solo hace parte de nuestros símbolos regionales, sino que también nos representa en torneos internacionales como la Copa Libertadores de América, que en la actual versión  pasó a la fase de eliminatorias.

Esa «fútbol-terapia» es la que estamos viviendo hoy. Después de una larga y sectaria campaña electoral donde se avivó el odio y la discriminación de la mitad de un país contra la otra, el fútbol mundialista nos ha regresado al Olimpo del deporte competitivo. Hoy somos protagonistas con la Selección Colombia al ingresar a la ronda de los octavos de final, a la cabeza de su capitán, James Rodríguez, quien jugó desde niño en canchas populares como las de San Simón, el Jordán y el Galarza, y hoy es uno de los más destacados jugadores de este campeonato.

Por último, nos recuerda Galeano, la pasión por este deporte: “No tengo nada de original porque, como se sabe, en mi país las maternidades hacen un ruido infernal porque todos los bebés se asoman al mundo entre las piernas de la madre gritando gol. Yo también grité gol para no ser menos y, como todos, quise ser jugador de fútbol", solo le agrego al escritor uruguayo, que lo mismo pasa en mi tierra, donde todos nacemos gritando Viva el Deportes Tolima, aunque nos haga sufrir.

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