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Opinión

William Ospina y el arte en la sangre

William Ospina y el arte en la sangre

Por: Edgardo Ramírez Polanía


Una mañana, mientras el viento descendía de los cerros orientales de Bogotá, fui invitado por William Ospina a su apartamento del norte de la ciudad.

Al cruzar el umbral, tuve la impresión de ingresar a un hogar donde los libros no ocupaban simplemente los estantes, sino que parecían formar parte de la arquitectura misma del pensamiento. Cuadros, manuscritos y volúmenes antiguos compartían el silencio fecundo de esos lugares donde nacen las ideas.

Ospina habla de literatura con la naturalidad de quien conversa sobre antiguos amigos. Goethe, Shakespeare, Byron, Tolstói, Edgar Allan Poe, Emily Dickinson y Juan de Castellanos dejan de ser nombres lejanos para convertirse en interlocutores cotidianos. 

Mientras se le escucha recordar pasajes de Las desventuras del joven Werther o citar, con sorprendente precisión, versos de las Elegías de varones ilustres de Indias, se comprende que su vasta erudición no es solamente fruto de una memoria excepcional, sino de una vida enteramente consagrada a la lectura.

Pocos escritores colombianos han logrado convertir el estudio en una obra de creación con la profundidad de William Ospina. Antes de escribir sus novelas, recorrió durante años la poesía, el ensayo y la historia, convencido de que la imaginación necesita apoyarse en el conocimiento. Quizá por ello sus páginas no parecen inventadas, sino que dan la impresión de haber permanecido ocultas durante siglos, esperando únicamente la voz capaz de rescatarlas.

Aquellas largas jornadas de investigación encontraron una de sus más altas expresiones en la trilogía integrada por Ursúa, El país de la canela y La serpiente sin ojos. En esas novelas reconstruyó el descubrimiento y la conquista de América desde una mirada profundamente humana, en la que la exuberancia de la naturaleza termina imponiéndose sobre la soberbia de los conquistadores. La violencia, la codicia, el sueño imposible de El Dorado y la fragilidad del hombre frente a la inmensidad del continente adquieren allí una dimensión épica y, al mismo tiempo, profundamente trágica.

Especialmente en La serpiente sin ojos, Ospina nos recuerda que la conquista estuvo lejos de ser una marcha gloriosa. Fue también una sucesión de ambiciones, traiciones, sufrimientos y pérdidas que marcaron para siempre el nacimiento de América. Sin embargo, en medio de aquella oscuridad, logra abrir espacio para uno de los episodios más conmovedores de la trilogía: el amor entre Pedro de Ursúa e Inés de Atienza, una historia que devuelve humanidad al conquistador y demuestra que, incluso en los tiempos más violentos, la ternura puede sobrevivir.

Conversar con William Ospina produce una impresión difícil de olvidar. Defiende sus ideas con firmeza, pero jamás desde la arrogancia. Expone, argumenta y persuade sin necesidad de levantar la voz. Su palabra invita a la reflexión antes que a la confrontación. Esa serenidad intelectual constituye, quizá, una de las más admirables cualidades de su carácter.

Siempre he pensado que escribir es un don que la naturaleza concede a muy pocos, pero que solo alcanza plenitud mediante la disciplina, la lectura y el ejercicio constante de la inteligencia. William Ospina confirma esa convicción. Comenzó escribiendo poesía. Desde Hilo de arena dejó entrever una sensibilidad poco común hacia el tiempo, la naturaleza, la soledad y el misterio de la existencia. Aquella voz lírica nunca desapareció; por el contrario, terminó impregnando sus ensayos, sus novelas e, incluso, sus columnas periodísticas.

Su curiosidad intelectual tampoco ha conocido fronteras. Antes de consolidarse como novelista, había dedicado años al estudio de Byron, Dickens, Shakespeare, Tolstói, Edgar Allan Poe, Emily Dickinson, Las mil y una noches, Alfonso Reyes y Estanislao Zuleta. Comprendió tempranamente que los grandes escritores no enseñan únicamente a escribir mejor, sino, sobre todo, a comprender más profundamente la condición humana.

Recuerdo con especial emoción una visita, cuando trabajaba en la novela Pondré mi oído en la piedra hasta que hable. Sobre una mesa descansaba un inmenso volumen abierto, que consultaba de manera permanente mientras reconstruía el extraordinario viaje de Alexander Von Humboldt por América.

—Voy a escribir sobre Humboldt —me dijo, mientras hacía algunos comentarios sobre su vida y sus exploraciones.

Aquel libro no era un simple texto de consulta; era el puente entre la historia y la imaginación. En ese instante comprendí que las novelas de William Ospina nacen mucho antes de comenzar a escribirse: empiezan en la paciente investigación, continúan en la meditación y solo al final encuentran la forma de la literatura.

El reconocimiento alcanzado por William Ospina dentro de las letras hispanoamericanas es el resultado de una obra construida durante décadas de estudio y creación. Gabriel García Márquez depositó en él la confianza de revisar los originales de sus memorias, Vivir para contarla, un gesto que revela el respeto intelectual que inspiraba entre sus contemporáneos.

Su extensa producción literaria, que comprende poesía, ensayo, novela y periodismo, ha sido distinguida, entre otros reconocimientos, con el Premio Internacional de Novela Rómulo Gallegos, uno de los más prestigiosos de la lengua española, otorgado por El país de la canela.

Recuerdo haberle dicho en alguna ocasión:

—Algún día podrías figurar entre los candidatos al Premio Nobel de Literatura.

Sonrió con la serenidad que lo caracteriza y respondió:

—No lo creas; los aspirantes en fila dan la vuelta al mundo.

En aquella frase no había desencanto, sino la humildad de quien entiende que la verdadera recompensa del escritor consiste, antes que, en los galardones, en la permanencia de su obra.

Su poesía, acaso el género más exigente de la literatura, ha sido reconocida internacionalmente porque posee una música silenciosa que no depende solamente del metro ni de la rima, sino del ritmo interior del pensamiento y de ese asombro capaz de convertir la palabra en memoria, emoción y permanencia. Shakespeare ya había sugerido que la música y la dulce poesía se corresponden como hermanos.

Existe, además, otra herencia menos visible. William Ospina suele hablar con emoción de su padre, don Luis Ospina, enfermero, cantor y músico del norte del Tolima, quien acompañó buena parte de su vida con una guitarra y dejó grabadas varias de sus composiciones, cuyo disco compacto conservo. Quizá allí, en aquella casa donde convivían la música y la palabra, comenzó silenciosamente la formación del escritor.

La razón acaso reside en que la música y la literatura nacen de una misma sensibilidad. Ninguna puede interpretarse únicamente con la inteligencia. Ambas exigen escuchar aquello que permanece oculto para los demás: el rumor del viento entre los árboles, el mágico silencio de los lagos, la respiración de la historia y la música secreta de las palabras.

William Ospina pertenece a esa rara estirpe de escritores cuya obra parece escrita no solamente con la memoria y el conocimiento, sino también con la respiración de la naturaleza. Porque el arte no nace únicamente del estudio ni del talento; también nace de la sensibilidad, de la música, del silencio y de la capacidad de escuchar lo que la naturaleza dice cuando los demás creen que ha callado. Quizá por eso Ospina lleva el arte en la sangre porque la sangre también es espíritu.

 

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