Opinión
La humildad: el valor que le falta al poder
Por: Miguel Bermúdez J.
Hay una palabra que algunos políticos evitan como si les quemara la lengua: humildad. No hablo de la humildad de vitrina, esa que se declama en campaña y se entierra el mismo día de la posesión, sino de la que se demuestra todos los días en cada rincón del pueblo: en el trato con la gente, en el respeto al adversario y en la dignidad para asumir y soltar el poder cuando toca.
Maquiavelo lo dijo sin pudor hace cinco siglos: un príncipe no necesita tener virtudes, solo necesita aparentarlas; tenerlas de verdad, decía, hasta podía estorbarle. Ahí nació el libreto que tantos siguen repitiendo hoy: la pose humilde para la foto, que se guarda en el cajón apenas deja de ser rentable. A esa farsa hay que confrontarla con la humildad de verdad, la que no necesita cámara ni aplauso para sostenerse.
Gobernar no es un trofeo, es un préstamo. El político que se cree dueño del cargo pierde el rumbo: deja de escuchar, se rodea de aduladores y empieza a exigirle cuentas a la gente, cuando es él quien debe rendírselas a ella. Ese es el mismo político que hoy le da la espalda al pueblo mientras se llena la boca de discursos vacíos.
La misma vara aplica con el adversario. Se puede pelear una idea sin destruir a una persona. El que necesita humillar al contrario para sentirse grande, en realidad está confesando en público lo pequeño que es. Yo no le tengo miedo al debate duro y frentero, le tengo desprecio a la politiquería sucia que reemplaza los argumentos por el insulto.
La historia ya juzgó a los que confundieron el poder con la propiedad privada. Lázaro Cárdenas rechazó el lujo presidencial y murió sin fortuna. Mandela, pudiendo vengarse, eligió reconciliar a su país. Ninguno de los dos necesitó humillar a nadie para ser grande. El cargo no agranda a nadie que ya sea pequeño por dentro.
Que quede claro: el único que nos juzga es el pueblo, no la rosca, ni mucho menos el rey de turno. Y a ese pueblo hay que rendirle cuentas todos los días, no solo cada cuatro años cuando toca pedir el voto.
El examen más difícil no es cuando se llega al poder, sino cuando toca dejarlo. Hay caciques que tratan las curules como fincas de familia, que ya tienen listo al hijo o al ahijado para heredar el puesto como si el pueblo no tuviera nada que opinar. A esos hay que decirles de frente: la voluntad popular no se hereda, se gana, y se respeta cuando toca entregarla.
La humildad no es debilidad, es carácter. Es tener la firmeza de saber que el poder es prestado, que se ejerce sirviendo y se entrega sin berrinches cuando el pueblo lo decide. A Ibagué y al Tolima no les hacen falta más políticos perfectos de discurso; les hace falta gente a la que no se le olvide, ni un solo día, de dónde viene su poder.
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