Opinión
El fanatismo político
Por: Edgardo Ramírez Polanía
Los especialistas de la ciencia del Estado, coinciden en afirmar que allí donde falta una auténtica democracia surge la tentación de monopolizar la verdad, y cuando un gobernante o un dirigente de un partido se considera su único depositario, el debate desaparece, y el fanatismo ocupa el lugar de la razón.
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Ese fanatismo político es el que surge cuando una idea deja de ser convicción y se convierte en dogma y el dirigente en profeta, el partido en iglesia; y el adversario, hereje al que se debe atacar. Porque el fanático no discute ni escucha sino interpreta toda diferencia como amenaza, toda crítica como conspiración y toda duda como traición, reduciendo la realidad a una lucha entre buenos y malos que distorsiona la verdad.
Pensar exige esfuerzo, dudar, controvertir y rectificar cuando existe equivocación y no ofrecer certezas inmediatas que libere de la responsabilidad de razonar y sustituir los argumentos por la imposición de las ideas, impulsadas por el orgullo o el deseo de aparentar autoridad.
Se atribuye a Francis Bacon esta reflexión: “Quien no quiere pensar es un fanático; quien no puede pensar es un idiota; quien no osa pensar es un cobarde”. En la política abundan estas formas de renuncia, sostenidas por quienes se niegan a reconocer sus errores.
Todo fanático invoca causas superiores en nombre de la patria, el pueblo, la justicia, pero con frecuencia encubre inseguridad y miedo. Necesita líderes infalibles y enemigos constantes para sostener su identidad porque sin conflicto, se desmorona y muestra su verdadera personalidad.
A menudo, el resentimiento encuentra en la política un canal de expresión. Quien no asume sus fracasos personales los transforma en agravios colectivos y convierte la militancia en instrumento de desahogo y persecución. Así, la política deja de ser construcción y se convierte en revancha.
La pasión política es legítima, pero sin razón degenera en intolerancia. Amar una idea implica someterla a examen; en cambio idolatrarla como lo hace el fanático, impide cuestionarla y aprender porque no busca comprender, sino imponer, incomodarse y no escuchar.
La democracia parte del reconocimiento de nuestras limitaciones. Nadie posee toda la verdad. Gobernar no implica infalibilidad ni autoriza a aplastar a quienes disienten. Cuando la mayoría se cree dueña absoluta de la razón, la democracia pierde su esencia.
La historia demuestra que incluso sociedades cultas pueden caer en la barbarie cuando renuncian a pensar y deshumanizan al otro. Por ello, la educación crítica y reflexiva es indispensable para formar ciudadanos capaces de argumentar y resistir la injusticia.
El fanatismo adopta múltiples formas y ninguna doctrina está exenta de convertirse en dogma, utilizar símbolos y creer que solo el otro es fanático, desconociendo que afirmarlo es, en sí mismo, una forma de fanatismo.
Hoy, los medios de comunicación y las redes sociales amplifican esta tendencia, privilegian la confrontación sobre la reflexión y convierten el debate en una lucha de identidades donde importa más vencer que comprender y así, se deterioran los vínculos y la convivencia.
El fanático no busca convencer, sino someter. Reclama tolerancia cuando es débil y la niega cuando su partido tiene el poder. Su problema no es solo ideológico, sino también emocional porque necesita afirmarse en una causa.
Ninguna sociedad puede sostenerse sobre esas certezas rígidas y odios permanentes. Se requiere la convivencia que exige reconocer que el otro puede tener parte de razón, no como relativismo, sino como conciencia de nuestras limitaciones.
Tomás de Aquino sostuvo que conocemos según nuestras capacidades, que la verdad no cambia, pero nuestra comprensión sí, y que la política requiere ampliar perspectivas que el fanatismo cierra.
Una sociedad madura no erradica la democracia imponiendo su caprichos, sino que la encauza hacia la convivencia civil. Esto exige respetar al adversario, incluso cuando puede vencernos, porque la grandeza de una comunidad radica en manejar sus diferencias sin transformarlas en exterminio moral.
Es necesario recuperar la política como diálogo y no como choque de sectas, imposiciones y orgullos y ver al adversario, que es otro ciudadano con una visión distinta, formada por su experiencia y su entorno, que debe ser sometida al análisis colectivo.
La democracia comienza cuando dejamos de silenciar al otro y entendamos que la salvación de nuestra nación se encuentra en un entendimiento global y en una serie de mutuas concesiones. Allí termina el fanatismo, cuando el contrario recupera su humanidad.
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El fanatismo político es, en esencia, miedo disfrazado de certeza, miedo a pensar, a dudar, a cambiar y a reconocer al otro como igual y cuando ese miedo domina, la política deja de construir futuro y empieza a destruir la convivencia y la sociedad, que debemos preservar para vivir en armonía, porque algunos consideran un peligro la palabra paz.
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