Historias
El brochazo que borró décadas de historia del edificio de la Curia de Ibagué
La nueva pintura y reformas a la fachada del edificio de apartamentos de la Curia de Ibagué, ha levantado polémicas y controversias en distintos sectores de la ciudad.
Por: Humberto Leyton
Cuando se intenta con pintura barata borrar la memoria del patrimonio histórico de la ciudad, acudiendo a mentiras como aquella de que la “decisión se tomó al investigar las primeras capas de pintura que tuvo la edificación”, no nos queda otro camino que plantear el debate sobre la imperdonable chambonada que se hizo con la fachada del emblemático edificio de apartamentos de la Curia Arzobispal de la capital del Tolima.
Esto significa que las capas de pintura color jugo de guayaba, como algunos ciudadanos lo han llamado, o rosado oscuro, rosado palo, rosado viejo y cualquiera de los 10 tipos que existen, que reescriben el patrimonio de esta importante edificación del centro de Ibagué, no solo nos llama a la controversia sino a pensar si se trata de borrar de un brochazo, lo que representa esta construcción para el Tolima y los ibaguereños con retoques carentes de toda lógica, verdad histórica y estética.
La información acopiada sobre el edificio de apartamentos de la curia arzobispal de la ciudad, nos indica que esta forma parte del patrimonio oficial de Ibagué, como uno de los testimonios históricos y arquitectónicos más significativos de la capital del Tolima. Cultiva un estilo republicano y, definitivamente, registra su condición de Bien de Interés Cultural y Área de Interés Arquitectónico e Histórico.
Según los apuntes históricos, esta edificación fue construida en 1947. Diseñada por el arquitecto e ingeniero Juan José Montoya, y se levantó en el lote donde anteriormente existía la histórica Casa de los Arcos frente a la Plaza de Bolívar, una emblemática residencia con una enorme estructura de dos plantas construida en bahareque y techo de paja. Esta casona fue un eje de la vida política y social de la Ibagué republicana, albergando en distintas etapas reuniones del Concejo, despachos públicos y comercios locales.
Y allí, pernotó el libertador Simón Bolívar, entre el 8 y el 11 de enero de 1830, según dice la placa conmemorativa instalada por el Concejo de Ibagué en el contrario de su muerte el 17 de diciembre de 1930.

Los ilustres habitantes
Desde mediados del siglo pasado, desapareció el bahareque y los techos de paja para darle paso al inmueble que hoy conocemos como el edificio de apartamentos de la Curia Arzobispal, de tres plantas habitado en sus principios por reconocidas familias y personalidades de la época, donde según el exsenador y exministro Alberto Santofimio Botero, además de historiador, allí habitaron familias y personajes como el exgobernador y jefe liberal Rafael Caicedo Espinosa, el médico Eduardo De León, Gilberto Peláez, Esteban Hurtado, socio del conocido comerciante Carlos Aragón, José Robledo y Cecilia de Robledo, Maruja Grillo de Torres, Carlos Suárez Casas, Ernesto Soto Camelo, presidente nacional de Bavaria, primo hermano de Jaime Soto, nombrado periodista nacional, Manuel Guillermo Torres, uno de los fundadores del club Campestre de Ibagué y Gustavo Mejía Escobar, famoso juez de las ferias nacionales equinas que se realizaban en Ibagué, Enrique Mejía Henao, padre del exministro Roberto Mejía Caicedo, entre otros.
Y Santofimio agrega que “Desde la edad de ocho años jugaba en la plaza de Bolívar y fui testigo de la construcción de todos los edificios del sector, incluyendo el de la curia, y esta edificación nunca tuvo ese horroroso color que hoy tiene. No es cierta esa versión que este color jugo de guayaba fue su primer color”. Más adelante el exjefe Liberal del Tolima añade que “Siempre los colores de la edificación han sido: blancos, grises claros, cremas, verdes agua y colores beige”.
Esta afirmación es corroborada por vecinos antiguos del sector como Samuel Gómez Ramírez, cuya casa fue construida metros más abajo en la carrera segunda en el año 1947 y, que, desde entonces, es su entorno de movilización y hábitat.
Piden que se cambie de color
Gómez, considera una tragedia las fatales pinceladas que le dieron al edificio de apartamentos de la curia, que está hablando con sus vecinos y algunos empresarios para hacer una colecta y proponer a la curia pintar nuevamente el inmueble con los colores que siempre lo han caracterizado. “Esto que hicieron fue un atentado contra el buen gusto, la belleza y la estética que se debe tener con una obra como esta donde se debe respetar la memoria de la arquitectura y de los habitantes ilustres que allí vivieron hasta su tercera generación”.
Pero el atentado al patrimonio histórico se profundiza más cuando observamos que a la placa de granito de los zócalos de la edificación, se cubrió con pintura café oscura y se le aplicó estuco o macilla en algunas partes, dejando algunas protuberancias repugnantes, cuando el sentido común, sin necesidad de ser conservacionistas, nos indicaba que se ha debido de limpiar, lavar, o llegado el caso, reconstruir los zócalos, para conservar sus originalidades.
Calificativos para la chambonada
Quienes somos nativos de la ciudad de Ibagué y hemos vivido siempre en el centro, también reafirmamos que este feo y horrible color de la casa de apartamentos de la curia, nunca lo había tenido y que en lugar de embellecer, constituye un adefesio contra el patrimonio y el valor histórico y cultural de la edificación.
Es una barbarie cromática que destaca el impacto visual negativo y la total falta de criterio estético no solo en la elección de los colores, sino en el daño causado a los zócalos que deben ser reconstruidos totalmente, denota una intervención improvisada, descuidada y sin rigor técnico, mucho menos artístico o histórico.
También se puede considerar una mutilación arquitectónica que refleja la pérdida o anulación de los detalles ornamentales y de la textura original del inmueble, si tenemos en cuenta dos puertas pequeñas que le abrieron, ubicadas en la esquina de la calle 10 con carrera segunda, que parecen más a una ranura de una alcancía de barro, que cualquiera otra cosa.
Sin entrar a citar nombres de responsables ni detallar los motivos que llevaron a estos brochazos de la chambonada contra el patrimonio cultural, tenemos que utilizar términos directos y puntuales para calificar una obra ordinaria, mal ejecutada, sin profesionalismo, sin respeto a la época y el estilo arquitectónico cuando se construyó el edificio.
Aquí se ‘pintorreteó’ irresponsablemente la conservación de la memoria histórica con ligereza y falta de compromiso.
Se hizo una profanación visual no solo contra el entorno de la edificación, donde por fortuna, se conservan los colores naturales el propio Palacio Arzobispal, la iglesia Catedral, la Casa Urrutia, el edificio de la DIAN, la Alcaldía Municipal y el Palacio de Justicia.
No sobra decir que se insultó a la memoria urbana, se causó daño cultural a la identidad y al legado de la ciudad.
Se actuó con ligereza conceptual, evidenciándose la ausencia de un estudio histórico, técnico o estratigráfico previo a la intervención, así se quiera afirmar lo contrario.
Referentes culturales
Pedro Zambrano, conocido exfuncionario de la Alcaldía de Ibagué y de la gobernación del Tolima, en las distintas administraciones de Francisco Peñaloza Castro, nos hace un relato sobre el tema que estamos tratando, acudiendo a su experiencia y conocimiento sobre estos temas.
Zambrano, fue director o secretario de Planeación en las épocas en que Ibagué y el Tolima tuvieron metas de desarrollo urbano y económico históricos. Por eso, consideramos valioso su aporte a esta controversia.
Dice Zambrano que “Quienes apreciamos la historia, la cultura y el desarrollo urbano de Ibagué tenemos razones para expresar, con respeto, pero también con claridad, nuestra preocupación por el color recientemente aplicado a la fachada del edificio de apartamentos Arzobispal, una de las construcciones más emblemáticas que enmarcan ese hito central de la urbe ibaguereña que es su Plaza de Bolívar”.
No se trata simplemente de discutir si un color es bonito o desagradable, porque en materia de gustos siempre existirán diferencias y diversos puntos de vista, todos respetables. El asunto es de mayor profundidad: ¿cómo se deben intervenir los edificios que forman parte de la memoria arquitectónica de una ciudad, y que, precisamente por ello, dejaron de pertenecer únicamente a la mirada de sus propietarios para convertirse también en referentes culturales de toda la comunidad?.
El quid del asunto es tener claro, que la Plaza de Bolívar no es un lugar cualquiera de Ibagué; es el corazón histórico, institucional y simbólico de la ciudad, donde confluyen sitios emblemáticos, como su Catedral, el Palacio Arzobispal, la Alcaldía y otras edificaciones que, conjuntamente con los árboles centenarios, algunos jardines, monumentos y espacios públicos, conforman una imagen urbana que varias generaciones de ibaguereños reconocen como propia.
Por ello, sería conveniente que la Arquidiócesis, la Alcaldía, las autoridades culturales y patrimoniales, las facultades de arquitectura, los historiadores, artistas y organizaciones cívicas de la ciudad pudieran examinar serenamente la intervención realizada. No con ánimo de confrontación y mucho menos de desconocer la importancia histórica de la Iglesia en Ibagué, sino precisamente porque el Palacio Arzobispal merece un tratamiento acorde con la dignidad de su arquitectura y del lugar excepcional que ocupa.
Lo anterior, entre otras cosas, porque la ciudad necesita aprender a mirar su patrimonio no como un conjunto de construcciones viejas que simplemente debe conservarse en pie, sino como parte de un paisaje cultural integral. Conservar significa también respetar proporciones, materiales, formas, colores, perspectivas y relaciones entre unas edificaciones y otras.
Las ciudades que cuidan su historia no permanecen congeladas en el pasado, sino que se modernizan, construyen y transforman; pero aprenden a distinguir aquello que puede cambiar libremente de aquello que debe modificarse con especial prudencia. En este sentido, Ibagué necesita recuperar cada vez más esa conciencia, entendiendo que, la Plaza de Bolívar es una especie de gran sala común de los ibaguereños, donde están representados fragmentos de nuestra historia civil, religiosa, política y arquitectónica; de modo que, lo que hagamos con sus edificios afecta la imagen que ofrecemos a quienes nos visitan, pero, sobre todo, esa imagen que nosotros mismos construimos de nuestra ciudad.
No somos pocos los ciudadanos mayores, que crecimos en Ibagué y hemos conocido durante buena parte de nuestras vidas el Palacio Arzobispal, no recordamos que la tonalidad recientemente utilizada haya constituido el color tradicional con el cual identificamos esta edificación. Esta apreciación, naturalmente, no pretende sustituir la investigación histórica ni los estudios especializados que puedan determinar sus colores originales. Precisamente por ello consideramos conveniente que se conozcan los antecedentes y criterios históricos, arquitectónicos y patrimoniales que sustentaron la intervención.
La armonía visual adquiere entonces particular importancia. No significa que todos los edificios deban pintarse exactamente del mismo color ni borrar las características propias de cada construcción. Significa procurar una paleta cromática compatible y equilibrada, capaz de permitir que las edificaciones dialoguen entre sí y que el visitante perciba que está ingresando a un punto de encuentro ciudadano, espacio para la cultura, escenario para el turismo y; apoyo para restaurantes, cafés, comercios, hoteles y otros servicios”.
Palabras finales
En estas condiciones, elevamos rezos y plegarias al cielo para que monseñor Orlando Roa Barbosa, arzobispo de Ibagué, sea iluminado por el santoral de la Iglesia Católica, y proceda a corregir los yerros que con facilidad cometen los humanos.
Y por último, solo resta confiar en que el Arzobispo, al abrir las ventanas de su despacho en la diáfana transparencia de la mañana, tropiece de frente con este estridente desacierto de color en pleno centro histórico, y comprenda que la fe también se sostiene en la armonía visual de la ciudad.
Bien sabe monseñor que hay yerros terrenales que no se absuelven en el silencio del confesionario sino con andamios, rodillos y la paleta de colores adecuados; una tarea urgente en la que la Alcaldía de Ibagué a través de Secretaría de Cultura del municipio no puede seguir siendo espectadora distante, sino aliada y comprometida en la protección y rescate de la memoria colectiva.
Solo el concurso entre la gracia pastoral y la diligencia institucional y empresarial (una providencial y coordinada orden de enmienda cromática sobre la fachada del edificio de apartamentos de la Curia) podrá devolverle a Ibagué la sobria compostura que un brochazo intempestivo pretendió arrebatarle en un solo día de olvido, antes de que el sol inflexible de la ciudad termine por petrificar la equivocación en la memoria de los siglos.
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