Periodismo de análisis y opinión de Ibagué y el Tolima

Actualidad

A los 40 años de Armero

A los 40 años de Armero

Por: Alberto Santofimio Botero


En la plenitud del verano de julio de 1985, en una pausa de agitada gira política por el norte del Tolima, llegamos al modesto taller de Alberto Ravagli, en las afueras de Armero.

Ravagli fue un ejemplo de dignidad personal y de fidelidad ideológica y política. Recio militante del partido comunista colombiano quien lograba su escaño en el Concejo Municipal gracias al apoyo de una convencida minoría de seguidores.

Era el líder de un puñado de lectores asiduos de Marx y de Engels, de humildes trabajadores del campo, de laboriosos vendedores ambulantes de la ciudad, de sindicalistas y de mujeres del proletariado Armerita. Competía con decoro, humildad y fuerza interior, sin ningún recurso económico para su aventura electoral. Así mantenía su grupo político, con estirpe casi de capilla religiosa. Fue siempre nuestro leal aliado, y además, nuestro amigo personal invariable.

Ese día sin que ninguno de nosotros admitiera cercanas las sombras de la tragedia inenarrable, en ese coro de opiniones diversas y plurales, aterrizamos  en temas de actualidad política y en cuestiones que la competencia electoral en la región imponían, solo interrumpidos con pronósticos y vaticinios en la voz incisiva de Hugo Viana Patiño, quien trajo a cuento las crónicas que había leído de Fray Pedro Simón, y con esa sugestiva avocación histórica, sin caer en un prematuro abismo pesimista nos dijo a todos  que sobre Armero podría sobrevenir una situación de catástrofe, como la que en efecto ocurrió, en ese horrible 13 de Noviembre de 1985.

Todos continuamos, sin embargo, haciendo proyectos, trajinando ideas, hilvanando soluciones y expectativas para un mayor desarrollo progresista de Armero, entonces la gran ciudad de la alegría, la capital del Norte Tolimense, el epicentro de un crecimiento económico, un desarrollo agropecuario y ganadero y de un centro cultural y político en perfecta y permanente ebullición. Sin duda, la segunda ciudad del Tolima y el conjunto humano más diverso, pacífico y esperanzadoramente productivo en todos los ámbitos del trabajo humano.

En la arisca cordillera el Líbano, de Isidro Parra, Eduardo Santa, Evelio González los médicos Oviedo, Covaleda, Escobar y Jaramillo, personalidades indiscutibles de ese tradicional municipio, se combinaba  la cultura del café,  como el eje fundamental de su vida económica, y allí florecían valiosos exponentes de la cultura, las ideas liberales y democráticas, y lo que Luis Eduardo Nieto Arteta consagró como la genuina cultura de la civilización cafetera, que le dio trabajo y vida económica desde entonces a cerca de 500.000 familias Colombianas,  agrupadas en la Federación Nacional de Cafeteros,  y en sus representantes en el Tolima. Entidad que, además de proteger la producción y la exportación del grano, realizo desde entonces una fundamental tarea de soluciones prácticas, acueductos, vías terciarias, centros educativos, vivienda rural, en bien de los productores campesinos de las laderas cordilleranas de esa geografía.

Se combinaba entonces esta actividad económica con el ardor de la controversia política y un fascinante alumbramiento cultural que lidero hasta el final de sus días Eduardo Santa.

Fue un intelectual comprometido en su admirable ejercicio de escritor y académico en el siglo 20 y en los primeros 20 años del siglo XXI, dejando un legado extenso y significativo que lo ha hecho trascender más allá de su propia existencia. Dejó una enorme huella como profesor emérito de la universidad Nacional, como rector de la Universidad Central, director de Colciencias y la Biblioteca Nacional, y miembro ilustre y respetado de las Academias de la Historia y de la Lengua.

De su innumerable y admirada cosecha intelectual me atrevo a destacar sus obras “Sin Tierra para morir, El Pastor y las Estrellas, Caballos de Fuego”, pero sin duda la más reconocida y exaltada de sus obras es la maravillosa biografía del General Rafael Uribe Uribe, traducida al inglés, el esloveno, y el Serbio Croata, con la cual obtuvo el Premio Nacional de Literatura.

Con tan vasto recorrido de escritor académico y profesor universitario del maestro Eduardo Santa en Colombia y en el exterior, siempre estuvo atado por un hilo emocional irrompible a su solar nativo, en el cual decidió terminar sus días, soñando como poeta y ejerciendo su oficio de lector y escritor hasta la hora final “Cuando yo muera colocad mis despojos al pie de la corriente del rio cantador con el valle verdecido”, sentenció poéticamente pocos días antes de su fallecimiento.

Sobre la huella cultural de Eduardo Santa se inspiró y surgió la hazaña editorial de dos siglos de Carlos Orlando y Jorge Eliecer Pardo, y su organización independiente Pijao Editores, la más importante organización editorial, y gestora cultural de inmensa proyección Nacional e Internacional. Sentimos profundo orgullo en coincidir con el Instituto Caro y Cuervo, que destacó entre casi 100 casas editoriales la resonante e ininterrumpida tarea de Pijao Editores.

El merecido prestigio de la obra de los hermanos Pardo no reside solamente en los más de 800 títulos publicados, y en millones de ejemplares de novela, poesía, cuento, ensayo, sino en la vigorosa y activa presencia de su editorial en todas las ferias del libro y en la penetración de sus trabajos y ediciones a través de la tecnología de la página web, lo que ha permitido que los libros de pijaos editores tengan cada día mayor y más amplia penetración en el gran público lector colombiano, latinoamericana y universal.

Con deliberada arbitrariedad puedo afirmar que sin la obra Protagonista del Tolima Siglo XX, había quedado un hondo vacío de toda una época trascendental de nuestra historia.

De idéntica manera en relación con el tema que venimos exponiendo, vale la pena resaltar el significativo hecho que Carlos Orlando Pardo, con su maravilloso relato “Los últimos días de Armero”, compitió según el diario El Tiempo entre los más vendidos en 1986, con el libro “El amor en los tiempos del cólera” del Nobel colombiano Gabriel García Márquez.

En tanto en el mismo Norte, mantenía la ciudad de Honda, regada por el Gualí y el Magdalena su solemne tradición histórica, su preciosa arquitectura Colonial y Republicana, la algarabía de los episodios de la subienda cargando una inmensa y sugestiva historia de grandes protagonistas de la vida Nacional. Por ese puerto llegaron al centro de Colombia libros, mobiliarios, instrumentos musicales de Europa y otros continentes. Allí don Pedro A López, padre del dos veces presidente de Colombia Alfonso López Pumarejo, fundó su célebre casa comercial de gran importancia en su época. Allí doña Rosario Pumarejo, de clara estirpe vallenata, dio a luz a Alfonso López Pumarejo el gran reformador, el caudillo de la Revolución en Marcha, incrustada en los anales de la historia democrática de Colombia en el siglo XX.

Allí también nació Alfonso Palacio Rudas el Cofrade, representante a la cámara por el Tolima, senador de la República, Contralor General de Colombia, ministro de Hacienda, Diplomático, concejal y Alcalde Mayor de Bogotá, profesor universitario y columnista del diario El Espectador, además miembro prominente y activo de las juntas directivas de la Federación Nacional de Cafeteros y del Banco de la Republica y miembro de la Asamblea Nacional Constituyente de 1991.

En ese mismo escenario de puentes, callejuelas ejerció como joven abogado Darío Echandía antes de iniciar  su formidable vida pública desde la Asamblea del Tolima hasta el Senado de la República, pasando por varios ministerios en distintos gobiernos de la Republica Liberal y del frente Nacional, y varias veces elegido por el Congreso Nacional como designado a la presidencia, y en virtud de esta confianza depositada en el por las mayorías del Congreso Colombiano, ejerció por encargo, en diversas  oportunidades la Presidencia de la República de Colombia.

En esa misma villa acogedora, circundada por el legendario rio de la patria, la Magdalena, tuvo también su nacimiento el empresario de la radio difusión diplomático, suplente al Senado de la República del expresidente Laureano Gómez recio jefe conservador Jaime Pava Navarro, diplomático también en Panamá y Australia, fundador de la cadena Super que tuvo por años resonancia y múltiple audiencia.

De igual manera, envuelto en la gloria de sus triunfos de arrojo y valor legendarios en las plazas de toros de Colombia y del exterior Pepe Cáceres fue un ejemplar humano significativo de la comunidad hondana. Allí mismo sobresalió como líder cívico y empresario progresista don David Giush, quien, a la cabeza de un movimiento independiente, fue elegido como alcalde popular de la Ciudad de los Puentes.

Honda, Líbano y Armero eran entonces los tres polos fantásticos de la civilización, la historia y la vida económica, cultural y social del Norte Tolimense.

Sin desestimar la importancia y la grandeza histórica de Honda y del Líbano, debemos confesar nuestra convicción que Armero era por múltiples razones socioeconómicas, culturales y políticas, la alegre colmena progresista, pujante, futurista, progresista y moderna para la región y para el Tolima.

Líbano y Honda guardaban celosamente las tradiciones, las costumbres y el patrimonio del pasado, en tanto Armero se erguía como un gigante construyendo el futuro desde su propia entraña hasta la región.

Mirando estremecido y dolorido, desde el aire, el escalofriante panorama, el día siguiente de la brutal tragedia, sentí que una inmensa losa funeral de lodo, objetos, cadáveres de seres humanos, árboles y construcciones servía como horrible testimonio de la injusta muerte por desaparecimiento de Armero. La gran ciudad de la producción la convivencia y la alegría había desaparecido fatalmente, y por completo.

Era obvio pensar en ese momento en la dimensión inenarrable que más de 25.000 personas habían desparecido bajo el impacto brutal de la furia de la naturaleza desbordada. Que tocaba encarar con perfiles de coraje el reto de amparar a los sobrevivientes, buscar a los desaparecidos y tratar de reconstruir, en lo posible, la ciudad agobiada por el impacto de semejante tragedia colectiva.

En medio del abrumador desconcierto se vinieron a mi mente las coplas de Jorge Manrique a la muerte de su padre don Rodrigo “La más honda voz que en español hablo del tema de la muerte, según Jorge Luis Borges quien insistía en que la perdurabilidad es la única forma del Ser. Las ruinas de Itálica sobreviven a la ciudad luego su intemperie de hoy, que es verídica, y su gentío de ayer es una ficción. ¿Porque razón la hora de la muerte ha de ser más verdadera que la de vivir?”

Reflexioné sobre la vida y la muerte mirando entristecido el panorama y pensé con el mismo autor citado atrás “Que el individuo no es inmortal, pero si la especie y Ella garantiza la inmortalidad de todo sentir. Lo que de veras fue no se pierde; la intensidad es una forma de eternidad”.

Estas profundas reflexiones me sirvieron para tomar de inmediato una postura y en mi condición de Senador de la República, pedí al presidente Belisario Betancur cerrar fronteras para evitar la avalancha de gentes extrañas, que, poseídas por la necesidad o por el oportunismo, llegaran al escenario de lo que fue Armero a dificultar la indispensable hazaña de la reconstrucción.

Como lo ha recordado el historiador Pedro Luis Sánchez, acucioso investigador acudiendo a publicaciones de los periódicos de la época, allí está la constancia de todo cuanto vengo afirmando. Insistí, además, ante el gobierno Nacional en la necesidad prioritaria de crear un organismo independiente, totalmente ajeno a los intestes de la política, que pudiera manejar con transparencia el complejo problema de la reconstrucción.

Como uno de los admirables ejemplos de coraje, y como un símbolo resiliente de mantener viva la memoria de la ciudad dolorosamente desparecida, acompañe a la concejal sobreviviente doña Dilia de Martínez, a impulsar y a hacer realidad el barrio Nuevo Armero en la ciudad de Ibagué.

El director de RESURGIR doctor Pedro Gómez Barrero, en reportaje a la revista Semana afirmó que, los políticos se acercaban a su despacho a intrigar cosas y que “Santofimio le planteaba soluciones y le ofrecía su apoyo”. Hasta el final de sus días Bernardo Bonilla París, sucesor de Gómez Barrero, hizo idénticas afirmaciones ante los medios de comunicación de aquel tiempo.

La tesonera tarea de Pacho González, para buscar los padres y los hijos perdidos en medio del desorden y la dispersión por cuenta del impacto de la tragedia sobre el núcleo familiar, y también por los errores de organismos del estado, incluido el Bienestar Familiar, dan fe de que la fuerza espiritual de Armero sobrevive y que su historia y su leyenda permanecen en la memoria de sus hijos como un llamado a derrotar el olvido.

Pacho heredó de su padre Alfonso González Rengifo, prestigioso abogado y jefe liberal su devoción por Armero, la misma que practicaron con ejemplar talante el exrepresentante Nelson Restrepo, el medico Pedro Ignacio Silva, Policarpo Téllez, Rosendo Torres, Magdalena Quintero, el ex alcalde Lázaro Arango Palacio, y su hermano Ernesto, cuyos padres fallecieron en la hecatombe, Mario González, Oscar Uribe entre muchos otros exponentes de la pujante civilización Armerita.

Idéntica tarea ha cumplido con tenacidad y perseverancia José Alfenibal Tinoco con los compañeros de fundación, que mantienen viva y presente la epopeya de Armero.

Haciendo el inventario memorioso sobre Armero, 40 años después, vale la pena significar que 8 días antes  del 13 de Noviembre de 1985, celebramos  un gran foro amplio abierto y participativo sobre el presente y el futuro de Armero, en el Club Campestre, institución social que marcó toda una época y que sirvió de núcleo de convivencia y discusión inteligente y plural, por iniciativa de importantes personalidades encabezados por el dirigente liberal Miguel Naged Nieto y por el jefe conservador Julio Rebolledo. Quienes como yo participamos en ese encuentro lo recordamos como una colmena de iniciativas agropecuarias, sociales, culturales que preparaban a la clase dirigente y a la opinión ciudadana para el alumbramiento    de lo que tenía que ser Armero como capital del Norte y segunda ciudad el Tolima.

 

De allí salí acompañado de Alberto Guarnizo Vázquez, mi amigo exsenador de la República y entonces Notario Segundo de Bogotá, ilusionado con los resultados de ese debate sobre el futuro de Armero. Mi satisfacción era doble por la condición de Senador de la Republica y concejal liberal de ese Municipio. Hasta el lunes siguiente celebramos el acontecimiento lleno de optimismo y esperanza, al lado de la hija de Guarnizo y de su esposo, un fotógrafo inglés, quienes habían venido fervorosos a conocer la ciudad de Armero. Al despedirnos ese lunes con rumbo a Ibagué, jamás imaginamos que esa joven pareja unida por el amor, desaparecería, bajo el lodo pese a que ya en el aire enrarecido flotaban como mariposas inquietas cenizas que venían del volcán Nevado del Ruiz.

La triste historia de los últimos minutos del alcalde Ramón Rodríguez, la leyenda de la salida del padre Osorio, el cruce de estas versiones, unas fantásticas, algunas otras ajustadas a la realidad, hacen parte ya de la historia y retrotraer esta discusión ahora, como sistemáticamente lo hacen algunos, es reabrir heridas inútilmente y ubicar el debate inteligente en un tiempo pasado que ya no está en manos de los autores del presente poder modificar.

Quedan como símbolos de lo ocurrido dos libros magistrales publicados con ocasión del acontecimiento trágico, de autoría de los reconocidos escritores contemporáneos Carlos Orlando Pardo y Germán Santamaria.

Vale la pena citar este maravillo texto de Carlos Orlando Pardo, que retrata con indiscutible merito literario en su pluma prodigiosa, todo cuanto venimos comentando: “La tragedia de Armero ha significado también un foco particular en cuanto al desarrollo de la cultura, alrededor de la temática que desde los años 80 ha sido utilizada para contar historias, escribir novelas, cuentos, documentales, así como películas y miniseries alrededor del tema.

Un fenómeno de repercusión como lo fue la tragedia de Armero es examinado narrativamente en novelas de Eduardo Santa, Germán Santamaría, Manuel Giraldo, María Ligia Sandoval, Luz García, Ricardo Galindo Flores, Jairo Restrepo Galeano, Oscar Godoy Barbosa, contenido tratado en la investigación y crónica literaria Los últimos días de Armero (1986), Juan David Correa con el Barro y el Silencio (2010), Y Armero volver al mapa 2024). En el 2025 aparece publicado por Pijao Editores el Rugido del León de Hernán Ruiz (1983), quien regresa a lo visto antes por no pocos novelistas tolimenses y colombianos, como Gustavo Álvarez Gardeazabal, pero aquí esta ofrecida la historia por la memoria de un niño ante la tragedia, siendo estos algunos de los más destacados desde la narrativa.

Viva y muerta Armero sigue ahí y a todos nos evoca el dolor y la tristeza que resucita sin cansancio”.

Con ‘No Morirás’ 1993, “La única novela publicada hasta el momento por Germán Santamaría alcanza el autor marcada resonancia internacional. En 1994, el jurado que integraron Nélida Piñón del Brasil, Antonio Eskarnetà de Chile y Eduardo Budiño de Argentina, le otorgó el Premio de Iberoamérica de Novela de Chile, entre 70 obras participantes.

La novela de nuestro paisano y amigo Germán Santamaría, quien se inició en el periodismo en el diario El Cronista de Ibagué, a nuestro lado y que luego se consagró como un gran cronista en el diario El Tiempo, es una visión física y espiritual de lo que se vivió en Armero. Como lo afirmó el propio autor. “Es un libro donde triunfa la vida y la esperanza porque yo tampoco soy un apologista de la muerte”. Como bien lo anota Luz Angela Castaño: “El tiempo en que transcurre la novela es un constante ir y venir entre el pasado que se presenta como un sueño perdido y feliz y el presente difícil”.

Esta misma autora señala que en la novela de Santamaría los límites entre la vida y la muerte desaparecen, es posible esa comunicación tanto con los muertos, como con los muertos vivos y las imágenes del rio donde lavan las mujeres de luto y los crisantemos que antes adornaban el jardín de Durango, hoy engalanan las tumbas de los muertos”. Con evidente similitud a los estremecedores diálogos de Comala, en Pedro Páramo en la fascinante imaginación de Juan Rulfo.

El lenguaje navega entre el literario y el periodístico con una fuente carga simbólica en la que aparece la violencia, el amor y el desamor, la venganza, la vida, la muerte y la desolación”.

Esta novela de Santamaría fue llevada con indudable éxito a la televisión bajo la dirección afortunada de Jorge Alí Triana, nuestro coterráneo y entrañable amigo. Gracias a este gran talento del teatro, la cultura y el cine, la serie de televisión permitió que más de 20 millones de colombianos disfrutaran de la obra de Santamaría, que fue traducida también al francés, italiano y el alemán, consagrándola en el firmamento de la literatura universal.

Rodrigo Silva Ramos fue un singular incomprendido, una prodigiosa inteligencia insular que desafiaba ideas y principios ajenos, subrayando muchas veces la terquedad de sus afirmaciones y creencias con un exquisito y fino humor. En ocasiones, oyéndole con deleite no sabíamos precisar donde terminaba el musico y donde comenzaba el ingenio burlón del humorista clásico, en lo que Gracian llamaba “especial ingenio”.

Cuando la terrible tragedia de Armero que sacudió violentamente nuestro espíritu y que lo sigue sacudiendo escribiendo este texto, sobre esa herida recién abierta de desolación y muerte, Rodrigo Silva como cantor de la comarca, llegando a las altas cimas de la desesperación, al estilo de E.M. CIORAN; lanzó su grito de protesta convertido en canción, reclamándole a Dios que a donde estaba, según el autor por no haber evitado semejante hecatombe.

Recordémoslo así:

RECLAMO A DIOS:

Vengo de recorrer el sufrimiento
Vengo de sentir el dolor
Vengo de compartir triste lamento
Vengo desde muy lejos
Y vengo a hablar con Dios

Perdón, Señor
Si te pregunto dónde estabas
Aquella noche
Que volteaste la mirada

No quisiste mirar hacia mi pueblo
Se lo llevó el dolor
Y el sufrimiento

No quisiste voltear hacia mi pueblo
Se lo llevó el dolor
Triste tormento

Aquel armero del pasado ya no existe
Nieves eternas
Se llevaron su recuerdo

Ya no existe el camino
Tan sólo se oye el eco
Del bastón y los pasos
Del abuelo

Y vengo a recordar aquella noche
Noche de llanto
De tristezas y nostalgias

Niños y viejos
Cayeron a tus plantas
Se fueron para siempre
Señor, ¿en dónde estabas?

Aquel Armero del pasado ya no existe
Nieves eternas
Se llevaron su recuerdo

Ya no existe el camino
Tan sólo se oye el eco
Del bastón y los pasos
Del abuelo

Y vengo a recordar aquella noche
Noche de llanto
De tristezas y nostalgias

Niños y viejos
Cayeron a tus plantas
Se fueron para siempre

 

SEÑOR, ¿EN DONDE ESTABAS?

Esta canción RECLAMO A DIOS, produjo tantas y dispares reacciones en la opinión pública, que se enfrentaron corrientes de fanatismo religioso, rebeldía intelectual y política, ateísmo, incredulidad e iluminada fe en la sociedad tolimense de aquel tiempo.

En los extremos de la polarización en torno a la canción de Rodrigo Silva estaban quienes pedían obsesivos la excomunión del artista, y quienes, proclamando su condición de ateos o de agnósticos, aplaudían con fervor el arte musical de nuestro paisano, y pedían consagrarlo como el himno de Armero.

Venturosamente, el Arzobispo de Ibagué Monseñor José Joaquín Flórez Hernández, prelado ecuánime, profundamente humano, y conectado con las vivencias de su feligresía, desoyó los clamores rabiosos de quienes pedían la excomunión del excelso musico. Esta es una anécdota para la memoria histórica y la canción, “Reclamo a Dios,” es una sublime obra artística y musical, que permanecerá en la memoria emocionada de tolimenses y colombianos, para siempre.

Con la convicción serena de que el historiador debe ser ante todo  un investigador objetivo del pasado, unido a la virtud de defender la verdad con fuerza y coraje, asistido de imparcialidad en su pluma, hemos tratado de escribir estas líneas para la Academia de Historia del Tolima, a la cual pertenecemos con significativo orgullo. Quizá la circunstancia de tener, en algunos aspectos de lo narrado, la doble e inescindible condición de protagonista y académico, ha hecho más difícil este quehacer literario.

Lo hemos escrito con sangre, como lo proclamaba el genio alemán NIETZSCHE, teniendo a Armero en el centro de nuestra memoria agradecida y de nuestro corazón palpitante.

Ibagué el Bunde, mayo 24 de 2026

*Exministro de Estado, ExCongresista, director del diario El Cronista y Miembro de la Academia de historia de Cartagena de Indias y miembro de la Academia de historia del Tolima.

Siguenos en WhatsApp

Artículos Relacionados