Opinión
De los aduladores y la herrumbre de los Palacios
Por: Paola Heredia Hernández.
*Abogada de la Universidad Externado de Colombia, escritora y ensayista.
Continuando con la maraña de reflexiones tejida por Giordano Bruno, después de hablar del mago político y de su habilidad para conocer las pasiones humanas y servirse de ellas para crear vínculos en la política; ha llegado el turno de otro personaje que, desde tiempos inmemoriales, ronda los pasillos del poder. Sin más preámbulos, démosle paso al adulador.
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Bruno lo retrata con una precisión que 4 siglos después, conserva intacta su esencia. Los aduladores, “agrandan las virtudes modestas, disimulan los defectos, excusan los errores, reconducen las fechorías a razones de virtud; callando todo cautelosamente, para que su arte adulatorio no sea descubierto”.
El adulador, por lo tanto, es un personaje verdaderamente hábil. Si el “mago político” posee el arte de vincular a los demás, el adulador consigue algo todavía más difícil, vincular a quien vincula. Como dice Bruno, “es un indicio de superioridad cualitativa”. Y puede hacerlo porque incluso el mago es de carne y hueso, es preso de sus propias pasiones, vanidades y deseos, y es justamente allí, donde el adulador encuentra su lugar.
Primero observa. Descubre las inseguridades del gobernante, identifica aquello de lo que se siente orgulloso, aprende qué críticas lo irritan y qué palabras despiertan su complacencia. No necesita crear sus pasiones, le basta con descubrirlas y aprender a alimentarlas. Y entonces comienza a ofrecerle, cuidadosamente y para no ser descubierto, la versión de sí mismo que este quisiera que fuera cierta. Como cual titiritero, allí está el hilo del que tira el adulador: la necesidad de reconocimiento.
Sin embargo, en honor a la verdad, no fue Bruno el primero en advertirlo. Al menos entre los textos que he tenido la oportunidad de leer, desde Platón encontramos reflexiones sobre los peligros de la adulación, pero fue Plutarco quien dedicó todo un tratado a una pregunta que siempre debería inquietar a cualquier gobernante ¿Cómo distinguir a un adulador de un amigo?
Su advertencia es clara: el adulador es difícil de reconocer precisamente porque imita la amistad; se acomoda a nuestros gustos, comparte nuestras inclinaciones y procura agradarnos. Pero la distinción no es tan sencilla. Plutarco advierte que el adulador hábil puede incluso imitar la franqueza del amigo, contrariarnos, censurarnos o decirnos algo desagradable cuando ello le sirve para conservar nuestra confianza. Por eso, la diferencia no está simplemente en que uno agrade y el otro incomode, sino en la finalidad que persigue cada uno. El amigo puede agradarnos o contrariarnos, pero procura nuestro bien; como el médico que unas veces ofrece un remedio agradable y otras uno amargo, no por el gusto o el disgusto que produzca, sino porque busca aquello que le convenga al paciente. El adulador, en cambio, puede complacernos o incluso censurarnos, pero procura, ante todo, permanecer cerca.
En su tratado, Plutarco los retrata con una comparación tan cruda como cierta: “así como los piojos abandonan el cuerpo cuando la sangre que los alimentaba pierde su vitalidad, los aduladores medran alrededor de los honores y del poder, pero desaparecen cuando cambia la fortuna”. En mi concepto, parecen oro, pero no lo son. No son leales al hombre, sino a aquello que el hombre representa mientras puede alimentarlos. Su lealtad no pertenece a la persona, sino al poder que esta encarna.
En los palacios siempre hay uno que otro libre pensador, educado y formado de esa manera. Un asesor que cuestiona una decisión, otro que advierte que las cifras son inexactas o están siendo maquilladas, alguien que se atreve a decir que una estrategia está fracasando. Pero si cada contradicción provoca molestia; si quien trae las malas noticias pierde acceso; si el crítico comienza a ser confundido con el enemigo y el complaciente con el leal; el entorno rápidamente aprende la lección y, al interior del palacio, cada uno empieza a aconductarse. Nadie tiene que ordenar la adulación. El poder se ha encargado de enseñar qué conviene decir, qué es mejor callar y, sobre todo, qué clase de lealtad será premiada.
Los aduladores comenzarán entonces a buscar -y casi siempre a encontrar- responsables externos para cada fracaso y méritos propios para cada victoria. Los más sofisticados ni siquiera necesitarán mentir. Les bastará con seleccionar: suavizar la mala noticia, esconder la cifra incómoda, procurar que aquella investigación nunca llegue al despacho o controlar la narrativa para que los desaciertos del gobernante no encuentren eco en su pueblo.
Así, casi imperceptiblemente, el poderoso deja de recibir la realidad y empieza a recibir una versión editada de ella, cuidadosamente diseñada por el adulador para alimentar el narcisismo del gobernante. Llega un punto en que el adulador pasa de ser quien simplemente adula a convertirse en quien le administra el espejo a través del cual el gobernante se admira a sí mismo. Después de escuchar durante suficiente tiempo que sus decisiones son acertadas, sus virtudes extraordinarias y sus errores responsabilidad de otros, el gobernante empieza a interiorizar aquella representación. Ya no necesita que alguien le diga que siempre tiene razón. Ya simplemente lo sabe. La adulación que durante meses llegó desde afuera, termina instalada dentro de su cabeza. Ha aprendido a mirarse con los ojos de quienes lo adulaban.
Es precisamente esa repetición, silenciosa y persistente, la que vuelve tan peligrosa la adulación. Se parece más a la corrosión que al veneno. El veneno evoca un instante; en cambio, la herrumbre necesita tiempo. Una pequeña mancha de óxido parece incapaz de destruir el metal. Pero la corrosión trabaja en silencio, debilitando ese metal mientras conserva, durante algún tiempo, su apariencia de solidez.
Aun así, sería demasiado fácil responsabilizar únicamente al adulador. Maquiavelo, que conocía bastante bien los peligros de los palacios, dedicó el capítulo XXIII de El príncipe precisamente a Cómo huir de los aduladores, lanzando una advertencia que devuelve buena parte de la responsabilidad al gobernante. Un príncipe prudente debe rodearse de hombres de buen juicio, permitirles decirle la verdad, escuchar sus opiniones y, finalmente, decidir por sí mismo. De ahí su conclusión: “es conveniente que los buenos consejos, vengan de quien vinieren, nazcan de la prudencia del príncipe y no la prudencia del príncipe de los buenos consejos”.
El gobernante no es una víctima indefensa de quienes lo rodean. Todo adulador necesita tierra fértil; pero también todo gobernante decide cuánto espacio concede a quienes confirman sus certezas y cuánto a quienes se atreven a contradecirlas. Por eso, aunque los aduladores jamás desaparecerán, y de hecho nunca han desaparecido, el gobernante sí puede contrarrestarlos construyendo a su alrededor un espacio donde la verdad pueda ser dicha y escuchada sin ser castigada.
Un palacio lleno de aduladores no habla solamente de quienes rodean al gobernante; también dice mucho acerca del gobernante que ha decidido rodearse de ellos. Plutarco ya había advertido, evocando a Platón, que el amor propio nos convierte en nuestros primeros aduladores y abre así la puerta a los aduladores de afuera. Siglos después, Erasmo lo expresó todavía con mayor claridad. En Educación del príncipe cristiano, escribió: “Platón advirtió sabiamente que el tipo más peligroso de adulación se da cuando uno mismo es su propio adulador y, por ello, se muestra fácil con los demás aduladores, porque ya él personalmente lo hacía por propia iniciativa”.
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Al final, cada poderoso tiene algo que ver con los ecos que resuenan en sus propios pasillos. Ningún palacio se llena de aduladores por accidente.
Posdata para un querido gobernante: cuando la pirita (oro falso) ha ocupado el lugar del oro y la contradicción ha desaparecido del palacio, la herrumbre ya lleva bastante tiempo trabajando desde dentro.
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