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La reconstrucción moral de la educación
Por Edgardo Ramírez Polanía.
La educación siempre ha situado al ser humano en el centro del desarrollo social, tanto es así, que sin ella no hubiera sido posible el humanismo que fue la base del avance de las letras humanas y el desarrollo de la ciencia, habiendo rechazado el dogmatismo y la arbitrariedad, abriendo las posibilidades de la libertad y la comprensión de los valores éticos y humanos para la vida en sociedad.
Un buen ejemplo de este criterio está en un breve cortometraje que circula en las redes sociales titulado “Sorry” (Lo siento). Se difundió como una producción realizada en Albania hacia 2020 y tiene una duración aproximada de tres minutos y cincuenta y cuatro segundos y su valor no reside en los premios que se le atribuyen, sino en la poderosa lección humana que transmite.
La historia es sencilla. Un niño llega tarde todos los días a la escuela. El maestro, convencido de que se trata de un alumno irresponsable, le impone un castigo ritual, que es extender la mano para recibir el golpe de una regla. La escena se repite una y otra vez hasta que, por azar, el profesor descubre la verdad. Antes de acudir a clases, el pequeño dedica parte de la mañana a cuidar de una anciana desamparada. Comprende entonces que detrás de cada retraso había un acto silencioso de amor y de sacrificio.
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Al día siguiente, el niño entra nuevamente al salón. Sin decir una palabra, extiende la mano para recibir el castigo acostumbrado. El maestro, conmovido por el peso de su propia injusticia, no levanta la regla. En cambio, coloca su propia mano frente al niño, como si el verdadero castigado fuera él mismo. Es un gesto profundamente simbólico; quien debía corregirse no era el alumno, sino el educador que había juzgado sin conocer la realidad.
Pocas escenas condensan con tanta fuerza una verdad pedagógica, que la autoridad sin comprensión degenera en arbitrariedad. Educar nunca ha consistido en humillar, intimidar o imponer obediencia mediante el temor. El verdadero maestro no es quien inspira miedo, sino quien despierta confianza; no quien disfruta del castigo, sino quien convierte el error en una oportunidad de aprendizaje.
Durante décadas, muchos maestros de nuestros países confundieron disciplina con severidad. Hubo maestros que hicieron del reglazo, la humillación pública o de la amenaza de perder el año escolar un método de enseñanza. No pocas veces castigaban por llegar tarde, por no llevar una tarea o por una simple distracción, sin preguntarse si aquel niño había desayunado, si tenía zapatos adecuados para caminar varios kilómetros o si cargaba sobre sus hombros responsabilidades impropias de su edad.
Más grave aún fue cuando algunos docentes hicieron del poder un instrumento de vanidad. La autoridad dejó de ser servicio para convertirse en demostración de fuerza. Aprobar o reprobar estudiantes pasó a entenderse, en ciertos casos, como una exhibición de rigidez y represalia, antes que una responsabilidad ética. El alumno dejó de ser una persona en formación para convertirse en un expediente o en un número dentro de un registro académico.
Los grandes pedagogos han enseñado exactamente lo contrario. Educar significa orientar, descubrir capacidades, despertar la curiosidad intelectual y acompañar el crecimiento moral del estudiante sin imposición de dogmas. La escuela no debe fabricar individuos obedientes por miedo, sino ciudadanos libres por convicción que tengan sentido crítico y reflexivo para analizar los acontecimientos de la sociedad.
Un buen maestro va mucho más allá de transmitir conocimientos. Inspira, escucha, comprende y adapta su enseñanza a las circunstancias de cada alumno. Debe saber que detrás de un bajo rendimiento puede haber hambre, enfermedad, violencia intrafamiliar o profundas dificultades emocionales. Por eso, antes de sancionar, debe procurar entender. Antes de condenar, investigar y antes de señalar, acompañar y no dejar relegado al alumno porque es un acto de irresponsabilidad.
Esta reflexión cobra especial interés en momentos en que el país debate el rumbo de su sistema educativo. Según los anuncios públicos del presidente electo Abelardo de la Espriella, la persona designada para asumir el Ministerio de Educación ha planteado como propósito impulsar una “reconstrucción moral y académica de nuestras aulas”. Ese objetivo merece ser examinado a la luz del nuevo sistema escolar qué significa esa frase. Convendría conocer si el mensaje envuelve una porción grande o pequeña, de verdad y si está orientada hacia la cultura y el avance de la educación, donde han existido muchos años de luchas del espíritu, de la inteligencia, de la razón, para conformar esas conquistas educativas.
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Si esa reconstrucción implica fortalecer el respeto por el maestro, elevar la calidad académica, recuperar la cultura del esfuerzo y formar ciudadanos responsables, será una aspiración valiosa. Pero si llegara a confundirse con un retorno a modelos de dogmatismo religioso, que contribuyó al atraso nacional, o la autoridad basada en el temor o en el castigo desproporcionado, se correría el riesgo de repetir errores que la pedagogía contemporánea ha procurado superar. La excelencia educativa no depende de la dureza del castigo, sino de la calidad del ejemplo.
Desde luego, que han existido errores del parte de los gobiernos en atender los reclamos de las universidades públicas y de los maestros por la falta de una política de Estado a largo plazo, unida la politización y la falta de una formación integral y no solamente un sistema educativo privilegiado.
Quizá por eso el pequeño cortometraje “Sorry” continúa conmoviendo a millones de personas. Nos recuerda que la educación comienza allí donde termina el prejuicio. Que ningún maestro conoce toda la historia de sus estudiantes. Y que, antes de corregir una conducta, conviene comprender la vida que la explica.
La verdadera autoridad del maestro no nace de la regla que sostiene en la mano, sino de la confianza que inspira en sus alumnos. Ningún alumno recuerda con gratitud al profesor o al padre que lo humilló; recuerda, en cambio, a aquel que creyó en él cuando nadie más lo hacía, porque la disciplina tiene sentido cuando nace del respeto mutuo, no cuando es fruto de la intimidación.
Porque la institución educativa no fue creada para producir miedo, sino esperanza. Y el mejor educador no es quien deja la marca de una regla sobre una mano infantil o hace perder un año, sino quien deja una huella imborrable de humanidad en la conciencia de sus alumnos.
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