Opinión
EL TIEMPO DE LA TIERRA
Por: Paola Heredia Hernández, abogada de la Universidad Externado de Colombia, escritora y ensayista.
Entre sus páginas, Gonzalo Palomino Ortiz, profesor de la Universidad del Tolima y uno de los pioneros del ambientalismo en Colombia, quien falleció en el año 2018, dejó una reflexión que, considero, estará siempre vigente:
“Este artículo nace ante la necesidad de establecer un puente entre la Geología y la Ecología, entre la catástrofe y la esperanza.”
Palomino encontró en la Geología la explicación de aquellos procesos naturales de la Tierra que pueden desencadenar una catástrofe para el ser humano, y en la Ecología, la posibilidad de comprender nuestra relación con esos procesos y aprender a convivir con ellos. Allí estaba, precisamente, el puente entre la catástrofe y la esperanza. Sin embargo, su mirada no se detuvo en la catástrofe; estuvo puesta en el futuro. Se dirigió a las nuevas generaciones, a quienes, según advertía, les correspondería reconstruir el mundo después de una fase catastrófica, y nos situó a todos frente a una encrucijada: seguir construyendo un mundo marcado por el afán desesperado de bienes materiales o empezar a transformar nuestro estilo de vida para hacerlo más armónico con el entorno.
Han pasado 40 años. Y quizás valga la pena preguntarnos cuánto hemos avanzado en cruzar aquel puente.
Pocas sociedades han llegado a sentirse tan dueñas del mundo como la nuestra. Medimos el clima, desviamos ríos, perforamos montañas, fracturamos las profundidades de la Tierra para extraer sus recursos, levantamos ciudades de millones de habitantes, construimos edificios que desafían las alturas, observamos el planeta desde satélites, desarrollamos modelos capaces de anticipar huracanes, sequías e inundaciones y llevamos en nuestros propios teléfonos sistemas que nos alertan cuando la Tierra comienza a moverse.
La ciencia nos ha permitido comprender cada vez mejor el mundo en el que vivimos y a valernos de ese conocimiento para hacer nuestra vida más segura, más larga y, en muchos sentidos, más fácil. Pero quizás en algún punto comenzamos a confundir 2 cosas muy diferentes: una cosa es comprender la naturaleza y otra, muy distinta, pretender dominarla.
Entonces, la Tierra se mueve, como pasó esta semana en nuestro país, dejando nuevamente dolor y pérdidas a su paso. Y bastaron solo unos segundos para recordarnos lo frágiles que somos. Toda nuestra capacidad. Toda nuestra tecnología. Toda nuestra sensación de dominio se esfuma.
Pero reconocer nuestra fragilidad no significa asumir que estamos indefensos frente a los procesos de la naturaleza. En ese mismo libro, Olga Alicia Nieto Cárdenas sostenía que un desastre tiene 2 componentes: el fenómeno natural y la vulnerabilidad social. El primero puede escapar a nuestro control; el segundo, en cambio, depende también de las condiciones que construimos como sociedad. Y creo que es justamente allí donde comienza nuestra responsabilidad.
Durante décadas la gestión del riesgo ha sido más de reacción que de prevención. Según cifras oficiales, entre 2011 y 2023 la inversión pública en gestión del riesgo en Colombia alcanzó los $97,8 billones a valor constante; el 82 % de esos recursos se destinó al manejo de desastres, mientras apenas el 13 % se orientó a la reducción del riesgo y el 2 % al conocimiento. Como sociedad, hemos destinado muchos más recursos a actuar después de la catástrofe que a reducir nuestra vulnerabilidad antes de que esta ocurra.
No podemos impedir los sismos. Como explicaba Palomino: Colombia se encuentra sobre la placa Suramericana, que se desplaza hacia el occidente a una velocidad aproximada de entre 4 y 6 centímetros por año, mientras la placa de Nazca se mueve hacia el oriente unos 6 centímetros anuales y se introduce bajo los Andes. Ese mismo proceso dio origen al hermoso sistema montañoso que tenemos, del que nacen buena parte de nuestros ríos, ecosistemas y paisajes y sobre el cual se sostiene una parte esencial de nuestra biodiversidad.
Tampoco podíamos impedir la llegada de El Niño. Pero este, a diferencia del terremoto, no llegó sin avisar. Durante meses conocimos su evolución y las advertencias sobre sus posibles efectos. Podíamos haber estado preparados protegiendo las fuentes de agua, anticipándonos a los riesgos de incendios, preparando los sistemas energéticos, protegiendo los cultivos y fortaleciendo la capacidad de respuesta de las instituciones, de tal manera que pudiéramos reducir nuestra vulnerabilidad. Pero no lo hicimos, ni desde lo individual ni desde lo colectivo.
La naturaleza puede sorprendernos; lo que no debería sorprendernos es aquello que la ciencia llevaba meses advirtiendo. Nunca habíamos sabido tanto sobre la Tierra y, al mismo tiempo, nunca habíamos sido tan indiferentes frente a ese conocimiento como hoy. Incluso, en momentos en que la evidencia científica sobre el cambio climático es abrumadora, todavía existen dirigentes mundiales que la desconocen, la relativizan o adoptan decisiones públicas que hacen retroceder los acuerdos y esfuerzos alcanzados.
Y quizá allí se encuentre una de las paradojas de nuestra civilización. Tenemos instrumentos para observar la Tierra como ninguna otra generación pudo hacerlo, pero el conocimiento científico no garantiza que estemos dispuestos a escuchar. Quizás nuestro verdadero problema no sea que no podamos controlar la naturaleza. Quizás sea que todavía nos cuesta aceptar que no podemos hacerlo.
Podemos conocer. Podemos prevenir. Podemos adaptarnos. Podemos escuchar las advertencias. Lo que no podemos seguir haciendo es confundir nuestra extraordinaria capacidad para transformar el mundo con la capacidad de controlarlo.
40 años después, la encrucijada de la que hablaba Palomino sigue frente a nosotros: continuar construyendo un mundo marcado por el afán de dominar, transformar y consumir cuanto nos rodea, o aprender, finalmente, a vivir de una manera más armónica con el entorno del que también hacemos parte. La Geología nos recuerda que la Tierra tiene sus propios procesos, sus propios ciclos y sus propios tiempos. La Ecología nos recuerda que nosotros pertenecemos a ella y que nuestra supervivencia depende, en buena medida, de aprender a habitarla sin pretender dominarla.
Tal vez todavía tengamos tiempo de construir el puente que el profesor Palomino imaginó hace 40 años. Y tal vez allí encontremos la esperanza para aprender a habitar este planeta sin poner en riesgo nuestra propia supervivencia.
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