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Opinión

Del mago político y el balón

Del mago político y el balón

Por: Paola Heredia Hernández

*Abogada de la Universidad Externado de Colombia, escritora y ensayista.  


Un balón puede parecer una cosa minúscula. Eso dijo el Procurador cuando le preguntaron por los balones que el Presidente Abelardo entregó a los niños afectados por el terremoto en Buenaventura. Sin embargo, los balones tenían impresa la frase “Defensores de la Patria”, nombre del recién reconocido partido político del Presidente; palabras que hacen que el balón deje de ser un simple balón.

Para entender el porqué, viajaremos en el tiempo, más de 4 siglos atrás para encontrarnos con Giordano Bruno, un filósofo, astrónomo y religioso, quien fuera considerado hereje en su tiempo. En su libro De los vínculos en general, Bruno reflexionó sobre las fuerzas capaces de atraer, persuadir o influir en la voluntad de otro. En la maraña de reflexiones que él mismo tejió, aparece una figura sugestiva: “el vinculante”, aquel que sabe crear vínculos.

Para Bruno, quien quiera vincular a otro debe primero conocerlo: comprender su naturaleza, sus inclinaciones y aquello que puede moverlo. Dicho de una manera menos filosófica, para mover a alguien, primero hay que saber qué lo mueve. Y ahí Bruno empieza a parecerme bastante contemporáneo. No todos nos movemos por las mismas razones. A unos los moviliza la esperanza; a otros, el miedo; algunos buscan protección o reconocimiento; otros, la promesa del cambio o la necesidad de pertenecer a algo que los trascienda. El buen vinculante comprende esa diversidad. De hecho, Bruno sostiene que quien “sea hábil y afortunado en mayor número de cosas, ése cautivará más personas”.

Después de 4 siglos, resulta fácil encauzar las reflexiones de Bruno hacia la política de nuestro tiempo. Sobre todo, ante la transformación de las campañas electorales, cada vez más concentradas en construir verdaderos vinculantes: candidatos cuya personalidad, historia, familia, gestos, símbolos y hasta la manera como nombran a quienes los siguen, se convierten en instrumentos para llegar a distintos ciudadanos. El programa de gobierno sigue estando ahí, por supuesto, pero muchas veces el vínculo con el candidato se construye mucho antes de que el ciudadano conozca siquiera sus propuestas.

Por eso, a partir de aquí, acuño el término “mago político” para referirme a quien, desde la política, encarna al “vinculante” de Bruno: aquel que no solo persuade, sino que consigue crear vínculos. Porque persuadir no es lo mismo que vincular. Vincular significa alcanzar los deseos, los miedos, las frustraciones, las esperanzas y la imaginación de quienes escuchan.

Ese mago es capaz de reconocer las emociones dispersas de una sociedad y reunirlas alrededor de una figura, una narrativa o un símbolo. No porque haga magia ni porque quienes lo siguen estén bajo algún hechizo. Mucho menos porque los ciudadanos sean incapaces de razonar. La metáfora sirve para entender la doble cara del vínculo político: puede inspirar o exacerbar, unir o dividir, movilizar una sociedad alrededor de la esperanza colectiva o hacerlo alrededor del miedo, el resentimiento o la construcción de un enemigo común. De ahí la importancia de preguntarnos siempre hacia dónde pretende conducirnos quien crea el vínculo.

El “vinculante”, explica Bruno, dispone de 3 grandes puertas para alcanzar al otro: la vista, el oído y la mente o imaginación: “Si logra abrirse un paso por las tres puertas, vincula del modo más riguroso, estrecha sus lazos”.  Por los ojos entran las imágenes; por los oídos, las palabras; y es en nuestra imaginación, donde unas y otras adquieren significado. Quizá por eso los símbolos utilizados en la política suelen ser extraordinariamente sencillos. Una bandera. Un color. Una gorra. Un puño. Una canción. Una palabra. Un animal. Un tigre.  

Si lo ponemos en contexto, fijémonos en el tigre: no necesitó explicar una política pública. Su sola presencia comunicó antes de argumentar. Irradió fuerza, coraje, autoridad, ferocidad, protección. Y no todos vieron lo mismo. Unos ven al tigre protector; otros, al depredador; algunos ven fuerza; otros, autoridad. Incluso, los que vamos tras sus huellas vemos que el tigre ya no está solo: ahora tiene su propia manada, un partido con vocación de trascender hacia una organización no de simples militantes, sino de defensores de algo que permanece: la patria.

Y entonces aparece un balón. Y Bruno añade algo más: los vínculos también pueden servirse de objetos y gestos, pero su fuerza depende de quién los recibe y del momento en que lo hace: “nada es susceptible al vínculo si no está predispuesto del modo más conveniente”.

Volvamos a Buenaventura. Una tragedia no es una circunstancia cualquiera, y un balón, para un niño, tampoco es un objeto cualquiera. La pregunta es entonces: ¿qué ocurre cuando, en un momento de vulnerabilidad, las palabras “Defensores de la Patria” quedan asociadas a un objeto capaz de despertar alegría, ilusión y esperanza?

La emergencia pasará. Los medios de comunicación dejarán de hablar del terremoto. Pero el objeto permanecerá. Algunos de esos balones seguirán rodando por Buenaventura y, con ellos, también aquellas palabras. Quizás allí comprendamos por qué algo puede ser minúsculo en su materialidad, pero enorme en su significado.

No todo símbolo puede entenderse como manipulación. La política siempre ha necesitado símbolos: la derecha y la izquierda, los gobiernos y las oposiciones, las revoluciones y las democracias. Los seres humanos también construimos comunidades a través de imágenes, relatos, rituales y palabras. El problema no son los símbolos. El riesgo está en que operen sobre nosotros sin que seamos conscientes de ello.

Más de 4 siglos después, rodeados de encuestas, algoritmos, redes sociales, consultores políticos y sofisticadas estrategias de comunicación, seguimos entrando, como escribió Bruno, por puertas sorprendentemente antiguas: los ojos, los oídos y la imaginación.

Por eso, quizás el mejor antídoto frente al “mago político”, ya sea que ejerza su influencia en el ámbito internacional, nacional o territorial, consiste en aprender a reconocer sus símbolos. Preguntarnos qué emociones nos despiertan, qué historias cuentan, qué identidades construyen, qué fronteras trazan entre “nosotros” y “ellos” y, sobre todo, hacia dónde pretenden conducirnos.

Puede que el Procurador tenga razón y aquellos balones sean un asunto minúsculo para la Procuraduría. Pero Bruno nos enseña que un vínculo no necesita ser grande para ser poderoso. A veces cabe en una palabra. A veces, en un animal. Y a veces, incluso, en un balón. 

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