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El derecho a opinar

El derecho a opinar

Por Carlos Alberto Estefan Upegui
Exgobernador del Tolima


«El hombre de talento es naturalmente inclinado a la crítica, porque ve más cosas que los otros hombres y las ve mejor». Montesquieu.

Opino, no discuto. Tan respetable es la opinión del otro como la mía, entonces trabar una discusión sobre lo que piensa y diga alguien debido a que no piensa igual a mí, o se me exija aceptar lo que otro diga simplemente porque él considera que debe ser así, me parece desobligante, oprimente y antipático y solo aplica para quienes ejercen la subordinación o sujeción al dominio de alguien, o por el rigor institucional como es el caso de la disciplina militar donde se obedece y no se discute.

En política se delibera, pero hay disciplina, existen normas que cumplir y parámetros a seguir. Sin embargo, la subordinación tiene un límite, sobre todo en el caso del libre pensador quien “forma sus opiniones sobre la base de la razón, independientemente de la religión, la tradición, la autoridad o de creencias establecidas.”

Conservar la serenidad es importante, si pierdes el control pueden manipularte, además de estropear la charla por estar alterado.

Sucede cuando el interlocutor en vez de centrarse en el argumento, ataca a la persona valiéndose de insultos o agravios (""falacia ad hominem" o “contra el hombre”).

La experiencia y el conocimiento con el paso de los años también hacen ver las cosas con más claridad, llegándose a preferir conservar un amigo que ganar una discusión.

Hoy día, la libertad de expresión en redes sociales ha generado una sana competencia por la divulgación de la verdad antes únicamente en manos de los medios de comunicación, utilizados en la época actual para conseguir beneficios específicos, más que para orientar y conducir la opinión en beneficio de la comunidad.

Entre tanto, mientras la capacidad para discernir sea una virtud que conduzca a obrar con certeza moral, total fortaleza y tranquilidad de conciencia, allá cada quien dependiendo del medio al que recurra para informarse, veraz o no.

En contrapeso a través de esos mismos canales hay quienes posando de inspiradores de las buenas costumbres, sin tener méritos para ello, estimulan pasiones y sientan cátedra de ética.

Siendo quienes se creen únicos facultados para hacerlo, habiendo de por medio un interés velado para su propio provecho.

Se disgustan con quienes no comparten sus planteamientos, como si hubiese que pedirles «permiso para opinar».

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