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Opinión

Oviedo, un ‘bicho raro’ en la corte de Álvaro Uribe

Oviedo, un ‘bicho raro’ en la corte de Álvaro Uribe

Por Gullermo Pérez Flórez


Juan Daniel Oviedo ya tiene ganado un espacio político en Colombia. Lo ha hecho a pulso, con méritos propios, sin valerse de privilegios. Y eso, en un país donde la única ley que se cumple con rigor es la de Arquímedes —quien descubrió el enorme poder de las palancas—, es mucho decir. No reconocerlo sería mezquindad con quien en estas elecciones ha emergido como la estrella política en ascenso.

Para entender el asunto hay que volver a su origen. Corrían los días más oscuros de la pandemia. El país estaba confinado, la atmósfera cargada de miedo y pesimismo, y cada mañana el director del DANE madrugaba a las pantallas a decir lo que nadie quería escuchar: que el desempleo estaba disparado, la pobreza en ascenso y la economía se derrumbaba minuto a minuto. Ser el jefe de la entidad que produce las estadísticas no hace popular a nadie. Menos si el papel es mostrar las cifras de una pandemia: el número de muertos, los nuevos pobres, los más recientes desempleados y las llagas de vieja data, como la informalidad o el millón de personas sin acceso a agua potable. Una realidad que puso en evidencia la necesidad impostergable de un cambio de rumbo. Sin proponérselo, Oviedo le dio sustento cuantitativo al discurso de Gustavo Petro. 

En junio de 2021 entrevisté a Oviedo en mi podcast ‘Perezcopio’ para hablar de la situación social del país, y de manera particular del Tolima. Entregó cifras dramáticas, sin edulcorarlas. Reveló que en Ibagué la pobreza monetaria había llegado al 43,2 % en 2020 y la pobreza extrema cuadruplicado al pasar del 3 % al 13,2 %. Las estadísticas eran de espanto. Pero había algo en su forma de comunicarlas que rompía el código de la tecnocracia fría. En sus labios adquirían densidad moral. No las anunciaba como quien lee un boletín: las contextualizaba, las humanizaba, las cargaba con la urgencia del que sabe que detrás de cada punto porcentual hay personas. Como lo hizo cuando habló del aumento de embarazos en niñas entre los 10 y 14 años, lo cual atribuyó al confinamiento forzado con tíos y padrastros abusadores. Anunciar eso no era dar una cifra. Era denunciar una tragedia silenciosa. Se convirtió en una conciencia incómoda.

Así conoció Colombia a Oviedo. Y ese perfil lo llevó a convertirse en un actor político. Su enfoque, basado en evidencia más que en discursos ideológicos, refleja a un ser pragmático. En un país donde la política ha sido durante décadas un campo de trincheras irreconciliables, ese pragmatismo resulta casi exótico.

Una nueva forma de ver la política 

Oviedo no es un hombre ideologizado. Me apoyo en la biología y digo que tiene rasgos que inducen a pensar que pertenece al reino animal, pero otros querrán ubicarlo en el vegetal. Habrá que crear, pues, una nueva categoría, como sucedió con los hongos, para poder clasificarlo. Por eso no cabe en las matrices clásicas de derecha e izquierda, ni liberal ni conservador ni neoliberal ni socialdemócrata. Es, además, un excelente comunicador. 

Cuando Abelardo de la Espriella se burló de él con un comentario homofóbico, le respondió con aplomo: “Si no respetas una voz distinta, no estás listo para representar a todas”. Esa frase no fue la de un candidato gay que pide tolerancia, sino la de un ciudadano que exige coherencia. Dejó a De la Espriella como un troglodita. 

Y es ahí, precisamente, donde reside el nudo político más interesante —y más tenso— de la fórmula Valencia-Oviedo. El Centro Democrático es un territorio hostil para alguien como él. Se lo dije hace tres semanas en una entrevista que tuvo a bien concederme, para un artículo que estaba escribiendo: “Está en el lugar equivocado”. Uribe se tomó esa coalición, le dije. “Uribe no es el vocero de la gran consulta. Asumir eso es legitimar el prejuicio. Yo creo en el diálogo entre diferentes”, me respondió.

La cuestión es que ese es un partido de posturas conservadoras y no ha tenido en su agenda la protección del colectivoLGBTQ+. Adicionalmente, fue el responsable del NO en el plebiscito por la paz de 2016. Un plebiscito que el uribismo ganó con mentiras, generando ira y miedo entre los electores. Ese sector argumentó —valga recordarlo— que el Acuerdo de Paz con las Farc convertiría a los niños en homosexuales: uno de los episodios más bochornosos de nuestra historia reciente y, a la vez, uno de los más eficaces electoralmente. Fue tanta la presión del momento que el presidente Santos les entregó la cabeza de su ministra de Educación por publicar una cartilla de orientación sexual. 

Y ahí surge una contradicción para las partes, que dejaría de serlo si existiera un acuerdo en torno a un propósito o programa que vaya más allá de lo puramente mecánico y electoral.

Matrimonio por conveniencia 

El uribismo no ha cambiado sus posiciones. Sigue difamando el proceso de paz y la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP), de la cual es partidario Oviedo. Fue él mismo quien subrayó esa diferencia. Paloma Valencia contestó con franqueza que no iba a cambiar de posición. Y Uribe, zorro curtido en mil batallas, pidió hábilmente no culparla por sus errores. Se llegó así al ‘matrimonio’, ya lo sabemos. Lo que no conocemos son las capitulaciones. 

Oviedo atraerá electores que nunca votarían por Valencia sola. Y es posible que modere, al menos en apariencia, el perfil de una coalición encerrada en su propio radicalismo antipetrista. De allí que ella hable ahora de atraer sectores petristas. Los más dogmáticos del uribismo, preferirían a De la Espriella o a Miguel Uribe, y mirarán la alianza con desconfianza. Para ellos, Oviedo representa mucho de lo que el uribismo ha combatido. Es posible que hoy se alejen de la dupla Paloma-Oviedo. Pero también es muy probable que tengan que volver si, como parece factible, pasan a segunda vuelta junto con Iván Cepeda y Aída Quilcué.  

La pregunta aún sin respuesta es cuánto duraría la luna de miel entre ella y él. Una cosa es compartir tarjetón y otra muy distinta cohabitar en el gobierno. Quien no me crea que le pregunte al presidente Gustavo Petro y a la vicepresidenta Francia Márquez. Si la fórmula llega al poder, esa cohabitación entre una candidata forjada en la ortodoxia uribista y un vicepresidente ecléctico, que hace de los datos su religión y de la moderación su bandera, promete ser, como mínimo, tormentosa.

Lo que promete el futuro

Oviedo es el eslabón débil. Detrás de él no existe un partido político ni un senador ni una organización social que pueda cuidarle la espalda. Es la vieja historia del muchacho inteligente pero pobre que se casa con una niña rica y caprichosa. Todos sabemos qué ocurre cuando el suegro se cansa de las extravagancias del yerno. Y quién termina desplumado. 

Quizás sea oportuno recordar al menos uno de los sabios consejos políticos que Don Quijote le dio a Sancho Panza al abandonar la corte de los duques: “La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos… por la libertad, así como por la honra se puede y debe aventurar la vida”. Oviedo haría bien en releer ese pasaje.  

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