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Opinión

Cuando un filósofo nos recuerda cómo educar

Cuando un filósofo nos recuerda cómo educar

Por Carlos Hernán Mora Gómez.

*PhD. En educación y sociedad. Rector Institución Educativa Colegio de San Simón

A veces una noticia que parece lejana termina tocando el corazón mismo de nuestro oficio.  Eso me acaba de ocurrir con el fallecimiento del filósofo alemán Jürgen Habermas. Ese mismo día recibí un mensaje de un gran amigo, pedagogo, colega rector y mentor: Tobías Rengifo. Su mensaje no era un tratado de filosofía ni una larga explicación académica. Era una reflexión breve, de esas que obligan a detenerse un momento y pensar. Tobías me escribió:

“ Carlitos, Habermas es el filósofo que nos ayudó a pensar en que la razón universal hegeliana, tan responsable de la  homogenización del pensamiento occidental, debe dar paso a la razón dialógica y a la razón comunicativa, a partir de  desarrollar nuestra capacidad argumentativa.


Con base en Habermas, en la práctica de su pensamiento filosófico, seríamos capaces de convertir el disenso en un espacio de creatividad comunicativa, desplazando la polarización —tan llena de violencias y odios políticos— y desarrollando un gran afecto por la argumentación.

Imagínese esta capacidad argumentativa bien desarrollada en los maestros y estudiantes…Esa sería la mejor revolución. Un abrazo, Carlitos.”

Confieso que, al terminar de leerlo, me quedé pensando largo rato en la fuerza de esa idea. Porque, en el fondo, no se trata solamente de una reflexión sobre un filósofo alemán. Lo que Tobías estaba poniendo sobre la mesa era algo mucho más cercano: una manera distinta de entender el papel de la educación en la sociedad.

Voy a intentar explicarlo de manera fácil de comprender, haciendo un pequeño ejercicio de transposición didáctica. A veces la filosofía parece distante o compleja, pero cuando la acercamos a la vida cotidiana descubrimos que está hablando de asuntos profundamente humanos.

Durante mucho tiempo, muchas corrientes del pensamiento occidental creyeron que la razón funcionaba de una forma muy particular: alguien tenía la verdad, la explicaba y los demás la aceptaban. Algo así como una verdad que bajaba desde arriba y que los demás simplemente debían asumir. Habermas propone algo distinto. Dice que la verdad no aparece porque alguien tenga más poder, más autoridad o un cargo más alto. Tampoco porque alguien hable más duro que los demás. La verdad, en buena medida, se construye cuando las personas dialogan, argumentan y se escuchan mutuamente.

Eso que parece tan sencillo es lo que él llamó “racionalidad comunicativa”. Dicho de manera muy simple: la razón no está solamente en la cabeza de alguien. La razón aparece cuando conversamos con argumentos. No gana el que grita más fuerte, no gana el que tiene más poder. Gana el mejor argumento. Si uno mira el mundo de hoy encuentra algo curioso: la gente discute mucho, pero argumenta poco. Se opina con ligereza. Se descalifica con rapidez. Se polariza con enorme facilidad. Pero rara vez se escuchan razones. En lugar de argumentos aparecen insultos. En lugar de diálogo aparece confrontación. Y así terminamos atrapados en discusiones que no conducen a nada. Por eso la reflexión de Habermas sigue teniendo tanta vigencia.

Él planteaba algo profundamente inteligente: el desacuerdo no es el problema. Las sociedades sanas tienen desacuerdos. Las aulas sanas tienen desacuerdos. Las comunidades que piensan tienen desacuerdos. El problema aparece cuando no sabemos discutir esos desacuerdos.

Cuando sabemos argumentar, la discrepancia deja de ser una pelea y se convierte en una oportunidad para pensar mejor.  En medio del debate aparecen nuevas ideas, se afinan los puntos de vista y se pueden construir acuerdos más inteligentes. Y aquí es donde esta reflexión toca directamente el mundo de la educación. Imaginar esa capacidad argumentativa bien desarrollada en maestros y estudiantes sería, en efecto, una verdadera revolución. 

Porque si uno lo piensa con calma, la escuela debería ser precisamente eso: un lugar donde aprendemos a argumentar. No solamente a repetir contenidos, no solamente a memorizar respuestas, sino a hacer algo mucho más importante: aprender a sustentar lo que pensamos, escuchar razones distintas, cambiar de opinión cuando aparece un argumento mejor y discutir sin necesidad de destruir al otro. 

En otras palabras: aprender a pensar juntos. Tal vez una de las tareas más importantes de la educación hoy sea precisamente esa: formar personas capaces de dialogar, de deliberar y de argumentar con respeto. Porque una sociedad donde las personas saben argumentar es una sociedad donde los conflictos no se resuelven con violencia. Se resuelven con razones.

Por eso, al releer el mensaje de mi amigo Tobías, comprendí que no solo estaba recordando a Habermas. También me estaba recordando algo esencial sobre nuestro oficio. Educar no consiste únicamente en enseñar contenidos. Educar también significa formar una cultura del diálogo, una ética de la escucha y un profundo respeto por la palabra argumentada. En medio de tanto ruido, de tanta polarización y de tanta prisa por imponer, Habermas nos deja una lección sencilla pero poderosa: el camino de la razón no es el monólogo, es el diálogo. Y llevado al terreno de la escuela, eso significa algo profundamente esperanzador: cada aula puede convertirse en un pequeño laboratorio de democracia.

Tal vez esa sea la verdadera revolución de la educación no la del grito, ni la de la imposición, sino la revolución silenciosa del argumento, de la palabra y del diálogo.

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