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El boga es el amo del río

El boga es el amo del río

Por: Edgardo Ramírez Polanía


Durante la época colonial, los españoles y encomenderos necesitaron transportar mercancías por el río Magdalena, y conformaron bogas negros e indios, que bajaban por el río en sus canoas hechas de balso.

El río Magdalena era inmenso y torrentoso. Sobre sus encrespadas ondinas, se veían en el centro de la corriente los bogas con serenidad en sus canoas que se movían como hojas al vaivén del río.

El boga era musculoso porque debía remar hasta 12 horas según la condición del rio y para empujar canoas, bongos, chalupas y grandes champanes construidos de madera y palma en el centro con excepción de la parte trasera y delantera donde iban los bogas remando hasta un mes a pleno sol.

El boga era el amo del río y manejaba la canoa con destreza, contra los remolinos y evadía con ligereza las ceibas de 20 toneladas que descuajaba el rio y avanzaban raudas por “el hilo” de la corriente. En cada remo imponía su lentitud o descanso que se consideraba su momento de libertad aunque la esclavitud estaba en plena vigencia.

Cuando el boga fue libre, la vega era su hogar. Allí tenía su casa hecha de bahareque y palma real, su chinchorro, la atarraya y las hamacas que tejía pacientemente con su amada para dormir con el resplandor de la luna y las estrellas sobre el río.

Al boga no le podía faltar su canoa, un machete y un perrero de guayacán, una rama en  forma de horqueta para cazar las serpientes venenosas que se deslizaran en los alrededores de su bohío.

En el puerto de la Caimanera en El Espinal, permanecían hasta 6 caimanes a la orilla a la hora del sol y atacaban a los bogas que bajaban con los plátanos, pero eran dominados por los bogas por su portentosa fuerza y con un trozo de madera vertical que colocaban entre sus  fauces o un garrotazo en su hocico.

En la pared de su bohío, mantenía su tiple con el cual entonaba y componía sus canciones mirando la luna sostenida por un monje invisible, escuchando el río y el ulular de los búhos, bajo cielos llenos de infinita dulzura.

Por el ruido del río, sabía cuando se iba a salir de cauce y lo atravesaba en su canoa con su familia para ubicarse en zonas altas, hasta esperar que bajara la corriente que identificaba colocando un madero enterrado en la orilla, que iba dando la cota del agua.

Cuando iba al mercado buscaba los perreros hechos de corazón de guayabo y guayacán curado con aceite y puesto al sol, que no le entraba el machete y le servía para defenderse y sacar corriendo cualquier animal feroz de monte

El  boga se echaba en su espalda un bulto de frutas y 2 racimos de plátanos por la fuerza que adquiría diariamente al empujar la canoa con pescado, y frutales o 30 racimos de plátano a solo canalete, porque considera que el motor contamina el río.

Antes de haber sido construido el puente sobre el río Magdalena en purificación, los bogas hacían una balsa de 30 M2 para 100 racimos de plátano que manejaban desde Purificación hasta Girardot, que era el lugar de mercadeo de sus productos. Allí vendían la balsa a bajo precio y se regresaban en vehículos llamadas “chivas”.

Los bogas del río Magdalena fueron el músculo anónimo del río y la herida abierta de la navegación de cuerpos indígenas arrojados a una faena interminable, empujando canoas hacia puertos lejanos bajo el sol implacable, sin atención de salud, ni servicios médicos y alejado de la civilización.

Su remo marcó el pulso del alto y bajo Magdalena, mientras su salud se extinguía en travesías, donde el daño ya estaba inscrito en la carne de quienes hicieron del río su condena y su destino, dejando en sus aguas una memoria de esfuerzo, dolor y silenciosa resistencia en la pesca y en el trasporte  sin que ningún gobierno se preocuparan por su destino.

El vasto escenario en que se desenvuelve esa especie de odisea natural en el río Magdalena, es, en cierta manera decisiva en nuestra civilización y cultura, formada por el aire, el agua, la atmósfera y los paisajes nativos con sus animales en los árboles y sus orillas y en las mismas entrañas del río.

El boga ha llevado a estudiosos a examinar sus costumbres y sus relaciones con el medio físico para establecer el progreso del esfuerzo anónimo, pero que ha sido un factor determinante, hasta cierto punto, del progreso de las ciudades a la orilla del río, que en épocas pasadas vivían de la pesca y el producto de la subienda, ante todo, en ciudades como Honda, Mompox, Puerto Berrío, Barrancabermeja y Calamar.

Con los champanes que navegaban por el Magdalena, quedó en la historia el recuerdo nítido, la belleza del paisaje, las guacamayas en lo alto de los almendros y los cedros, los micos y los pericos de todos los colores, que, aunque sea algo sencillo, son tal vez más eficaces para nuestras tradiciones ese hermoso río y dulce que es el río de la patria extendida, dejándose humedecer los flancos con el agua eterna.

El río Magdalena, fue para el país el medio de transporte primitivo, con los bogas, que llevaron los caballos traídos de Occidente, para que se abrirá la llanura y la montaña y entre el puerto de embarque y los pueblos de destino, la llegada de libros, artefactos alimentos y materias primas para la actual civilización.

Los bogas siguen siendo un ejemplo de fortaleza y persistencia y continúan remando donde no existen vías sino ríos.   El boga por su raza y fortaleza indomable ayudó a nuestra independencia, al desarrollo de nuestra economía.  Por esa razón se resiste en desaparecer y continúa siendo motivo de composiciones musicales y el amo del río.

Sin bogas no habría nación fluvial ni memoria navegable. El país les debe reconocimiento, justicia histórica y gratitud. Mientras el Magdalena siga corriendo, el boga seguirá remando en la conciencia de Colombia.

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