Columnistas
La edad adulta
Por: Edgardo Ramírez Polanía
Ese logro ha sido posible por el cumplimiento de su ética personal y social y la aceptación y superación de cada uno de sus logros y dificultades que determinan el éxito o el fracaso al final de su existencia.
Sin embargo, su modo de ver la vida no es tan fácil como se cree, porque está formada de experiencias, creencias, valores y miedos. No es joven, pero actúa como tal; no es ignorante, pero se deja convencer y engañar; y no es libre, ni el poderoso que dice ser, pero lo presume. Por esa razón, se equivoca en sus decisiones.
El joven de edad temprana, de los 17 a los 30 años, con músculos confiados y certezas arrogantes, es la reserva física de la sociedad que se va envejeciendo y por tal razón, debemos cuidarlos e inculcarles los mejores valores y conocimientos, porque en ellos, se instala una peligrosa falsedad; que todo puede esperar. Esperar el ahorro, esperar el estudio serio, esperar el orden financiero, esperar la disciplina, y hasta la continuación de la especie humana.
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Confunden el crédito con prosperidad y el consumo con el éxito. Se cree que el mañana se improvisa y que la estabilidad es una herencia automática del tiempo, que se espera con incertidumbre. Pero solo se dará cuenta de la realidad de la vida, después del fracaso, del dolor, de los éxitos o de la enfermedad.
El adulto temprano no debe cometer el error de creer que el tiempo es infinito. No postergar el estudio serio, no trivializar el ahorro y no vivir del crédito como si fuera ingreso. No confundir salario con prosperidad y asumir que la estabilidad llegará por inercia mientras se gasta por exigencias o por aparentar.
Nadie explica que las decisiones financieras de esos años son generalmente las que determinan la solvencia económica en épocas posteriores, que requieren del trabajo y el ahorro, y no los gastos sin medida porque se desea vivir en un estado económico que no lo permiten los verdaderos ingresos.
En esta etapa si no se tiene un trabajo, con estructura que le abra oportunidades, se le dificulta cumplir los compromisos del matrimonio y la educación de los hijos. Es la época de las mayores realizaciones porque las oportunidades siempre llegan.
En esa etapa es cuando la economía deja de ser un tema abstracto y se vuelve asunto doméstico. Se debe haber cotizado para las pensiones, terminar los estudios inconclusos y oficios mal aprendidos. La adultez media exige cabeza fría y cuentas claras. Se debe consolidar una base intelectual y financiera para no tener temor al futuro.
Es allí donde se revela la verdad económica. Quien no se preparó, paga. Quien no estudió, se estanca. Quien no ahorró, depende. Quien se divorció por dureza asume sus consecuencias. Y quien no entendió la economía básica de su hogar termina prisionero de las exigencias mensuales.
El adulto inmaduro generalmente culpa al sistema, al gobierno, la globalización, la mala suerte. Nunca a su desorden o falta de estudio. Desde luego, pesan los imprevistos, la falta de oportunidades de educación, la ayuda del Estado y hasta la suerte.
Y, sin embargo, se insiste en despreciar el estudio continuo. Se celebra en cambio, la ignorancia audaz y el atrevimiento sin respaldo. Nada más peligroso para una sociedad que adultos sin herramientas intelectuales para trabajar y para saber escoger sus gobernantes o administradores con conocimientos precisos y reales.
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La edad media del adulto de los 40 a los 60 años, es el momento de las realizaciones y la etapa de la sensatez y la previsión, generalmente es una etapa de desvíos efectivos y divorcios por incomprensiones, que posteriormente encauzan la vida a nuevas oportunidades.
El cuerpo empieza a enviar señales con los senos que pierden redondez y firmeza, el cabello que se encanece, o las arrugas y la calvicie que aparecen.
Los excesos e imprecisiones de esa etapa de la vida, pasan la cuenta de cobro sin prórrogas, y se la asocia algunas veces con el fracaso, pero son ajustes individuales que suceden y se superan si se tiene decisión y persistencia en la proyección de los sanos propósitos y la superación de las dificultades de esos mismos propósitos.
Al adulto de la edad media, la vida, le llega sin avisos y allí se descubre, con sorpresa, que las deudas no envejecen, que la falta de previsión no tiene justificación y que el mercado laboral castiga la improvisación con una crueldad silenciosa.
La edad adulta puede entenderse, durante gran parte de la historia humana, como la etapa de la vida en la que el valor y el reconocimiento de la persona están determinados por su capacidad funcional para trabajar, cumplir responsabilidades y aportar al bienestar de la familia y de la comunidad.
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Desde luego, quien vivió de aplazamientos y sin una renta descubre que, sin jubilación y sin preparación, está en una etapa de la dificultad, donde acusan los problemas de subsistencia del individuo. La jubilación es la salvación de gran parte de la sociedad. Sin embargo, los gobiernos la gravan con impuestos infames.
Y la vejez o “adulto mayor”, de los 60 a los 80 años, se encuentra en un momento en que esa palabra se pronuncia en voz baja como si fuera una culpa de última instancia ante un tribunal final. Es una etapa en que se han cumplido con las obligaciones laborales y la educación de la familia. Allí se rinden cuentas, no tanto ante el Estado o la familia, sino ante uno mismo, con grandes experiencias para ofrecerlas a quien las necesite.
La ancianidad que es la etapa final de la vida de los 90 a los 100 años y la muerte, se llega si previamente ha tenido una vida sana y generalmente está acompañada de diferentes dolencias físicas, pero de un inmenso laboratorio de fórmulas para resolver los intrincados problemas de la vida si la mente funciona bien.
No hay mayor acto revolucionario para reivindicar que la adultez. Decir sin complejos que prever no es cobardía, que ahorrar no es tacañería, que estudiar no es una exclusividad y que ordenar la vida económica es un deber moral. La adultez bien llevada no elimina los sueños sino los vuelve posibles.
Un país lleno de adultos inmaduros que no tienen sentido de análisis de los asuntos públicos termina convertido en rebaño de una nación manipulada en sus decisiones, al vaivén de los palabreros de turno o de los clanes políticos que han sumido a las naciones en la corrupción y su ruina económica.
La madurez no es un defecto. Es, quizá, el último lujo que todavía puede permitirse el ser humano que, con sensatez, ha llevado su vida para disfrutar de autonomía y tiempo con sentido y dignidad en la época de la vida donde se debe ser feliz.
Un país no fracasa solo por falta de recursos, sino por la falta de jóvenes que son la reserva del trabajo de las naciones que produce la riqueza y por el exceso de adultos que nunca quisieron serlo y no se educaron para el el trabajo, ni el análisis político para elegir bien a sus gobernantes.
Por eso, mientras no cambiemos hacia una juventud educada, no existirán sociedades más igualitarias y tampoco justas, porque cuando les corresponda gobernar, imitarán equivocadamente, los sistemas carceleros que insultan la libertad y celebran la irresponsabilidad de los inexpertos aspirantes a gobernar, que ofrecen plomo a cambio de estudio y mejores condiciones de vida, que es la mejor manera para no seguir llegando tarde a nuestra propia vida.
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