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Más sobre el Río Magdalena

Más sobre el Río Magdalena

Por: Edgardo Ramírez Polanía


Uno de los mayores asombros de los niños que nacen cerca a  las riberas del río, es escuchar el ruido el agua y las olas que van desapareciendo unas tras otras, dejando pequeñas espumas en la orilla con colores formados por el sol.

El colombiano ha tenido una íntima relación con el agua desde nuestros antepasados, y hemos sido un país  privilegiado por la enorme disponibilidad de agua dulce en ríos y humedales enormes, tanto así, que a nivel mundial poseemos el 6    % de los recursos hídricos a pesar de representar el 1% de la población del planeta. 

Sin embargo, aunque poseemos los ríos más caudalosos del mundo no siempre están donde más se necesita el agua, ni en la calidad exigida, por la contaminación de los agricultores especialmente los arroceros con los insecticidas que contaminan los ríos Coello y Saldaña en El Espinal, que vierten sus aguas de las irrigaciones al rio Magdalena.

A ese problema se une la deforestación, la mala gestión de los organismos encargados de su suministro a la población y las viviendas sin licencia que depositan sus aguas en los ríos. 

EL río Coello que los Pijaos lo llamaban Guatiporo, era majestuoso antes de la civilización y su corriente bordeaba la montaña. Hoy, se observa desde lo alto del largo viaducto hacia Ibagué- Cajamarca de 120 metros de altura y 900 metros de largo, como un hilo tenue de aguas calladas y arenas sedientas que recorren su lecho de piedras desnudas que esperan en vano el retorno del río. 

El río Magdalena que nace en El Macizo Colombino en medio de tres grandes montañas y 13 páramos, donde se forma de deshielos y pequeños nacederos de la selva profunda, hasta convertirse  en una corriente de agua inmensa y torrentosa que está ligada a la economía la política y la guerra que fue decisiva en nuestra independencia y ha sido elemento vital para el ser humano y la fertilización de los cultivos.

Antes que apareciera el avión y el tren, el río Magdalena  fue el medio de transporte. El río Magdalena estaba reflejado en nuestra patria, en sus montañas, en sus valles, en las altas planicies sedientas y en las ciudades donde llegó el hálito fresco del río a formar vida y refrescar abrevaderos y arrozales, que formaron una importante industria nacional. 

Nuestro río como El Nilo para los egipcios, fue en el pasado para los colombianos un camino de la civilización, que después el avión habría de transformar el sentido de las relaciones humanas, de la política de los pueblos, del comercio entre las naciones y así nuestras vidas socialmente consideradas no serán  para la edad futura como los ríos que van a dar al mar.

El río Magdalena recorre 1.500 kilómetros y baña a 6.5 millones de habitantes en sus 125 municipios que captan sus aguas contaminadas que producen 300 toneladas de basura y detritus que desembocan en el departamento del Atlántico, con sus metales mercurio, plomo, cadmio, y arsénico que son peligrosos para la vida humana.

El río Magdalena no es una línea de agua que cruza el mapa de Colombia, sino más bien, una línea de aguas que atraviesa su historia. Antes que medio de transporte, ese recurso natural, ha sido lenguaje, matriz y conciencia. En su cauce no solo han corrido sedimentos y embarcaciones, sino han fluido ideas, violencias, esperanzas y formas de vida.

Colombia se explica, en buena parte, desde el Magdalena. No porque casi todo haya nacido exclusivamente de él, sino porque alrededor de su curso se organizó tempranamente la noción de país. Allí donde el río fecunda la tierra, también fecunda la cultura. Allí donde el agua une orillas, también aproxima pueblos, economías y conflictos. El río, en ese sentido, acompaña la historia aunque otros digan lo contrario. 

Durante siglos, el Magdalena fue el gran articulador del territorio. Antes de que el aire acortara distancias y el asfalto impusiera su lógica, el país se pensó y se movió desde el agua. La política, el comercio, la guerra y la vida cotidiana dependieron de esa corriente paciente que bajaba de las montañas hacia el mar, como si arrastrara consigo el destino nacional. 

Sin embargo, reducir su papel a una explicación determinista sería un error. El medio influye, sí, pero no manda de manera absoluta. El río ofrece posibilidades; los hombres deciden qué hacer con ellas. La geografía propone, la voluntad dispone. A lo largo de nuestra historia, el Magdalena ha sido testigo tanto de la inteligencia creadora como de la torpeza destructiva del ser humano.
Ha visto prosperar ciudades y ha sufrido el abandono de los gobiernos.

El Magdalena ha sido, al mismo tiempo, origen y espejo. En él se han reconocido las grandezas y las miserias del país. Sus aguas han llevado alimentos y noticias, pero también han cargado cadáveres de los “pájaros” de la violencia y también silencios y olvidos. Por eso el río no solo comunica espacios, sino conecta épocas. Cada tramo suyo es una página donde se superponen la prehistoria, la colonia, la república y la incertidumbre contemporánea.

En el siglo XX, el país creyó emanciparse del río. El avión, la carretera y la velocidad parecieron relegarlo a un papel secundario, casi decorativo. Pero esa ilusión de modernidad no borró su importancia esencial. 

El Magdalena dejó de ser el centro visible, pero siguió siendo el sustrato profundo. Aun cuando ya algunos no lo miran, nosotros continuamos observando su majestuosidad, seguimos viviendo sobre lo que él hizo posible, poblaciones, economías, imaginarios y conflictos que no se evaporan con la tecnología.

Hoy, cuando el país se dedica a los debates políticos con odios deberían examinar los recursos del Estado, y hacer un debate sobre su futuro ambiental, social y cultural, el río vuelve a sus orígenes. No como nostalgia romántica, sino como advertencia. El Magdalena nos recuerda que no hay progreso verdadero si se rompe el vínculo entre el hombre y su medio. Que no existe desarrollo sin memoria y ninguna civilización puede sostenerse despreciando la fuente que la hizo nacer.

Narrar el Magdalena es narrar a Colombia en estado líquido, cambiante, contradictoria y fértil. Es comprender que la historia no siempre avanza en línea recta, sino que serpentea, se desborda y, a veces, parece estancarse. Pero, como el río, sigue fluyendo. Por eso. los gobiernos han  debido poner mayor atención a su contaminación por parte de gente inculta que requiere mayor información en las escuelas y colegios sobre la preservación del medio ambiente y sus recursos naturales.

Honda es un ejemplo del olvido de las ciudades sobre el río. No fue un pueblo más a la orilla del Magdalena. Fue, durante más de dos siglos, el principal puerto fluvial del país, la puerta de entrada de la civilización andina, el gran distribuidor de mercancías, ideas, libros, viajeros y poder económico hacia Bogotá, Antioquia y el altiplano.

Allí atracaban los vapores cargados de empresarios, comerciantes, ingenieros, políticos y aventureros.
Allí se firmaron contratos, se fundaron fortunas, se tejieron alianzas y se escribió una parte sustancial de la historia económica nacional. Si Honda se recuperara, sería el Cartagena del interior por su arquitectura, sus puentes, sus calles y sus gentes amables y sencillas.

El Puerto de La Caimanera en El Espinal abandonado, que antes era un lugar turístico, debe recuperarse para que existan más razones para visitar nuestro departamento del Tolima, que ha venido creciendo en el turismo.

Por eso, el Magdalena no es solo un río. Es una pregunta abierta sobre lo que fuimos, sobre lo que somos y, sobre todo, lo que no estamos dispuestos a ser, para aceptar ruedas volantes de 70 nil millones de pesos en Barranquilla a cambio de recuperar el río de la patria, si queremos vivir en un país mejor.

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