Opinión
Solidaridad sin olvido
Por Pedro Luis Zambrano Cárdenas
Es difícil olvidar el suceso de ese lunes 10 de agosto, que quedará en la retina de muchos de nosotros, fueron dos minutos de conmoción y terror, por la duración y la intensidad del evento telúrico; eso sí, todos estamos admirados de ver el gran sentido de solidaridad, con que casi todos los estamentos locales, nacionales y de fuera del país, han respondido ante este lamentable suceso, que dejó muerte, desempleo y destrucción masiva de infraestructuras.
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Estas reacciones en nuestro medio, sin embargo, suelen estar cargadas de generosidad en los primeros días, pero pasados algunos meses del hecho, por la fuerte centralización, los profundos problemas de polarización, odios y conflictos que nos corroen, los afectados van quedando desbordados por nuevas urgencias y prioridades.
No es que la emocionalidad colombiana deba despreciarse, porque la movilización espontánea, las donaciones, los voluntarios y las redes territoriales e internacionales de cooperación, en efecto, salvan vidas y son eficaces en las acciones de atención inmediata; pero el problema surge cuando esa energía no se convierte en acciones de continuidad, por debilidad institucional y ausencia de los recursos necesarios. Este tipo de discontinuidades es propio de nosotros, pero, esperemos que este caso que afectó una región primordial del trasegar del país, sea una deseable excepción.
Un problema estructural que nos hace deficientes en el momento de remontar las catástrofes, es que estas encuentran un país previamente fracturado por la desigualdad, la polarización, las economías ilegales, la desconfianza generalizada y las violencias de todos los tipos. Estos factores se combinan perversamente, hasta llegar a crear un ambiente de desentendimiento que pone a las víctimas fuera del foco de protección que merecen; por tanto, la respuesta a las crisis no puede limitarse a donar durante cada emergencia: debe incluir educación, planificación territorial, normas de construcciones seguras, vigilancia ciudadana, transparencia y, un acompañamiento suficiente a los afectados.
Casos de este tipo, ocurren en muchas naciones, sobre todo las del tercer mundo, con reacciones cargadas de emoción y solidaridad, durante los primeros días; pero luego se desvanecen, como bien lo reseño el filósofo y ensayista británico polaco, de origen judío Zigmunt Bauman, que afirmó al respecto: “En una sociedad de vínculos frágiles, la compasión puede ser intensa pero breve: una tragedia desplaza rápidamente a la anterior”.
En medio de la situación, tan exigente de buena información y transparencia, oímos al presidente en su primer mensaje, dedicado, desde luego, a las incidencias del terremoto y las medidas para mitigar sus efectos, asumidas por parte del gobierno y todos los actores que participan en tan loable labor; pero me causó inquietud, que haya aprovechado la ocasión para hacer su diatriba en contra del gobierno anterior, sin siquiera reconocer que el presidente Petro, le propuso oportunamente, que el empalme entre el gobierno saliente y el entrante, se transmitiera por todos los medios de comunicación, para hacerlo de cara al país.
Y fue el mismo señor De la Espriella, quien se echó para atrás y resolvió terminar el proceso. Esta actuación del jefe de Estado, solo denota lo que está ocurriendo en el mundo, con énfasis en Latinoamérica; esa persecución ciega contra la fértil labor social del anterior presidente progresista, es una muestra clara de la judicialización de la política y la politización de la justicia; como una campaña mundial de la extrema derecha, para enterrar a la izquierda por pensar diferente; comenzando por perseguir judicialmente a sus líderes e inutilizarlos, contando con la complicidad de cortes y medios de comunicación, entre otros.
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Por ahora, a todos los nacionales nos compete perseverar en los apoyos a tanta gente que está sufriendo los efectos de la tragedia, que dejó como cálculo inicial, según las palabras del presidente, unas pérdidas económicas por la ingente cantidad de 30 billones de pesos y; en consecuencia, exigir al Estado en todos sus componentes, que establezca como un propósito central de su labor, que esas importantes ciudades y territorios, reciban en forma planificada el impulso que merecen, para recuperar su significativa presencia en el concierto nacional.
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