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La Odisea después de la gloria
Por: Edgardo Ramírez Polanía
Lo nuevo es que una historia concebida hace cerca de tres mil años continúe interrogando al hombre contemporáneo sobre asuntos que todavía no hemos podido resolver y que actualmente continúe llenando teatros.
Hoy, bajo la dirección de Christopher Nolan, La Odisea vuelve al cine convertida en una monumental producción que debe ser vista no solamente por su espectacularidad, sino porque detrás de los mares embravecidos, los monstruos, los dioses, la guerra y las aventuras permanece una de las grandes cuestiones de la literatura universal, el verdadero significado del héroe.
Ulises, llamado Odiseo por los griegos, es el personaje esencial de la obra. Rey de Ítaca, esposo de Penélope y padre de Telémaco, emprende el regreso después de combatir durante diez años en la guerra de Troya y tarda otros diez en volver a su patria. No posee solamente la fuerza del guerrero. Tiene algo que terminaría siendo más importante para su supervivencia, la inteligencia, la astucia, la paciencia y una extraordinaria capacidad para enfrentarse a lo desconocido.
Ulises naufraga, pierde compañeros, desafía a los dioses, escapa del cíclope Polifemo, resiste el canto de las sirenas y conoce la tentación de permanecer lejos de su patria. Pero continúa buscando Ítaca. Allí reside una de las dimensiones más humanas del personaje. No lucha simplemente por conquistar nuevos territorios, sino por regresar, acaso una de las aventuras más difíciles del hombre, porque nadie vuelve siendo exactamente aquel que se marchó.
La guerra ha transformado a Ulises.
También lo han cambiado el mar, las pérdidas, las mujeres que encuentra, la soledad, el miedo y la proximidad permanente de la muerte. Su viaje puede leerse entonces no solamente como un desplazamiento por el Mediterráneo, sino como una travesía hacia sí mismo.
Penélope representa, mientras tanto, otra forma del heroísmo. Durante veinte años permanece en Ítaca resistiendo a quienes pretenden ocupar el lugar de su esposo. No dispone de espada ni de ejércitos. Su defensa es la inteligencia.
Teje durante el día y desteje durante la noche para aplazar una decisión que podría significar la desaparición definitiva de Ulises de su casa y de su reino. Mientras él sobrevive recorriendo el mundo, ella sobrevive permaneciendo en el mismo lugar. Uno viaja y la otra espera, pero los dos resisten.
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Cuando finalmente alcanza Ítaca aparece la parte más inquietante de la epopeya. Encuentra su casa ocupada por los pretendientes de Penélope, hombres que durante su ausencia han consumido sus bienes, desconocido su autoridad y pretendido sustituirlo. Entonces sobreviene la venganza.
Ulises, a su regreso, ayudado por Telémaco, ejecuta la matanza de los pretendientes. La interpretación tradicional encuentra allí la culminación del héroe. El rey legítimo regresa, castiga a quienes han profanado su casa y restablece el orden. Sin embargo, existe otra lectura que resulta profundamente perturbadora, porque no todo castigo ejercido en nombre de una causa justa continúa siendo justicia.
Los pretendientes habían abusado de la hospitalidad y amenazaban el hogar de Ulises. Merecían una sanción dentro de las normas morales de aquel mundo. Pero Homero describe una violencia de tal magnitud que obliga al lector a considerar si el castigo no terminó convertido en venganza. Allí discrepo, sin embargo, de quienes pretenden convertir esta escena en prueba suficiente para despojar a Ulises de su condición heroica.
Juzgar a un personaje concebido hace casi tres mil años exclusivamente con las categorías morales y jurídicas de nuestro tiempo puede conducir también a una injusticia histórica. Ulises pertenece a una sociedad donde el honor, la hospitalidad, la autoridad familiar y la venganza obedecían a códigos distintos de los nuestros. No podemos exigirle que actuara conforme a principios jurídicos que tardarían siglos en construirse, aunque tampoco debamos cerrar los ojos ante la violencia.
Esa contradicción es precisamente lo que hace inmortal al personaje. Ulises no es grande porque sea moralmente perfecto, sino porque es profundamente humano. Puede ser inteligente y engañar, generoso y despiadado, prudente durante años y feroz durante unas horas. Es víctima y puede convertirse en verdugo. Tiene razones para reclamar lo suyo, pero tener razones no significa necesariamente tener razón en todo cuanto se hace para defenderlas.
Por eso resulta sugerente la interpretación moderna que habla de una especie de catarsis negativa. La venganza libera momentáneamente al hombre que la ejecuta, pero no necesariamente resuelve aquello que lleva dentro. El enemigo puede desaparecer, mientras permanecen intactos el resentimiento, la humillación y las heridas que dieron origen a la violencia. La justicia necesita medida, mientras la venganza casi siempre busca el exceso, una diferencia que continúa siendo difícil de observar cuando somos nosotros quienes nos consideramos ofendidos.
Pero reducir la grandeza de Ulises a la matanza de los pretendientes sería desconocer toda su travesía. Antes de empuñar nuevamente el arco ha tenido que vencer algo mucho más poderoso que aquellos hombres, la desesperanza. Durante veinte años conserva la voluntad de regresar. Pierde barcos, amigos y certezas. Se encuentra muchas veces frente a la posibilidad de abandonar el viaje y, sin embargo, continúa. Su verdadero heroísmo quizá no esté en matar a los pretendientes, sino en no renunciar a Ítaca.
También por eso Penélope engrandece la epopeya. Frente al heroísmo tradicional de la espada aparece el heroísmo silencioso de quien resiste sin destruir. Ulises conquista el camino mediante la acción y Penélope conserva el hogar mediante la paciencia y la inteligencia. No necesariamente es más heroico quien vence mediante la fuerza que quien consigue resistir sin recurrir a ella.
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Al final, Homero parece decirnos algo que los siglos no han conseguido envejecer. El héroe absolutamente puro solamente puede existir mientras permanezca distante de la condición humana. Cuando se acerca al hombre aparecen sus contradicciones y el héroe verdaderamente humano difícilmente puede permanecer moralmente perfecto.
El propio Christopher Nolan ha afirmado que quiso presentar esta historia milenaria de una manera accesible al público moderno y prestar especial atención a las consecuencias de las acciones de sus personajes. Esa intención resulta particularmente significativa en el caso de Ulises, porque permite contemplarlo no solamente como el héroe legendario que vence monstruos, desafía a los dioses y consigue regresar a Ítaca, sino como un hombre obligado a enfrentarse también con las consecuencias de sus propias decisiones.
Quizá allí se encuentre una de las razones por las cuales La Odisea continúa viva después de casi tres mil años. Cada época encuentra en Ulises algo diferente. Los antiguos vieron al guerrero y al navegante, otros admiraron su inteligencia y su astucia, y nuestro tiempo puede descubrir, además, al hombre contradictorio que debe responder por aquello que hace. Pero esas contradicciones no destruyen necesariamente al héroe, sino que lo humanizan.
Ulises venció monstruos, desafió dioses y recuperó su reino. También conoció la ira, la crueldad y la venganza. No fue un héroe porque careciera de debilidades, sino porque, teniéndolas, nunca dejó de buscar su Ítaca.
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