Opinión
¿Puede el cambio climático hacer temblar la Tierra?
Por: Paola Heredia Hernández, abogada de la Universidad Externado de Colombia, escritora y ensayista.
Los recientes acontecimientos relacionados con el deshielo y la inestabilidad de grandes masas glaciares alrededor del mundo han despertado mi curiosidad. Y, con ella, una intuición que quisiera compartir con ustedes. Acompáñenme en este breve recorrido.
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El 15 de octubre, una nueva investigación sobre el glaciar Thwaites, conocido como el “Glaciar del Fin del Mundo”, ubicado en la Antártida, advirtió que su derretimiento podría ser más intenso de lo previsto, contribuyendo a elevar hasta en 3 centímetros el nivel del mar para el año 2100; esto representaría el doble de lo inicialmente calculado e incrementaría el riesgo de inundaciones en las zonas costeras.
Cuatro días antes, el 11 de octubre, se registró otro colapso de hielo y roca en la cuenca del río Budhi Gandaki, en el Himalaya, que provocó graves inundaciones y daños en varias comunidades de Nepal. A comienzos de octubre, Suiza confirmaba que sus glaciares habían perdido más del 5 % de su volumen durante 2026 y, durante el verano, los Alpes Franceses registraron numerosos desprendimientos de roca asociados al aumento de las temperaturas y al deshielo del permafrost.
Sin ir más lejos, en mi Tolima, donde canta el alma de mi raza y las montañas se pierden entre las brumas, el Nevado de Santa Isabel también está perdiendo su manto de hielo. Cerca del 27 % de su superficie glaciar desapareció entre enero de 2025 y enero de 2026.
Pero el acontecimiento que aún tengo en mis pensamientos es el que ocurrió el pasado 26 de agosto en Nepal, cuando el desprendimiento de una enorme masa de hielo y roca desencadenó una riada, es decir, una violenta avalancha de agua, lodo y escombros dejando a su paso más de 1.400 muertos y 5.000 desaparecidos. Una investigación divulgada este 15 de octubre reveló que el colapso movilizó cerca de 100 millones de metros cúbicos de material y generó vibraciones equivalentes a las de un sismo de magnitud 5,2, detectadas incluso a miles de kilómetros de distancia. Lo más inquietante es que los científicos identificaron más de 60 señales sísmicas durante las dos semanas anteriores al desprendimiento, aunque todavía no se ha establecido si tuvieron alguna relación con el colapso.
Sin embargo, desde agosto y a raíz de lo ocurrido en Nepal, tengo presente un concepto recurrente en los medios de comunicación, denominado “peligros en cascada”, que se utilizó para explicar cómo la inestabilidad de las masas de hielo y roca de alta montaña puede provocar desprendimientos que, a su vez, desencadenen avalanchas, deslizamientos e inundaciones.
El concepto me llamó particularmente la atención porque, como reflexionaba en mi columna anterior, La aritmética que desata tempestades, nos invita a comprender que las consecuencias de un acontecimiento no siempre siguen una relación lineal. Esta vez, la reflexión se aplica a los fenómenos naturales, y los denominados “peligros en cascada” nos obligan a desprendernos de aquella idea de que los acontecimientos ocurren de manera aislada.
Fue entonces cuando comencé a preguntarme algo. Si la cosa es así, y enormes masas de hielo están desapareciendo alrededor del planeta mientras millones de toneladas de agua están siendo redistribuidas, ¿qué ocurre con las fuerzas que esas masas ejercen sobre la corteza terrestre?
Lo pregunto porque, cuando desaparece un glaciar, no solo desaparece el hielo; también cambia el enorme peso que durante siglos había ejercido sobre la superficie terrestre. Quienes conocen algo de ingeniería pueden entender fácilmente a qué me refiero: una estructura debe ser capaz de soportar y distribuir las cargas que actúan sobre ella; modificar una carga significa modificar también la manera en que las fuerzas se distribuyen en su interior.
Sabemos que la corteza terrestre responde a esos cambios. La ciencia denomina ajuste isostático a uno de los procesos mediante los cuales la Tierra responde a la adición o eliminación de grandes masas en su superficie. Investigaciones han demostrado que los cambios en las cargas de hielo pueden producir levantamientos o hundimientos de la superficie y modificar los esfuerzos en la corteza, llegando incluso a influir en la sismicidad.
Tal es el caso de los Alpes, donde los estudios han encontrado relaciones entre el agua procedente del deshielo, los cambios en la presión de fluidos dentro de las fracturas y la ocurrencia de pequeños movimientos sísmicos. Aunque se trata de mecanismos diferentes, ambos muestran que las transformaciones ambientales pueden modificar las condiciones físicas que actúan sobre las rocas. En otras palabras, lo que sucede en la superficie de nuestro planeta también puede tener repercusiones en su interior.
En el caso del Himalaya, también existe una investigación realizada en su región oriental en la que se encontró que, en determinadas zonas, la disminución del agua almacenada sobre y bajo la superficie estuvo asociada con una mayor frecuencia de pequeños terremotos de magnitud entre 3 y 4.
Hasta ahí llega la evidencia a partir de la cual podemos afirmar que las cargas superficiales pueden modificar los esfuerzos sobre la corteza terrestre y que, en determinados contextos, se han observado asociaciones con pequeños movimientos sísmicos. Pero ¿qué podría ocurrir si estos cambios se produjeran a una escala mucho mayor, precisamente en regiones donde existen fallas geológicas que llevan décadas o incluso siglos acumulando tensión? ¿Podrían contribuir a desencadenar movimientos sísmicos de mayor magnitud?
Si bien el cambio climático no genera por sí mismo la energía tectónica, pues esta proviene del movimiento de las placas y puede acumularse durante largos periodos en las fallas geológicas, resulta válido preguntarnos hasta qué punto las alteraciones provocadas por el deshielo podrían influir en la liberación de esa energía.
Aquí, en honor a la rigurosidad, conviene hacer una distinción: que una perturbación externa pueda modificar las condiciones de una falla no significa que necesariamente vaya a desencadenar un terremoto; mucho menos que pueda atribuirse al cambio climático una secuencia sísmica particular, como la ocurrida en Chaparral, por ejemplo. Lo que sabemos es que la corteza terrestre no permanece indiferente a los cambios de carga y presión; lo que no sabemos y debemos investigar es hasta dónde pueden llegar sus consecuencias.
Por si fuera poco, la magnitud que podría alcanzar el deshielo a nivel mundial tampoco debería subestimarse. De acuerdo con proyecciones publicadas en Nature Climate Change, entre 2041 y 2055 el planeta podría alcanzar el denominado “pico de extinción glaciar”, un periodo en el que podrían desaparecer entre 2.000 y 4.000 glaciares por año, dependiendo del nivel de calentamiento global.
Ante semejante panorama, ¿cómo no cuestionarnos? De eso se trata: de atrevernos a formular preguntas que todavía no podemos contestar. Tal vez esta hipótesis, nacida de una intuición, termine siendo equivocada, o tal vez no; pero el hecho de formularla, estudiarla y someterla a la evidencia puede servirnos para saber si, detrás de ella, existe alguna verdad por descubrir.
Aquí es donde, más que nunca, encuentran sentido aquellas palabras que el Profesor Otto dirige a su sobrino Axel en Viaje al centro de la Tierra, de Julio Verne: “La ciencia, hijo mío, está llena de errores; pero de errores que conviene conocer, porque conducen poco a poco a la verdad”.
Quizás aún falte mucho para encontrar las respuestas. Pero los “peligros en cascada” nos invitan a mirar la Tierra de otra manera, como si estuviera atravesada por hilos invisibles que conectan fenómenos aparentemente distantes. Desde los glaciares del Himalaya hasta las inmensas masas de hielo de la Antártida, pasando por nuestro Nevado de Santa Isabel, comenzamos a descubrir que aquello que vemos como acontecimientos aislados podría formar parte de un tejido de relaciones mucho más complejo de lo que imaginamos.
Mientras transformamos la superficie del planeta, quizá también estemos moviendo, sin siquiera advertirlo, otros hilos de ese inmenso tejido cuyas consecuencias todavía no alcanzamos a comprender. Si los cerca de 1.100 movimientos sísmicos registrados recientemente en Chaparral nos causaron temor y desconcierto, imaginemos lo que significaría enfrentarnos a una actividad sísmica más frecuente y, eventualmente, de mayor magnitud, si el deshielo de grandes masas glaciares llegara a influir en el comportamiento de las fallas geológicas.
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Para ponerlo en contexto, imagínense por un momento la desaparición de los cerca de 25.000 glaciares que se encuentran distribuidos a lo largo de la cordillera de los Andes, desde Colombia hasta Argentina. Esta inmensa cadena montañosa forma parte del Cinturón de Fuego del Pacífico, una de las regiones de mayor actividad sísmica y volcánica del planeta.
¿Qué creen que podría suceder si, con la desaparición de esas enormes masas de hielo, se redistribuyeran los esfuerzos en la corteza terrestre? ¿Podrían esos cambios influir en la liberación de la energía acumulada en las fallas geológicas del Cinturón de Fuego del Pacífico y, eventualmente, contribuir a desencadenar movimientos sísmicos?
Ahí les dejo la inquietud.
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