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El Caribe, el nuevo Dorado
Por Guillermo Pérez Flórez
Hay que reconocerlo. El presidente electo Abelardo de la Espriella ha logrado que el país mire hacia el Caribe, con su propuesta de hacer de Barranquilla la capital ‘alterna’ de Colombia y afirmar que va a despachar desde allí.
Esto tiene un efecto positivo: abre el debate sobre el Bogo-centrismo imperante de los últimos 140 años, una deformación que trasciende el marco legal y se inserta en el ámbito cultural y en la manera como las elites han entendido el territorio.
Creo no exagerar cuando digo que esas élites, especialmente las bogotanas, han sentido desdén por la ‘tierra caliente’, la cual incluye a los dos litorales: el Caribe y el Pacífico, en donde existen cosmovisiones diferentes a la del altiplano cundinamarqués. Esto se revela incluso en el lenguaje. Es difícil rastrear el origen de la palabra ‘corroncho’ en su acepción despectiva para referirse a ese mundo fiestero, bullicioso y multicolor, pero muestra cómo se mira ese mundo desde Bogotá.
Ese choque cultural ha existido desde los tiempos de Bolívar y Santander; desde los tiempos de Rafael Núñez y de su vicepresidente Miguel Antonio Caro; y desde cuando llegó a Bogotá Gabriel García Márquez y vio que esa tierra era muy diferente a la suya. Acostumbrado al calor sofocante y luminoso del Caribe, Bogotá le pareció una ciudad remota, fría y gris, habitada por hombres austeros, taciturnos, silentes y siempre apresurados.
Ese desencuentro cultural ha configurado una visión deformada y miope, que ha inducido a pensar que el país comienza y termina en la sabana bogotana. Ha hecho de Colombia un país de fronteras internas, que limita consigo mismo, con una periferia abandonada en donde casi no ha habido estado ni mercado; Así, el poder político es legal, pero con déficit de legitimidad. Lo describe el vallenato de Rafael Escalona, “El Almirante Padilla”, que narra un hecho histórico ocurrido en 1954, cuando el buque ARC Almirante Padilla de la Armada Nacional llegó a la Alta Guajira (Puerto López) para incautar mercancías de contrabando. Una acción gubernamental que dejó en la quiebra al “Tite Socarrás”. Ese es el sentido de la estrofa: “Allí en la Guajira arriba, donde nace el contrabando, el Almirante Padilla, barrió a Puerto López, y lo dejó arruinao”.
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Ese abandono de la periferia, y en especial del maritorio, concepto de origen chileno, creado para definir el espacio marítimo como un territorio vivo, habitado y cultural, y no solo como una extensión de agua, hizo de las costas dos de los espacios más atrasados de Colombia. De hecho, en las escuelas y colegios se nos enseñaba que la extensión territorial de Colombia era de 1.141.748 km² y no de 2.070.408 kilómetros cuadrados, al incluirse los 900.000 kilómetros de maritorio, como si este no valiera ni sirviera para nada.
Por qué perdimos Panamá
Desconocer el valor del Caribe, principalmente del maritorio, fue la causa para que hayamos perdido a Panamá. No comprendimos que conectaba dos mundos: el Atlántico y el Pacífico. Y la perdimos porque en el interior estábamos ocupados haciendo algo que hemos hecho toda la vida: odiarnos y matarnos entre nosotros.
La idea de construir el Canal venía del siglo XVI, con las propuestas del conquistador Gaspar de Espinosa y del rey Carlos V. El primer intento de excavación por parte de los franceses fue en 1880. Hasta que llegó EE. UU. y adiós al Canal y adiós a Panamá. Casi ni nos dimos cuenta, pues estábamos terminando la Guerra de los mil días. Así, nos tocó conformarnos con 25 millones de dólares de indemnización. Mendrugos de pan.
Por eso mismo, perdimos 75 mil kilómetros cuadrados de mar con Nicaragua. Un drama al que alude con sentimiento la escritora Cristina Bendek en su reciente artículo para El País, “El costo de la ruptura con Managua, o la soledad de mi gran país”. En este habla de varias y dolorosas verdades, entre ellas el desconocimiento de la geografía insular y su importancia limítrofe. “A lo largo de al menos un siglo, Bogotá facilitó la fragmentación constante, perdió Panamá, en 1903, y le entregó la Mosquitia a Nicaragua, en 1928. Más recientemente, olvidó mencionar a los raizales del archipiélago en sus contramemorias en La Haya, en 2008, como si las islas fueran un baldío deshabitado, sin dolientes ni historia propia”. A ella le parece un despropósito cerrar la embajada en Nicaragua, y creo que tiene razón, no reportará a los colombianos ningún beneficio, como tampoco aportó la ruptura de relaciones con la Venezuela de Chávez y Maduro.
Lo que otros sí entendieron
Y miren la ironía. Y también la vergüenza. Fue el cartel de Medellín, y en particular Carlos Lehder, quienes sí entendieron la importancia del Caribe. Este capo colombo-alemán supo que más rentable que sembrar coca y tener laboratorios para producir cocaína era tener rutas que conectaran las zonas de producción y las de consumo.
Entonces compró Cayo Norman, montó una flotilla de avionetas y comenzó a operar desde allí. Se movía entre Miami, Barranquilla, San Andrés y Cayo Norman (Las Bahamas), a 340 kilómetros de la Florida. Entre 1978 y 1982 usó este cayo como base de operaciones hasta que Washington lo puso en la mira. Fue arrestado, extraditado y sentenciado a cadena perpetua, más 135 años.
Otra persona que entendió el valor del Caribe es el exgobernador y exsenador Fuad Char, cabeza del grupo empresarial y político Char. Lo captó hace casi 50 años. Quizás su origen sirio libanés lo dotó de una visión más amplia, y esto le permitió crear su emporio empresarial, para el cual la política ha sido funcional. Siempre ha tenido excelentes relaciones con el gobierno, cualquiera que este haya sido. Más que un proyecto político, los Char son un proyecto empresarial, que se ayuda con la política.
La mejor biografía que conozco de este Clan la hizo la periodista Laura Ardila, en el libro La Costa Nostra (2023, Rey Naranjo Editores). Un texto clave para entender cómo funciona la política en Colombia, su grado de descomposición y cómo se articulan las élites regionales con las bogotanas. Muestra cómo Char y sus hijos han interactuado con diferentes partidos políticos, gobiernos y grupos económicos.
Char construyó un modelo que combina negocios y política de manera exitosa, que ve en el Estado la palanca indispensable para hacerlos. A todo parecer este es el modelo a seguir para al presidente electo. Pero cuidado, no es oro todo lo que reluce.
El Mediterráneo americano
No es un secreto que Trump ha decidido enrocarse en el hemisferio americano para contener el avance comercial y tecnológico de China, que viene disputándole el liderazgo global. La Doctrina Monroe fue reformulada en lo que se ha denominado Doctrina Donroe, América como territorio que no están dispuestos a compartir con nadie.
A esto he aludido en otros artículos y que me veo en la necesidad de volver porque es una metáfora geopolítica que describe el Caribe como el equivalente continental del Mediterráneo clásico: un mar interior atravesado por rutas de intercambio, históricamente convertido en escenario de disputas imperiales, mestizajes culturales y proyectos de dominación.
El concepto tiene raíces en la geopolítica de finales del siglo XIX y principios del XX. Alfred Thayer Mahan, célebre estratega naval estadounidense, señalaba el valor del Caribe como paso obligado entre los dos océanos, anticipando la lógica que justificaría la construcción del Canal de Panamá y la influencia de Estados Unidos en la región. En 1942, Nicholas Spykman, geopolítico, profesor en Yale, utilizó explícitamente la expresión “American Mediterranean”. Para Spykman el Caribe no era solo un espacio cultural de mestizaje, sino una zona de seguridad estratégica: el equivalente funcional del Mediterráneo, un mar cerrado que debía permanecer bajo control de Estados Unidos.
En el ámbito latinoamericano, el bogotano Germán Arciniegas abordó el tema en Biografía del Caribe (1945), el libro más leído de toda su carrera, y el más conocido y más traducido antes de Cien Años de Soledad. Arciniegas plantea que, así como dicho mar fue el escenario donde se gestó Occidente, el Caribe fue el espacio donde chocaron y se fundieron europeos, africanos e indígenas, dando origen a una civilización mestiza propia, que conforma un mundo aparte. Afirma el exvicepresidente Gustavo Bell Lemus, en un prólogo en una reedición del libro que “… la historia de Colombia no se entiende integralmente si no se tiene como telón de fondo el mar Caribe. Al fin y al cabo, fue sobre la cresta de sus olas que llegaron los pueblos, religiones y culturas que, fusionándose con los pueblos aborígenes que habitaban sus vastos territorios, en un choque dramático y fecundo, moldearon la sociedad que actualmente somos”. A pesar de esa obra colosal la dirigencia colombiana jamás entendió esto.
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Esta teoría conserva relevancia para repensar la posición de Colombia —con su litoral caribeño— dentro de las dinámicas de narcotráfico, migración, disputas territoriales marítimas (como el diferendo con Nicaragua) y la presencia militar estadounidense en la región. Cobra especial relevancia de cara al proceso político que se está gestando con la llegada a la presidencia de Abelardo de la Espriella. Lo que falta ahora conocer es la profundidad de la propuesta, saber si tendrá la del Caribe o la de una piscina.
El desafío de hacerlo bien
El Caribe podría correr el riesgo de ser percibido solo como un área de negocios que, además de Barranquilla, tendría un centro de poder vital: Miami, en donde convergen grupos de intereses económicos y políticos trasnacionales. En el centro del mismo emergen figuras políticamente influyentes como el secretario de Estado Marco Rubio, el colombo americano Bernie Moreno, senador por Ohio pero una figura cercana a Trump, y con influencia en la Florida. Entre otros, como Mario Díaz-Balart, la representante María Elvira Salazar, donante de la campaña de El Tigre, quien tiene sólidos vínculos como ciudadano norteamericano, y afiliado al partido Republicano. Para todos ellos, el Caribe puede ser una especie de tierra prometida para multiplicar sus grandes fortunas.
Para que este nuevo Dorado sea perfecto solo haría falta que Trump llegase a un acuerdo con los herederos de los Castro en Cuba; así, Miami, La Habana y Barranquilla conformarían un triángulo de oro. La pregunta es si esta visión de la política resuelve el atraso, miseria y exclusión del Caribe, la soledad y el abandono de San Andrés o si el desarrollo que genera es solo un espejismo que ahonda las desigualdades y propicia una cultura de enriquecimiento rápido que tiene como punto de partida la cooptación del Estado para beneficio particular.
Barranquilla podría ser capital no alterna sino la capital de Colombia. Para inducirnos a mirar al mar, y siempre que esto signifique una nueva visión de Estado que genere desarrollo incluyente y fortalezca la democracia, y no el paraíso soñado de un puñado de piratas y corsarios movidos por la codicia. De la Espriella tiene una encrucijada que no puede eludir: o su propuesta expresa esa visión de sociedad y de Estado o la convierte solo en el aprovechamiento de una oportunidad de negocios, con el barniz de una reivindicación regional. Ese es su reto.
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