Opinión
Abelardo, la resurrección de Laureano Gómez
Por Guillermo Pérez Flórez
“¡Llegaremos hasta la acción intrépida y el atentado personal y haremos invivible la República!”. Eso decía en el Senado en septiembre de 1940 Laureano Gómez, uno de los líderes históricos del conservatismo colombiano. Y ha venido a mi memoria tras escuchar la frase lanzada el pasado 31 de mayo por el candidato Abelardo de la Espriella: “Defenderemos la democracia por la razón o por la fuerza”.
El asunto no es una simple casualidad verbal. De la Espriella es un devoto admirador de la casa Gómez. Y esa noche, escenificó la resurrección de una corriente autoritaria y sectaria dispuesta a todo. El país presenció la exhumación política de una de las figuras más polarizadoras de todos los tiempos en Colombia. Su soflama en Barranquilla fue una deliberada invocación a los espíritus más violentos de ese tiempo, sin sopesar ni medir el alcance de sus palabras.
A primera vista, un abismo estético parece separar al austero e intelectual líder conservador de los años cuarenta del histriónico y mediático abogado del siglo XXI. Laureano gobernaba desde la parsimonia de los editoriales de su periódico El Siglo y la densidad fogosa de los debates en el Capitolio Nacional. De la Espriella instiga desde el dinamismo del clic, el video corto y la inmediatez de las redes sociales. Sin embargo, al despojar a ambos personajes de los ropajes de sus respectivas épocas, la estructura de su lenguaje revela una matriz idéntica: la política entendida no como deliberación dialéctica, sino como una cruzada moral y una confrontación casi bélica.
La anatomía del monstruo: Del Basilisco a la “Plaga”
El primer paralelismo radica en la deshumanización del adversario. En 1940, Laureano unificó sus huestes mediante la metáfora del “Basilisco”, aquella criatura mitológica con “cabeza comunista y cuerpo liberal”. Así, la oposición aparecía como una aberración de la naturaleza, y ello cerraba cualquier posibilidad de cohabitación democrática. A un rival político se le controvierte, a un monstruo se le extermina.
Abelardo ha reactivado la misma estrategia lingüística. Al calificar sistemáticamente al progresismo y a sus líderes como una “plaga”, un “cáncer” o un “régimen de bandidos” con los que no cabría la posibilidad de un empalme institucional, despoja al contradictor de su condición de actor político legítimo y lo convierte en una patología social, a la que solo cabe destripar, como él mismo lo predica.
Pésima visión. La consecuencia es idéntica en ambos siglos: si el enemigo es el mal absoluto, la moderación y la disposición al diálogo se convierten en formas de complicidad o cobardía. De allí que disparara insultos contra otros candidatos y líderes, a quienes llamó “cómplices funcionales”, “tibios” y “cobardes”, y "falsas alternativas".
La deslegitimación institucional y el ultimátum fáctico
Un segundo punto de coincidencia es la ligereza con la que Abelardo asume la legalidad cuando esta no se acopla a sus convicciones. La frase de marras de Laureano se pronunció ante el avance de las reformas sociales de la República Liberal. No fue una simple arenga; se había propuesto hacer invivible la república, y lo consiguió, gracias a que algunos sectores del liberalismo se dejaron arrastrar por las pasiones. Comenzó entonces la Violencia, y 300 mil colombianos, liberales y conservadores, perdieron la vida y otros cientos de miles fueron desplazados y despojados de sus bienes. Al igual que Laureano, Abelardo establece un ultimátum: la validez del sistema democrático depende de que coincida con su noción de orden e ideas políticas. De lo contrario, se legitima el uso de la fuerza, la acción intrépida y el atentado personal.
Ambos discursos se cimentan sobre una narrativa de salvación. Laureano apelaba a la defensa de la civilización cristiana e hispánica, amenazada ante sus ojos por el laicismo masónico y el ateísmo soviético. Sus seguidores —campesinos imbuidos de fervor religioso— no marchaban a las urnas o a las armas por un programa económico, sino por la salvación de sus almas. Y para ello había que matar o hacerse matar si era preciso.
Abelardo adapta su cruzada a los valores del siglo XXI, sustituyendo la cruz por la bandera de la “libertad individual”, la libre empresa y la propiedad privada frente al fantasma del “socialismo del siglo XXI”. La concepción que inocula en sus bases es la misma: no es una competencia por la administración del Estado, sino una batalla civilizatoria entre el orden occidental y el caos destructor que genera el “marxismo radical”, para lo cual es válido incluso llamar al Ejército a actuar en defensa del orden constitucional.
Las raíces del odio en el subsuelo político
Al analizar este fenómeno a la luz de la historia patria, es evidente que el subsuelo de las creencias políticas colombianas —para usar la metáfora geológica de Ortega y Gasset— sigue cargado de un profundo trauma producto del sectarismo y la violencia. Laureano no creó el odio bipartidista, de hecho, en sus tiempos de mocedad fue un amigo cercano de López Pumarejo, pero sí le dio el arsenal retórico que lo viralizó y volvió letal. Abelardo no ha inventado la polarización contemporánea, la ha exacerbado y llevado a extremos inadmisibles, al revivir el lenguaje de la exclusión radical, calumniar a sus oponentes, y propagar el odio visceral contra quienes piensan diferente a él.
Laureano se quejaba de los liberales porque, según él, carecían de argumentos para rebatir sus tesis y por ello lo difamaban. Desde las páginas de El Siglo, recurría a la cita “Calumniad, calumniad, que algo queda”, cada vez que los ministros liberales o las columnas de opinión lo acusaban de ser un peligro para la democracia o de azuzar la violencia. Lo irónico del asunto —y lo que la historiografía colombiana siempre le ha reclamado — es que, mientras denunciaba ser víctima de esa máxima, él la ejecutaba con una maestría implacable.
La resurrección de la retórica laureanista es una provocación en una nación que aún no termina de cerrar heridas causadas por sus violencias. Cuando la política abandona el terreno de la razón y se desplaza de manera deliberada hacia la justificación de la fuerza y las bajas pasiones, el país corre el riesgo de volver a hacerse invivible. Y eso no es bueno en un país que vive ‘cargado de tigre’.
La historiografía tiene documentado qué pasó luego de que se inflamaron las pasiones, y cómo se agudizó la violencia tras el asesinato de Gaitán y el bogotazo. Una larga década de sangre y lágrimas, y el derrumbe de las instituciones. Lo escuchamos de los labios de nuestros abuelos y padres.
Laureano escribió el prólogo de la violencia política y también su epílogo, al pactar en el exilio el Frente Nacional con Alberto Lleras, cuando Colombia estaba a punto de ahogarse en sangre. Un atenuante a su patológico sectarismo. La historia no se repite de manera mecánica, pero sí suele advertir a quienes se niegan a escucharla.
Colombia conoce cuál es el alto precio que se paga cuando la política deja de ver adversarios y comienza a ver enemigos. Debería saberlo el señor Abelardo De la Espriella, el nuevo heredero de Laureano. A no ser que el propósito sea hacer invivible la República, para construir el régimen que sus ancestros políticos no pudieron realizar en los años cincuenta.
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