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La Opus Magnum de Abelardo

La Opus Magnum de Abelardo

Por Paola Heredia Hernández
*Abogada de la Universidad Externado de Colombia, escritora y ensayista.


"Los pueblos no solo necesitan instituciones. También necesitan símbolos.
Desde que inició su campaña presidencial, Abelardo de la Espriella ha dejado claro que comprende el poder de los símbolos. El tigre como emblema de fuerza, la "manada" como comunidad política, la intención inicial de posesionarse en una base militar y, ahora, la decisión de despachar desde el Palacio de San Carlos, donde gobernó Simón Bolívar, parecen responder a una misma narrativa. 

No deja de ser significativo que haya escogido para gobernar, precisamente, un lugar donde la historia condensó dos momentos decisivos: el nacimiento de la República y una de sus primeras grandes fracturas. Allí Bolívar gobernó, pero también sobrevivió a la Conspiración Septembrina. Más que decisiones aisladas, nuestro próximo presidente parece estar construyendo un lenguaje simbólico.

Carl Gustav Jung sostenía que los símbolos no son simples recursos estéticos ni adornos del discurso. Son expresiones que conectan con aquello que una sociedad reconoce intuitivamente como significativo, aunque no siempre pueda explicarlo racionalmente. Por eso desafían al tiempo y sobreviven al relevo de las generaciones. Mientras las ideas cambian, los símbolos permanecen.

Jung también advertía que identificarse demasiado con un símbolo poderoso puede ser peligroso. Cuando una persona se funde completamente con un arquetipo -el héroe, el rey, el guerrero o el salvador- corre el riesgo de perder la distancia crítica respecto de sí misma. 

Por ello, no deja de ser significativo que, a lo largo de su campaña, De la Espriella haya recurrido de manera reiterada a la idea de "salvar a Colombia". Jung describía el riesgo de esa identificación como una forma de "inflación psíquica" en la que el individuo termina confundiéndose con el arquetipo que representa y llega a creerse más grande que la función simbólica que éste representa.

Esa idea encuentra un eco particularmente interesante en la historia de Colombia. En el ensayo "Bolívar místico", incluido en el libro Ensayos de simbolismo. Solsticio de invierno, el maestro tolimense Nelson Ospina Franco recuerda que el Libertador desde hace mucho tiempo dejó de pertenecer únicamente a la historia para convertirse en un mito capaz de "electrizar el alma colectiva". 

La afirmación resulta particularmente sugerente. Bolívar ya no es solo el hombre que vivió entre los años 1783 a 1830; es una figura simbólica que cada época vuelve a interpretar según sus propias necesidades. El revolucionario, el republicano, el libertador, el fundador del Estado o el integrador continental conviven bajo la sombra de un mismo personaje.

Quizá por eso todos los proyectos políticos terminan encontrando su propio Bolívar.

Hugo Chávez reivindicó al Bolívar antiimperialista y revolucionario, convirtiéndolo en el emblema de la integración latinoamericana y de la llamada Revolución Bolivariana. Gustavo Petro apeló con frecuencia al Bolívar emancipador, al soñador de la unidad continental y de una segunda independencia, más social que militar. Ahora, Abelardo de la Espriella parece buscar un Bolívar distinto: el fundador de la República, el hombre de Estado que despachó desde el Palacio de San Carlos y que simboliza el origen de las instituciones y la autoridad. No es el mismo Bolívar, aunque el personaje histórico sea uno solo. Es el mismo símbolo adquiriendo nuevos significados.

Sin embargo, existe una diferencia entre invocar un símbolo y estar a la altura de él. Los alquimistas llamaban Magnum Opus a la Gran Obra: el proceso mediante el cual la materia imperfecta se transformaba en algo superior. Jung retomó esa expresión para explicar que la verdadera gran obra no consistía únicamente en convertir el plomo en oro, sino en alcanzar una transformación profunda y duradera del ser humano.

La política también tiene su propia Opus Magnum.

No son los discursos inaugurales. Tampoco los gestos cargados de historia. Mucho menos las imágenes cuidadosamente construidas. La verdadera gran obra de un gobernante es aquella que logra sobrevivir cuando los símbolos dejan de hablar y los resultados empiezan a hablar.

Si De la Espriella ha decidido dialogar con uno de los símbolos más profundos del imaginario colectivo colombiano; inevitablemente ha asumido un enorme desafío. Porque quien recurre a los símbolos no solo despierta esperanza; también despierta expectativas históricas.

La pregunta, entonces, no es cuál de los muchos rostros simbólicos de Bolívar ha escogido representar el nuevo presidente. Esa respuesta probablemente la iremos descubriendo con el paso de los meses.

La verdadera pregunta es otra. ¿Cuál será la Opus Magnum de Abelardo de la Espriella? Porque al final, la historia rara vez recuerda a los gobernantes por los símbolos que eligieron. Los recuerda por la obra que lograron convertir en símbolo.

Su verdadera Opus Magnum será la obra que logre construir a la altura del símbolo que ha decidido invocar. Los grandes símbolos no pertenecen a quienes los utilizan; pertenecen a la historia y a la memoria colectiva de los pueblos. Por eso inspiran, pero también exigen. Quien decide caminar bajo su sombra acepta, tarde o temprano, ser medido por ella. El rugido puede convocar seguidores, pero en el universo simbólico que describía Jung, la fuerza de un símbolo no depende del volumen con que se proclame, sino de la autenticidad con que se encarne.

Y la otra gran pregunta... quizás amerite una próxima entrega: ¿qué Bolívar necesita Colombia?

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