Opinión
La mentira del fracking sostenible
Por Carlos Pardo Viña
Escritor
En los últimos meses, he sido consultor de una organización internacional que trabaja por la Transición Energética Justa. Por obvias razones, he tenido que leer innumerables reportes sobre el tema. Iniciemos con el fracking (la fracturación hidráulica para sacer petróleo y gas en donde la extracción tradicional ya no es posible).
En los manuales de la industria petrolera, como los de la Society of Petroleum Engineers, se suele hablar con optimismo de un "fracking responsable" o "de mínimo impacto". Esta teoría se sostiene sobre tres pilares de control técnico que suenan muy seguros en el papel: proteger el pozo con múltiples capas de acero y cemento para evitar filtraciones, reciclar el agua que regresa a la superficie para no agotar las fuentes locales, y monitorear constantemente la tierra para evitar sismos.
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Sin embargo, la ciencia real tiene otros datos. Revistas científicas de enorme prestigio mundial como Nature y Science han publicado numerosos estudios basados en lo que ya ha pasado en Estados Unidos. Estas investigaciones demuestran que, a largo plazo, el cemento que sella los pozos sufre de "fatiga estructural"; es decir, con los años se agrieta. No existe hoy en el mundo una tecnología capaz de garantizar que un pozo sellado hoy no va a filtrar químicos tóxicos a las aguas subterráneas dentro de 30 o 50 años, cuando las empresas ya se hayan ido del país. El riesgo ambiental simplemente se aplaza en el tiempo.
Pero el problema se vuelve crítico cuando traemos esa tecnología a nuestra casa. Si en Estados Unidos el fracking ya ha dejado graves daños operando en zonas secas, desérticas o geológicamente estables, en el Magdalena Medio colombiano, donde está “la mina de oro” del fracking en formaciones subterráneas como La Luna, la geografía y el agua multiplican el peligro al infinito por tres razones fundamentales:
1. El agua de abajo está conectada con la de arriba: A diferencia de los yacimientos norteamericanos, el Magdalena Medio no es un desierto; es un paraíso de humedales, ciénagas y ríos interconectados con sistemas de aguas subterráneas (acuíferos) superficiales y profundos. La ciencia que estudia el agua (la hidrogeología) advierte que las fracturas y fallas geológicas naturales de la región, como la conocida Falla de Salina, actúan como verdaderas autopistas o venas subterráneas. Si se rompe la roca profunda a 3.000 metros de la superficie, la inmensa presión de la inyección química puede activar esas microfallas naturales. Esto permitiría que el agua contaminada con metales pesados y materiales radiactivos del fondo de la tierra ascienda y envenene las fuentes de agua dulce de las que dependen los acueductos municipales y la pesca de la región.
2. Un devorador de agua en zonas secas: El fracking tiene una sed insaciable. Cada pozo requiere entre 10 y 30 millones de litros de agua limpia para una sola fractura. En una región como el Magdalena Medio, que ya sufre por sequías extremas debido al fenómeno de El Niño y que padece constantes racionamientos en municipios como Puerto Wilches o Barrancabermeja, desviar millones de litros de agua limpia para inyectarla en la roca y dejarla inservible para siempre (pues queda tan contaminada que se debe retirar del ciclo natural del agua) es un absoluto contrasentido ecológico, económico y social.
3. Jugar con la estabilidad de la tierra: El norte y el centro de Colombia tienen una actividad tectónica sumamente compleja debido a nuestra cercanía con el "nido sísmico de Bucaramanga" (una de las zonas con más temblores del planeta). En las planicies de Oklahoma y Texas (EE. UU.), la ciencia ya comprobó que inyectar a gran escala las aguas residuales y contaminadas del fracking en pozos de disposición profunda causa un aumento dramático de sismos: Según datos oficiales del Servicio Geológico de Estados Unidos (USGS), “antes de que se masificara el fracking y la inyección profunda de sus aguas residuales, el estado de Oklahoma registraba un promedio histórico de un solo sismo de magnitud 3.0 o superior al año (entre 1978 y 2008). Para el año 2015, en el pico de la actividad de esta industria, la cifra se disparó de forma irracional a más de 800 sismos de esa misma magnitud en un solo año”. En la tierra ya de por sí fracturada de los Andes colombianos, jugar con las presiones del subsuelo es caminar a ciegas sobre una cuerda floja.
El fracking en Colombia no es un problema de "hacerlo bien o hacerlo mal"; es un problema de incompatibilidad de nuestro territorio. La ingeniería puede controlar el grosor de un tubo de acero, pero no puede controlar la red viva de agua subterránea que alimenta las ciénagas del Magdalena Medio.
Proponer esta técnica agresiva como la salvación económica para mantener ingresos fiscales o privilegios particulares es una miopía imperdonable. Colombia no es un país especialmente rico en hidrocarburos. Sí lo es en agua. El costo de contaminar un acuífero es infinito, porque limpiarlo es técnica y económicamente imposible, así que pensar solo en la renta de hoy es condenar el agua y la vida del mañana.
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