Opinión
La “generación de cristal” no inventó la ansiedad
Por Daniela García Cárdenas
*Psicóloga
Cada vez que se habla de ansiedad o depresión en jóvenes, aparece tarde o temprano la misma frase: “esa es la generación de cristal”. Como si sentir demasiado fuera un invento reciente. Como si antes la gente no sufriera. Como si el problema no estuviera en el dolor mismo, sino en que ahora existe más lenguaje para nombrarlo.
Decir que la “generación de cristal” inventó la ansiedad es una forma cómoda de no mirar el problema de frente. Permite burlarse, minimizar y seguir creyendo que antes todo se resolvía con carácter. Pero la realidad es mucho más compleja. Las generaciones anteriores también tuvieron ansiedad, depresión, crisis emocionales, duelos mal tramitados, insomnio, miedo, desesperanza y agotamiento. Lo que muchas veces no tuvieron fue permiso para hablar de eso sin vergüenza.
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En muchísimas familias colombianas todavía circulan historias de personas que vivieron duelos sin procesar, violencias normalizadas, jornadas agotadoras, exigencias extremas y sufrimientos silenciosos que nunca recibieron un nombre relacionado con salud mental. Mucha gente sobrevivió, sí, pero sobrevivir no es sinónimo de estar bien. Callar no es lo mismo que sanar. Aguantar no equivale a comprender lo que se siente.
La diferencia actual no es necesariamente que exista más sufrimiento, sino que hoy más personas se atreven a preguntar qué es la ansiedad, cómo se siente, cuándo buscar ayuda y qué hacer con un malestar que antes se escondía detrás del deber de ser fuerte. Eso no significa que haya más fragilidad moral. En muchos casos significa que hay más visibilidad, más información y menos disposición a seguir idealizando el aguante como única forma válida de madurez.
También es cierto que vivimos en un contexto que ejerce presiones nuevas. Redes sociales, comparación permanente, sobreexposición, miedo al fracaso, incertidumbre económica, dificultades para construir estabilidad y una cultura que exige verse bien, rendir y responder casi todo el tiempo. No es extraño que en ese escenario la ansiedad aparezca con fuerza o, al menos, con más nombre y más conciencia.
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Llamar “de cristal” a una generación porque habla de salud mental también tiene algo de defensa. A veces molesta no porque el problema no exista, sino porque obliga a revisar cuánto dolor se normalizó antes. Obliga a aceptar que quizá hubo adultos que nunca pudieron decir lo que sentían. Que hubo hombres que aprendieron a tragarse todo. Que hubo mujeres que sostuvieron familias enteras mientras se apagaban por dentro. Que hubo infancias donde la tristeza no tenía espacio y la ansiedad se confundía con carácter difícil o con “ser muy nervioso”.
Por supuesto, también existe banalización en redes, uso superficial de términos psicológicos y diagnósticos improvisados. Eso pasa y vale la pena decirlo. Pero una cosa es cuestionar el uso irresponsable del lenguaje clínico, y otra muy distinta es negar que la ansiedad y la depresión sean experiencias reales solo porque ahora se hablan más.
Lo verdaderamente frágil no es una generación que pregunta por su salud mental. Lo frágil es una cultura que todavía prefiere ridiculizar antes que escuchar. Una sociedad que sigue confundiendo silencio con fortaleza y sufrimiento visible con exageración. Una mirada adulta que, en vez de leer el malestar como señal de que algo necesita atención, lo interpreta como falta de temple.
La “generación de cristal” no inventó la ansiedad. Lo que hizo, en muchos casos, fue dejar de esconderla con la misma obediencia con la que la escondieron otros antes. Y eso, más que debilidad, podría leerse como una forma de honestidad emocional que todavía incomoda porque pone en evidencia cuánto nos costó, y cuánto nos sigue costando, hablar en serio de lo que sentimos.
Tal vez el debate no debería centrarse en burlarse de quienes nombran su malestar, sino en preguntarnos por qué durante tanto tiempo se consideró más respetable sufrir en silencio que buscar ayuda a tiempo. Ahí, quizá, está una de las discusiones más necesarias para entender cómo habla hoy una sociedad de salud mental.
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