Opinión
La ansiedad no debería usarse como insulto
Por Daniela García Cárdenas
*Psicóloga
Cada vez más personas buscan información sobre ansiedad, síntomas, ataques, formas de calmarla y hasta medicamentos relacionados con ese malestar. Eso deja ver algo importante: la ansiedad no es un tema periférico ni una simple moda verbal. Es una experiencia real que mucha gente está intentando comprender porque la está viviendo en su cuerpo, en su mente y en su vida cotidiana.
Aun así, en la conversación diaria la palabra “ansiedad” sigue usándose con una ligereza preocupante. Se ha vuelto común escuchar frases como “no sea ansioso”, “esa gente vive ansiosa por todo”, “todo ahora les da ansiedad”. Y con eso se termina reduciendo una experiencia compleja a una caricatura: la de alguien exagerado, débil, impaciente o incapaz de controlarse.
Ese uso banal no es inocente. Cuando un término de salud mental se convierte en burla o descalificación, también se le quita legitimidad al sufrimiento de quienes sí están atravesando ese malestar. La persona ansiosa no solo lidia con sus síntomas; muchas veces también carga con la vergüenza de sentirse ridícula, exagerada o “demasiado sensible” en un entorno que minimiza lo que le pasa.
Pero la ansiedad no es simplemente nerviosismo. No es solo estar acelerado. No es una muletilla para describir cualquier impulso de impaciencia. La ansiedad puede sentirse como una mente que no descansa, un cuerpo que anticipa peligro todo el tiempo, una opresión persistente, insomnio, irritabilidad, pensamientos repetitivos, sensación de amenaza o una enorme dificultad para experimentar calma incluso cuando afuera aparentemente no hay una razón clara para alarmarse.
Muchas personas con ansiedad siguen trabajando, estudiando, criando hijos, produciendo, saliendo y cumpliendo. No siempre se les nota de inmediato. Algunas incluso son vistas como altamente funcionales, precisamente porque viven tratando de controlar cada detalle para no sentirse desbordadas. Otras, en cambio, sí atraviesan crisis intensas, ataques de ansiedad o síntomas físicos que alteran de manera importante su día a día.
El problema de usar la ansiedad como insulto es que refuerza una cultura donde el dolor emocional sigue siendo tratado como debilidad. Nos cuesta aceptar que una persona puede estar sufriendo sin que haya una herida visible. Nos cuesta reconocer que la salud mental no se resume a “ponerle ganas”. Y entonces, en vez de preguntar, se invalida; en vez de comprender, se ridiculiza.
También hay algo profundamente cultural en esto. En muchos entornos todavía se premia la dureza y se sospecha de la vulnerabilidad. Mostrar miedo, sobrecarga o angustia sigue siendo leído por algunos como falta de carácter. Y en ese contexto, términos como ansiedad se convierten en herramientas de burla porque tocan algo que la sociedad todavía no sabe manejar con suficiente madurez: el hecho de que sentirse desbordado no vuelve a nadie menos valioso.
Usar la ansiedad como insulto no solo es injusto; también es ignorante. Es convertir una experiencia de sufrimiento en una etiqueta despectiva. Es no querer mirar que detrás de esa palabra puede haber una persona que lleva semanas sin dormir bien, que vive con el cuerpo tenso, que no logra desconectar la mente o que se siente profundamente sola dentro de su malestar.
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Tal vez ha llegado el momento de hablar distinto. No para volver solemne cada conversación, sino para dejar de herir con palabras que trivializan lo que tanta gente vive en silencio. Porque una cosa es disentir de alguien o describir un comportamiento cotidiano, y otra muy distinta es usar la salud mental como arma para humillar.
La ansiedad no debería dar pena. Lo que sí debería incomodarnos más es la facilidad con la que seguimos burlándonos del dolor ajeno cuando no se ve. Y tal vez una sociedad empieza a madurar emocionalmente no cuando deja de tener ansiedad, sino cuando deja de convertirla en motivo de desprecio.
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