Opinión
En Colombia no parece haber permiso para deprimirse
Por Daniela García Cárdenas
*Psicóloga
En este país pareciera que uno tuviera permiso para muchas cosas menos para deprimirse. Se puede estar cansado, saturado, estresado, de mal genio, ocupado o “fundido”. Pero decir “no me siento bien”, “me siento vacío”, “no tengo fuerzas” o “estoy deprimido” todavía genera una incomodidad que dice mucho sobre cómo entendemos el sufrimiento emocional.
En parte, esto ocurre porque vivimos en una cultura que empuja a seguir. Aquí se admira al que madruga, al que resuelve, al que no molesta, al que no se deja caer, al que puede con todo. La capacidad de aguante se ha convertido casi en una virtud moral. Y aunque resistir puede ser necesario en muchos momentos de la vida, también tiene un costo: muchas personas terminan creyendo que no tienen derecho a quebrarse.
La depresión entonces se vuelve un malestar clandestino. Algo que se vive, pero se esconde. Algo que se intenta traducir con palabras menos amenazantes: cansancio, aburrimiento, desmotivación, estrés, pereza, falta de energía. Todo antes que nombrar la posibilidad de una depresión, porque todavía pesa la idea de que deprimirse es debilidad, falta de carácter o incapacidad para sostener la vida adulta.
También influye la realidad material. En un país donde tantas personas viven atravesadas por la incertidumbre económica, el trabajo informal, el rebusque, la violencia o la inestabilidad cotidiana, hablar de salud mental a veces parece un lujo. A mucha gente le toca seguir produciendo incluso en medio del dolor, porque las obligaciones no esperan. El día a día no se detiene para que alguien procese su tristeza. Entonces aparece una lógica muy dura: sufrir, sí, pero en silencio; sentirse mal, sí, pero sin dejar de cumplir.
Eso hace que la depresión funcional tenga un terreno perfecto para instalarse. Personas que siguen haciendo todo mientras por dentro están vacías. Gente que no se derrumba del todo porque no puede, no porque esté bien. Personas que trabajan, se bañan, salen, atienden a otros y aun así sienten que la vida perdió algo esencial.
A esto se suma la presión de la apariencia. En muchos contextos colombianos sigue importando demasiado “verse bien”, no dar mala imagen, no mostrarse demasiado desordenado emocionalmente. Entonces el dolor aprende a vestirse. A sonreír. A responder mensajes. A parecer normal. Y así, la tristeza sostenida queda escondida detrás de la compostura.
La familia también pesa mucho en este asunto. Todavía circulan frases como “póngale ganas”, “hay gente peor”, “usted tiene que ser fuerte”, “ocúpese y se le pasa”, “deje la bobada”. No siempre salen de la crueldad; a veces salen de generaciones que tampoco supieron qué hacer con su propio dolor. Pero igual terminan invalidando. La persona no solo tiene que cargar con la tristeza, sino con la sensación de que no debería sentirla.
Ese es uno de los puntos más complejos: en Colombia no solo cuesta deprimirse, también cuesta reconocer que uno está deprimido sin sentirse culpable por ello. El sufrimiento emocional no llega solo; llega acompañado de juicio, vergüenza y presión por seguir siendo funcional. Se espera que una persona agradezca, aguante y rinda, incluso cuando emocionalmente ya no se siente viva dentro de lo que sostiene.
Por eso hablar de depresión no puede limitarse al ámbito clínico. También es una conversación sobre cultura. Sobre la manera en que nos enseñaron a relacionarnos con el dolor. Sobre cuánto valoramos la productividad por encima del bienestar. Sobre la facilidad con la que premiamos a quien aguanta y castigamos a quien expresa que no puede más.
No parece haber permiso para deprimirse porque hemos normalizado demasiado la supervivencia emocional. Hemos confundido fortaleza con silencio, madurez con autoabandono y funcionamiento con salud. Y mientras esa lógica siga dominando, mucha gente va a seguir sintiendo que no puede detenerse ni siquiera cuando su vida interior ya se está deteriorando.
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Tal vez el primer cambio no sea aprender a dar mejores consejos. Tal vez sea dejar de castigar emocionalmente a quien se atreve a decir que no está bien. Porque en una sociedad que exige tanto, reconocer el propio dolor no debería ser un acto de vergüenza, sino un gesto de honestidad que merece ser escuchado con más humanidad.
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