Opinión
El espectáculo de la política
Por: Edgardo Ramírez Polanía
Hace varios siglos, la política fue concebida como un ejercicio noble. El arte de gobernar orientado al bien común, sostenido en la deliberación, la prudencia y la responsabilidad.
No era un escenario de pasiones desbordadas ni un campo de batalla personal, sino una práctica exigente que reclamaba altura moral y sentido de comunidad. Hoy, sin embargo, asistimos a una mutación inquietante en que la política parece haber abandonado su vocación de servicio para transformarse en un espectáculo de confrontación.
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Lo que recientemente ocurre en nuestro país no es un hecho aislado, sino un síntoma de una enfermedad más profunda. La política contemporánea se ha deslizado hacia una lógica donde el desacuerdo ya no se tramita mediante argumentos, sino a través del desdén, el insulto, la descalificación y la polarización.
Lo que antes era excepción, hoy parece que el conflicto y la agresión verbal como método en las redes sociales, la provocación como estrategia y la ofensa como lenguaje, es la regla de algunos que quieren gobernar al país, y estimen que el poder les pertenece y por eso proponen un adlátere para seguir mandando.
El debate público ha caído en niveles de agresividad que no solo empobrecen la discusión democrática, sino que incluso ponen en riesgo la vida de quienes gobiernan y los que aspiran a conducir los destinos del país. La política, despojada de su dimensión ética, comienza a parecerse más a una arena de gladiadores que a un espacio de construcción colectiva.
Este fenómeno no es menor en la controversia y los insultos de Álvaro Uribe contra el candidato Iván Cepeda y de Abelardo de la Espriella contra el candidato de la izquierda y de los seguidores de este grupo contra la derecha del país, suponen una ruptura con las raíces filosóficas mismas de la política. Aristóteles, entendía la política como la más alta de las ciencias prácticas, orientada al bien supremo de la comunidad. Para él, el buen político no era el más estridente ni el más dominante, ni el más agresivo, sino aquel que cultivaba la prudencia, el equilibrio y la justicia.
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A la luz de estos principios, la política actual está extraviada. Predomina un liderazgo reactivo, alimentado por la denuncia constante al adversario, la victimización estratégica y la explotación de emociones negativas. Las redes sociales han exacerbado esta tendencia del “like” y haga circular el “mensaje”, que sustituye al argumento, con la frase hiriente que desplaza al pensamiento y el gesto teatral que se impone sobre la razón.
Pero las consecuencias de esta degradación son profundas. Cuando la política se reduce a una pugna de egos, se debilitan las instituciones, se erosiona la confianza ciudadana y se fractura el tejido social. El gobernante deja de ser un mediador de intereses para convertirse en un caudillo; la crítica se interpreta como traición y el diálogo como debilidad. Así, la democracia pierde su sustancia, aunque conserve sus formas.
Frente a este panorama, no basta con la indignación. Es necesario recuperar una concepción más elevada de lo político. No se trata de idealizar el pasado, sino de recordar que la democracia no se sostiene únicamente en normas y procedimientos, sino también en una ética de la responsabilidad, en la disposición a escuchar y no considerar un enemigo a quien piensa distinto. Los seguidores políticos atrabiliarios, no permiten cederle el paso al compromiso, al diálogo y el análisis con la palabra como instrumento de encuentro civilizado.
Es difícil, porque la confrontación entre Uribe como jefe del Centro Democrático con Iván Cepeda candidato del Pacto Histórico, se remonta al 2012-2014 cuando Iván Cepeda adelantó un debate sobre el paramilitarismo en Antioquia y vinculando a Uribe, que fue detenido por la acorte Suprema de Justicia al invertir la investigación.
En el año 2020 la Corte dictó medida de aseguramiento contra Uribe, quien renunció al Senado y cambió de jurisdicción y en el año 2025, Álvaro Uribe fue condenado a 12 años de prisión y posteriormente absuelto por la Sala Penal del Tribunal de Bogotá, lo que ha generado que la contradicción no es política sino personal.
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Quizá ha llegado el momento de volver a pensar, que la virtud no es un lujo reservado a quienes creen tener el poder para disponer a su antojo, sino una condición indispensable para la vida en común. Gobernar no es imponer, sino persuadir; no es dividir, sino integrar, no es gritar, ni amenazar.
Si la política ha perdido su sentido, por el odio, es tarea de la sociedad devolverle su dignidad con su voto el próximo 31 de mayo en la primera vuelta o el 21 de junio la definitiva, antes de que el ruido y la violencia terminen por sustituir definitivamente a la razón y el bienestar.
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