Opinión
Frente al odio, votemos por Colombia
Por: Martha Alfonso
*Representante a la Cámara por el Tolima
El hombre, frente al más blanco, se arrodilla y frente al patrón se amilana; cuando regresa, solo le queda la violencia para restaurar su masculinidad perdida. La idea desarrollada por la antropóloga Rita Segato en sus reflexiones sobre las violencias masculinas, describe un fenómeno inquietante: muchos hombres incapaces de confrontar al verdadero poder terminan buscando escenarios donde demostrar fuerza frente a quienes consideran más débiles. La agresión se convierte entonces en una compensación de una autoridad que sienten amenazada.
Luego de los resultados del pasado 31 de mayo, confieso que sentí miedo. No por el candidato, sino por la cantidad de personas dispuestas a respaldar a un energúmeno que ha convertido el insulto, la amenaza y la agresividad en una propuesta política. Abelardo de la Espriella encarna un tipo de liderazgo que confunde la política con una demostración de fuerza: el gallito de pelea que necesita enemigos permanentes, ciudadanos enfurecidos y un país supuestamente en ruinas para presentarse como salvador. Lo inquietante no es solo él, sino la normalización de una política que convierte la violencia en virtud y el odio en proyecto de país.
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La estrategia tampoco es nueva. Trump en Estados Unidos, Milei en Argentina, Bukele en El Salvador y Kast en Chile construyeron su ascenso político sobre una misma narrativa: convencer a la ciudadanía de que sus países estaban al borde del colapso para presentarse después como los únicos capaces de rescatarlos. Los resultados deberían servirnos de advertencia. Argentina enfrenta cierres masivos de empresas, pérdida de empleos y un profundo deterioro del poder adquisitivo. Estados Unidos vive una polarización cada vez más agresiva y tensiones económicas derivadas de guerras comerciales que terminaron afectando a trabajadores y consumidores. En El Salvador, la reducción de la violencia convive con denuncias por detenciones arbitrarias, debilitamiento de garantías judiciales y concentración de poder. Chile sigue enfrentando problemas estructurales que ninguna retórica de mano dura ha logrado resolver. La rabia ganó elecciones, pero no solucionó los problemas de fondo.
Por eso resulta tan peligrosa la insistencia en convencernos de que Colombia está condenada. Los datos cuentan una historia muy distinta a la del apocalipsis que algunos pregonan. Seguimos siendo una democracia viva, con oposición activa, prensa crítica y elecciones libres. Al mismo tiempo, el país ha registrado avances en indicadores económicos, ampliación de derechos laborales, acceso a la educación y protección ambiental.
No somos el país en ruinas que describen quienes necesitan sembrar miedo para cosechar votos. Somos una nación que aún tiene enormes desafíos, pero que también ha demostrado que es posible avanzar sin renunciar a la democracia ni a la esperanza. Además, el país ha avanzado en debates fundamentales sobre derechos laborales, acceso a la educación, protección ambiental e inclusión de sectores históricamente excluidos. No vivimos en el paraíso, pero tampoco en el infierno que algunos necesitan describir para justificar sus ambiciones políticas.
La segunda vuelta presidencial el 21 de junio será una disputa entre dos emociones. De un lado están quienes necesitan sembrar miedo, fabricar enemigos y alimentar la rabia para acumular poder. Del otro, quienes creen que Colombia puede seguir avanzando ampliando derechos, defendiendo la democracia y cuidando la vida.
La violencia siempre ha sido el refugio de quienes no pueden convencer. Por eso, cuando no tienen propuestas, les queda la furia; cuando no tienen respuestas, les queda el insulto; cuando no tienen un proyecto de país, les queda el odio. No nos equivoquemos: detrás de cada discurso que nos invita a despreciar a Colombia hay alguien que necesita una nación rota para poder gobernarla.
Yo prefiero apostar por quienes defienden la vida, la esperanza y la posibilidad de seguir construyendo un país más justo. Porque al final no votamos solamente por un candidato; votamos por el país que queremos ser. Y yo me la juego por la vida.
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