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Abelardo de la Espriella o el manual del influencer político

Abelardo de la Espriella o el manual del influencer político

Por Martha Alfonso Jurado

*Representante a la Cámara por el Tolima


La política contemporánea atraviesa una transformación performativa: el espectáculo ya no es un complemento de la discusión pública, sino su núcleo. Cada vez más dirigentes entienden que el poder se conquista alterando la escena, produciendo escándalo, ruido y conmoción permanente.

La obscenidad, la agresividad y la vulgaridad dejaron de ser un costo político para convertirse en estrategias de visibilidad. Lo importante ya no es gobernar mejor ni argumentar con mayor profundidad, sino captar atención en medio de una competencia constante por dominar la mirada pública y convertirse en tendencia.

Por eso el discurso político adopta cada vez más rasgos propios del entretenimiento. La figura dominante de esta época es la del influencer convertido en dirigente: el antipolítico que construye poder no desde las ideas o los proyectos colectivos, sino desde el escándalo, la provocación y la capacidad de captar atención permanente.

Abelardo de la Espriella se presenta como alguien ajeno a las élites tradicionales y capaz de hablar “sin filtros”. Al mismo tiempo, reproduce el formato del magnate extravagante que convierte su personalidad en espectáculo político. Aunque se proyecta como empresario exitoso—con negocios asociados a licores, moda y proyectos inmobiliarios—, investigaciones periodísticas señalan que varias de sus empresas registran pérdidas y que su bufete continúa siendo su principal fuente de ingresos. Al mismo tiempo, persisten cuestionamientos sobre el origen de su patrimonio debido a su trayectoria como abogado de figuras vinculadas al narcotráfico y al paramilitarismo.

De la Espriella consolida su marca política a partir de un pastiche de figuras exitosas en el mercado global del espectáculo: una mezcla de la estridencia fascista de Donald Trump, la oligofrenia performativa de Javier Milei y el autoritarismo mediático de Nayib Bukele.

La fórmula es simple: más que construir ideas complejas o proyectos democráticos sólidos, se apuesta por una identidad emocionalmente rentable para una sociedad atrapada en la lógica del entretenimiento permanente. La política se transforma, entonces, en una cadena de provocaciones, excesos y escándalos diseñada para circular en redes y monopolizar titulares. Lo obsceno, lo histriónico y hasta lo sexual dejan de ser censurables para convertirse en mecanismos eficaces de visibilidad.

En esa lógica, De la Espriella entendió que, en la política contemporánea, resulta más rentable producir indignación que producir argumentos. Por eso su irrupción pública depende menos de propuestas de gobierno que de la capacidad para sostener una confrontación emocional permanente. Frases como “la ética no tiene nada que ver con el derecho” condensan perfectamente el cinismo de esta época: la defensa de personajes cuestionados se presenta como pragmatismo jurídico mientras el escándalo garantiza atención mediática.

El debate público deja de organizarse alrededor de ideas o proyectos colectivos y empieza a girar en torno a la provocación constante. Abelardo actúa como influencer: convierte su personalidad en marca, monetiza la visibilidad y hace de la vulgaridad una herramienta de posicionamiento político.

Algo similar ocurre con fórmulas que Abelardo repite constantemente, a saber, “No vinimos a hacer la política de siempre, vinimos a cambiar la política para siempre” o “Aquí necesitamos más empresarios en la política que políticos”. Estas no son únicamente consignas electorales; expresan su visión del mundo en la cual lo público aparece como inútil y la democracia como un obstáculo ineficiente frente a la supuesta eficacia empresarial.

“Resistir a la banalización de la política no es un asunto de formas; es defender la democracia frente a quienes quieren convertirla en un negocio”.

El empresario “exitoso” reemplaza al ciudadano y la rentabilidad sustituye la idea de bien común. Desde esa lógica, gobernar deja de ser la búsqueda de políticas para lograr una sociedad más justa en la que se permita el bienestar colectivo y pasa a entenderse como administrar el país igual que una empresa privada o una finca.

El problema es que, mientras el espectáculo ocupa el centro de la conversación pública, los asuntos fundamentales de la vida en común desaparecen del debate. La desigualdad, la precarización laboral, la corrupción estructural, la violencia o la captura privada del Estado quedan desplazadas por polémicas diseñadas para producir atención inmediata.

Lo público termina colonizado por intereses privados, emociones individuales y conflictos superficiales que generan ruido. Incluso los vínculos sociales se privatizan: las plataformas reemplazan el espacio común por burbujas de consumo, indignación y entretenimiento permanente.

Por eso esta cultura política resulta tan peligrosa para la democracia. Ya no se ofrecen proyectos colectivos; se ofrecen enemigos. Y cuando una sociedad empieza a normalizar la humillación, el desprecio por las instituciones y la violencia verbal como formas legítimas de liderazgo, el autoritarismo deja de parecer una amenaza y comienza a venderse como solución.

No podemos ceder a las estrategias del entretenimiento convertidas en forma de hacer política. El influencer político encarna, en realidad, una fórmula predecible, repetitiva y vacía, como esas malas películas que reciclan siempre el mismo guion: odio convertido en espectáculo, discriminación disfrazada de sinceridad, concentración del poder presentada como liderazgo fuerte y destrucción de derechos vendida como reducción del gasto.

Detrás de la estética “antisistema” no hay nada nuevo: son los mismos intereses de siempre intentando conservar privilegios mediante el miedo y la indignación. Lo que está en juego no es únicamente el tono del debate público, sino conquistas democráticas y derechos sociales construidos durante décadas que hoy algunos pretenden desmontar en nombre de la eficiencia, el orden o la autenticidad. Por eso, resistir a la banalización de la política no es un asunto de formas; es defender la democracia frente a quienes quieren convertirla en un negocio.

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