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Opinión

El Pacto Histórico votó por la Presidencia del Senado del Centro Democrático

El Pacto Histórico votó por la Presidencia del Senado del Centro Democrático

Por José Baruth Tafur G.
*Abogado. Especialista en Marketing Político y Estrategias de Campaña


La política suele enseñarnos que no existen enemigos permanentes, sino intereses permanentes. Sin embargo, hay ocasiones en que esa máxima deja de ser una muestra de madurez democrática para convertirse en la evidencia de que las convicciones terminan sacrificadas en el altar del poder.

La reciente elección de la mesa directiva del Senado dejó una imagen que merece una profunda reflexión. Durante meses, el discurso político estuvo cargado de descalificaciones, acusaciones de "fascismo", "golpismo", "enemigos del pueblo" y "amenazas para la democracia". Las redes sociales se llenaron de insultos entre militantes, dirigentes y simpatizantes de diferentes sectores.

Resulta paradójico que sectores del Pacto Histórico con el fin de mantener poder terminaran respaldando la elección del senador del Centro Democrático Honorio Henríquez para la Presidencia del Senado. Más allá de la explicación reglamentaria sobre los acuerdos para la conformación de las mesas directivas, la elección del presidente del senado deja una pregunta: ¿dónde quedó el discurso de la incompatibilidad absoluta con quienes eran presentados como la representación de todo aquello que decían combatir?

Mientras en las redes sociales miles de militantes protagonizaban una guerra ideológica, las dirigencias políticas demostraban, una vez más, que el poder siempre encuentra caminos para unirse.

Es así como los ciudadanos suelen asumir las disputas políticas como conflictos irreconciliables. Los dirigentes, en cambio, entienden que gobernar exige negociar, acordar y construir mayorías. Esa es una realidad inherente a cualquier democracia.

El problema no es el consenso, el problema aparece cuando durante meses se alimenta un discurso de odio, se presenta al adversario como un enemigo moralmente inaceptable y, al día siguiente, ese mismo adversario se convierte en un aliado circunstancial porque así lo exige la aritmética del poder.

Entonces el sectarismo termina siendo únicamente un instrumento de movilización política.

Quienes más se insultaban descubren que sí podían sentarse en la misma mesa, mientras el ciudadano del común discutía con los vecinos y familiares, ahora como se sentirán? Mientras unos negocian, otros pelean.

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