Opinión
El miedo como instrumento del poder político
Por: Edgardo Ramírez Polanía
Desde que los hombres comenzaron a organizarse en tribus, ciudades y naciones, el poder descubrió una verdad elemental: pocas fuerzas resultan tan eficaces para gobernar como el miedo.
La autoridad legítima se fundamenta en la ley, la justicia y el consentimiento de los gobernados. Sin embargo, a lo largo de la historia, numerosos gobernantes comprendieron que el temor producía obediencia con mayor rapidez que la razón y con menor esfuerzo que la persuasión.
El miedo ha acompañado el nacimiento y la caída de los imperios. Los faraones lo utilizaron para consolidar su carácter divino; los emperadores romanos, para contener las rebeliones; las monarquías absolutas, para preservar sus privilegios; y las dictaduras modernas, para perpetuarse en el poder. Cambian las épocas y los métodos, pero la esencia permanece inalterable: convencer a los ciudadanos de que la seguridad vale más que la libertad.
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La fórmula suele repetirse con inquietante eficacia. Primero se identifica una amenaza. Puede ser un enemigo externo, una crisis económica, una conspiración, una guerra, una ideología o un adversario político convertido en peligro para la nación. Después, el riesgo se magnifica mediante discursos, campañas de comunicación, rumores o narrativas que alimentan la incertidumbre colectiva. Finalmente, aparece el gobernante —o quien aspira a serlo— ofreciendo seguridad y protección a cambio de confianza, obediencia o de la aceptación de restricciones que, en circunstancias normales, los ciudadanos difícilmente admitirían.
El miedo posee una ventaja extraordinaria para quienes ejercen el poder: reduce la capacidad crítica de las personas. Cuando una sociedad vive angustiada por el porvenir, deja de preguntarse si las decisiones del gobierno son acertadas y concentra toda su atención en la búsqueda inmediata de protección. La incertidumbre se convierte entonces en el terreno más fértil para la expansión del poder político.
No es casual que pensadores como Montesquieu, Alexis de Tocqueville y Maurice Duverger coincidieran en que la libertad política exige ciudadanos capaces de deliberar sin intimidaciones. El debate público requiere serenidad, argumentos y confianza en la razón. El miedo, por el contrario, alimenta los extremos, divide a la sociedad entre salvadores y enemigos, entre patriotas y traidores, y transforma la discrepancia en sospecha. Allí donde desaparecen los matices, suele comenzar el deterioro de la convivencia democrática.
En las democracias contemporáneas el miedo ha adquirido formas más sofisticadas. Ya no siempre se impone mediante la fuerza. También se propaga a través de campañas de desinformación, discursos polarizantes, manipulación emocional, redes sociales y narrativas cuidadosamente elaboradas para convertir al contradictor en un enemigo irreconciliable. Una noticia alarmante, una imagen impactante o una versión no verificada pueden recorrer el mundo en cuestión de minutos y condicionar la opinión pública antes de que los hechos sean comprobados.
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La historia demuestra que las mayores pérdidas de libertad rara vez ocurren de manera repentina. Se producen gradualmente, cuando los ciudadanos aceptan pequeñas restricciones convencidos de que son necesarias para protegerse de un peligro mayor. El temor abre la puerta; el poder entra después.
La experiencia histórica enseña también una lección esperanzadora. Los pueblos que conquistaron y preservaron sus libertades no fueron aquellos que jamás sintieron miedo, sino aquellos que encontraron el valor para sobreponerse a él. Gandhi demostró que la resistencia pacífica podía derrotar incluso a los imperios más poderosos, mientras John Locke sostuvo que toda autoridad legítima nace del consentimiento de los gobernados y no del temor que estos profesen hacia quien gobierna. Allí donde la obediencia descansa exclusivamente en el miedo, la libertad comienza a extinguirse.
El modo esencial de asumir la existencia no consiste en dejarse dominar por el miedo, sino en cultivar el valor necesario para enfrentar los obstáculos y el ingenio para superar las dificultades. La vida está hecha de incertidumbres, riesgos y desafíos; precisamente por ello, el carácter humano no se forja en la comodidad, sino en la capacidad de transformar la adversidad en oportunidad y la incertidumbre en esperanza.
La independencia de las naciones, la expansión de los derechos civiles y la consolidación de las democracias fueron posibles porque hubo hombres y mujeres capaces de desafiar amenazas, persecuciones y riesgos personales en defensa de principios superiores. Ninguna conquista de la libertad nació de la resignación, sino del coraje de quienes decidieron anteponer sus convicciones al temor.
El miedo cumple una función legítima: advertir sobre los peligros. Pero jamás puede convertirse en el principio rector de la política ni en el fundamento permanente del gobierno. Los pueblos avanzan cuando sustituyen la resignación por la esperanza, la pasividad por la creatividad y el temor por la confianza en la libertad responsable. Así lo demuestra la historia de todas las sociedades que lograron consolidar instituciones verdaderamente democráticas.
El miedo es una emoción humana inevitable. La cobardía política consiste en convertirlo en método de gobierno. Cuando una sociedad permite que sus decisiones sean determinadas exclusivamente por el temor, deja de actuar como una comunidad de ciudadanos libres para convertirse en una multitud susceptible de ser manipulada.
La libertad no exige la ausencia de peligros. Exige la valentía de enfrentarlos sin sacrificar los principios que hacen digna la condición humana. Como lo simbolizó magistralmente Gabriel García Márquez en su relato ‘Algo muy grave va a suceder en este pueblo’, el miedo colectivo puede llegar a producir por sí solo la tragedia que imaginaba evitar.
Porque cuando el miedo reemplaza a la razón, la democracia comienza lentamente a perder su alma. Ningún poder cimentado sobre el temor ha sido eterno. Todos terminan derrotados por la misma fuerza que intentaron sofocar: la libertad de la conciencia humana. Cuando los ciudadanos recuperan el valor de pensar, deliberar y decidir por sí mismos, comienza el ocaso de los regímenes que hicieron del miedo su principal instrumento de dominación. Solo entonces la democracia deja de ser una promesa para convertirse nuevamente en la expresión más alta de la dignidad del ser humano.
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